Todo el barrio decía que mi mamá era una mujer con mucha suerte

—Tiene un hijo trabajador y una nuera buenísima —comentaban las vecinas—. Esa muchacha trata a su suegra como si fuera su propia madre.

Mi mamá solo sonreía.
Nunca desmentía nada.
Nunca explicaba nada.

No porque fuera verdad…
sino porque no quería que yo tuviera que elegir entre ella y mi esposa.

Mi esposa se llamaba Verónica.

Frente a mí, Verónica era perfecta.

Se levantaba temprano, preparaba café de olla, calentaba pan dulce y siempre decía con voz suave:
—Mamá, desayune primero, yo ahorita limpio.

Cuando había visitas, le acomodaba el cojín a mi mamá, le sobaba los hombros y presumía:
—Mi suegra ya está grande, yo la cuido como se merece.

Todos la admiraban.
Yo también.

Pero bastaba con que yo saliera de la casa…

y Verónica se transformaba.

El tono dulce desaparecía.
La sonrisa se borraba.
Los pasos se volvían pesados, secos.

—¿Todavía está acostada? —decía con fastidio—. ¿No ve que la casa está hecha un cochinero?

Mi mamá se levantaba rápido, aunque le dolieran las rodillas. Agarraba la escoba con manos temblorosas.
Nunca contestaba.
Nunca se defendía.

Verónica cruzaba los brazos, recargada en la puerta, observándola como si fuera una carga.

—Así no se barre —le gritaba—. Lenta y torpe, como siempre.

Un día mi mamá dejó caer un plato.
El ruido del vidrio rompiéndose resonó en toda la cocina.

Verónica ni se inmutó.

—Mírelo —dijo con desprecio—. Ya ni para sostener un plato sirve.

Mi mamá se agachó a recoger los pedazos. Uno le cortó el dedo. La sangre empezó a salir.
Verónica lo vio.
Y no hizo nada.

—No vaya a manchar el piso —fue lo único que dijo.

Yo no sabía nada de eso.

Cuando yo llamaba al trabajo, Verónica cambiaba la voz en segundos:
—Tu mamá está muy bien, amor. Ahorita le hice una sopita.

Colgaba…
y volteaba con una mirada helada.

Las comidas eran lo peor.

Cuando yo estaba, Verónica servía primero a mi mamá, le ponía más carne, más caldo.
Cuando yo no estaba, el plato de mi mamá era frío, simple… o a veces inexistente.

—Cómprese algo en la tienda —le decía—. Yo no soy su sirvienta.

Mi mamá aguantaba.
Por mí.

Hasta que llegó ese día.

Un día lluvioso.
Un día que cambió todo.

Salí temprano del trabajo. No le avisé a nadie. Quería sorprender a Verónica.
En el camino compré pan porque sabía que a mi mamá le gustaba cuando llovía.

Abrí la puerta.

Y escuché gritos desde la cocina.

—¡Usted vive de arrimada! —gritaba Verónica—. ¡Traga y estorba nada más!

Me quedé helado.

Mi mamá estaba de espaldas, limpiando el piso. Su suéter estaba mojado, quién sabe desde cuándo.
Las manos le temblaban.

—Si no fuera porque mi esposo es un tonto sentimental, ya la habría corrido de aquí —continuó Verónica—. ¡Vieja inútil!

Sentí cómo algo se rompía dentro de mí.

No entré de inmediato.
Me quedé escuchando.

Mi mamá no gritó.
No lloró en voz alta.

Solo dijo, casi en un susurro:
—Perdón… ahorita lo limpio mejor.

Ahí entendí todo.

Entré a la cocina.

Verónica se volteó y palideció.

—Amor… ¿ya llegaste?

Mi mamá se asustó. Quiso explicarse, pero levanté la mano.
No necesitaba escuchar más.

Esa noche, Verónica cocinó como siempre.
Yo no probé la comida.

Me metí a la cocina, preparé algo sencillo y llevé el plato a mi mamá primero.

—Coma, mamá —le dije—. Yo estoy aquí.

Verónica no entendía nada.

Cuando cerré la puerta del cuarto, hablé.

—Eres una actriz perfecta —le dije—. Me engañaste a mí… y a todos.

Ella lloró.
Siempre lloraba cuando la descubría en algo.

—Fue un mal día… exageras…

—No —respondí—. Exagerar es lo que tú haces cuando finges ser buena.

No grité.
No la insulté.

Pero cada palabra pesaba.

—Desde hoy, las reglas cambian —le dije—.
—Mi mamá va primero.
—Una falta más… y te vas de esta casa.

Verónica temblaba.

—Me estás alejando de ti…

—No —le respondí—. Te estoy dando la última oportunidad de ser humana.

Los días siguientes fueron un infierno para ella.

Ya no había a quién humillar.
Ya no había a quién gritarle.

Se levantaba antes que mi mamá.
Cocinaba.
Limpiaba.

Yo observaba.
En silencio.

Mi mamá empezó a sonreír de nuevo. Poco a poco.
No porque Verónica fuera sincera…
sino porque sabía que ya no estaba sola.

Verónica aprendió algo que nunca olvidará:

quien maltrata al débil, tarde o temprano paga el precio.

Y ese precio…
fue vivir cada día sabiendo que su máscara se rompió para siempre.