Adriana Montes llevaba horas detenida al borde de la carretera federal, en un tramo donde el polvo se levantaba con cada vehículo que pasaba sin detenerse. El sol de la tarde ya no quemaba como al mediodía, pero seguía cayendo pesado sobre el asfalto, haciendo vibrar el aire. A su alrededor no había más que silencio, calor y una espera que parecía eterna.

A sus pies descansaban dos maletas viejas, con las esquinas gastadas, una bolsa de ropa mal doblada y una lonchera vacía que ya no prometía nada. En el bolsillo del pantalón, las últimas monedas chocaban entre sí con un sonido cruel: apenas alcanzaban para dos boletos de autobús… y tal vez un bolillo para compartir entre tres.
—Mamá… ¿ya va a llegar el camión? —preguntó Mateo, de ocho años, con la voz seca por el cansancio.
Lucía, de cinco, se recargó en la maleta y frunció la nariz.
—Tengo hambre…
Adriana sintió un nudo en la garganta, pero aun así sonrió. Había aprendido a hacerlo incluso cuando por dentro todo se le venía abajo.
—Ya casi, mis amores. Aguanten tantito más.
Pero la verdad era otra. El autobús no llegaba. No había llegado ayer. Ni antier. Y aquella mujer de la casa de huéspedes, con su “espere aquí, mija, siempre pasan”, le había vendido esperanza como si fuera un boleto legítimo.
Entonces escuchó un motor distinto. No el sonido cansado de una combi vieja, sino el ronroneo firme y elegante de un auto caro.
Un sedán negro se detuvo frente a ellos, levantando una nube de polvo. Adriana tosió y cubrió a Lucía con el brazo. La ventana del conductor bajó lentamente.
Un hombre de traje oscuro, perfectamente planchado, los observó con una expresión que no era lástima ni soberbia. Era algo más profundo: atención… y una preocupación contenida.
—¿Se les ofrece ayuda? —preguntó con voz tranquila.
Adriana dio un paso atrás por instinto, acercando a sus hijos.
—Gracias, señor. Solo estamos esperando el camión.
El hombre miró la carretera vacía, luego las maletas, y volvió a mirarla a ella.
—No pasa ningún autobús por aquí desde hace tres días —dijo—. Cancelaron la ruta. La empresa quebró.
El mundo se le vino encima a Adriana.
—¿Cómo que…? —la voz se le quebró. Miró a sus hijos, que la observaban con esa confianza infantil que a veces pesa más que una carga—. Yo no sabía…
El hombre abrió la puerta y bajó. Era alto, de unos cuarenta y tantos años, cabello bien cortado, presencia firme. No necesitaba levantar la voz para imponer respeto.
—Soy Alejandro Villarreal —dijo, extendiendo la mano.
Adriana dudó unos segundos antes de estrechársela.
—Adriana Montes. Y ellos son Mateo y Lucía.
Alejandro miró a los niños y algo en su mirada se suavizó.
—Adriana… ¿hasta cuándo pensaban quedarse aquí?
Ella respiró hondo. El orgullo se le atoró en el pecho, pero la necesidad pesaba más.
—Señor… ¿usted no sabe si hay trabajo por aquí? —preguntó casi en un susurro—. Lo que sea. Limpio, cocino, cuido niños… aprendo rápido.
Alejandro guardó silencio. No era una pausa incómoda, sino una decisión que se estaba formando. Finalmente habló:
—Sí. Tengo una vacante.
Los ojos de Adriana brillaron por primera vez en semanas.
—¿De qué tipo?
Alejandro la miró de frente, sin burlas ni rodeos.
—Tengo una vacante… para ser mi esposa.
Pero Adriana no entendía si aquello era una broma cruel… o la única salida para salvar a sus hijos.
¿Aceptarías tú una propuesta así cuando no tienes nada más que perder?
La respuesta cambiaría su vida para siempre…
El silencio se volvió pesado. Hasta el viento pareció detenerse.
—¿Cómo dice? —preguntó Adriana, segura de haber escuchado mal.
Alejandro levantó las manos, como pidiendo un momento.
—Sé que suena mal. Déjeme explicarle. Si no le convence, yo mismo los llevo a la central camionera.
Mateo se aferró a la falda de su madre. Lucía miró el auto como si fuera un animal extraño.
—Tiene un minuto —dijo Adriana con firmeza—. Uno solo.
Alejandro asintió.
—Mi abuela falleció hace seis meses. Dejó una herencia importante, pero con una condición: solo la recibiré si estoy casado y demuestro una vida familiar estable durante seis meses. Siempre decía que yo iba a terminar solo, enterrado en el trabajo… y no estaba equivocada.
Adriana frunció el ceño.
—Entonces búsquese una esposa de verdad.
—Ya lo intenté —respondió él con una sonrisa amarga—. Y salió mal. Perdí a mi familia… y casi pierdo mis empresas durante la pandemia. Esa herencia no es un capricho. Es lo que puede salvar el empleo de muchas personas.
Mateo jaló suavemente del vestido de Adriana.
—Mamá… tengo mucha hambre.
Ese comentario le partió el alma. Alejandro lo notó y respiró hondo.
—No le pido amor —continuó—. Le propongo un acuerdo claro: seis meses. Matrimonio civil real. Apariciones públicas cuando sea necesario. Nada más. A cambio… —sacó una tarjeta— doscientos mil pesos, casa, comida, escuela y seguro médico para los niños. Todo legal. Todo por escrito.
Adriana sintió vértigo. No era dinero. Era una salida.
—Necesito ver dónde viviríamos —dijo—. Y hablar con mis hijos.
—Por supuesto. Primero comamos —respondió Alejandro—. Es difícil pensar con el estómago vacío.
El restaurante era sencillo, con olor a caldo y tortillas recién hechas. Alejandro observó en silencio cómo los niños comían con el hambre de quien ha aprendido a racionar la esperanza.
Así comenzó un trato que ninguno de los dos sabía que terminaría cambiándoles la vida.
Una semana después se casaron en el Registro Civil. Un vestido azul sencillo. Dos testigos. Un beso casto en la mejilla.
Lo que empezó como un contrato, poco a poco se convirtió en hogar.
Y cuando el pasado regresó con el rostro de una exesposa y un hijo perdido, la verdad se impuso sobre la mentira.
Porque al final, Adriana no salvó su vida con dinero.
Y Alejandro no encontró una esposa.
Encontraron una familia.
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