El sol de Sonora no perdona a nadie, y mucho menos a los pobres. Aquella mañana, el cielo parecía una lámina de acero ardiente, presagiando uno de esos días en los que hasta las lagartijas buscan sombra bajo las piedras. Camila, una mujer de treinta y cinco años con las manos curtidas por la tierra y el rostro marcado por una tristeza antigua, se levantó antes de que el gallo cantara. Su jacal, una pequeña construcción de adobe y techo de lámina, estaba en silencio. Un silencio pesado, el que deja la ausencia de un marido que se fue demasiado pronto y la falta de hijos que llenen los rincones con risas.


Hacía dos años que Manuel, su esposo, había muerto en un accidente en la carretera, dejándola con el corazón roto y una deuda impagable con Don Evaristo, el cacique más despiadado de la región. Don Evaristo no entendía de luto ni de misericordia; solo entendía de pesos y centavos, y el plazo final se cumplía en tres días. Si Camila no pagaba, la echarían de la única tierra que había conocido, el lugar donde estaban enterrados sus recuerdos.
—Vamos, Pancho, hoy es el día —susurró Camila, acariciando el hocico gris de su único compañero leal.
Pancho era un burro viejo, de huesos prominentes y mirada cansada, pero con una nobleza que a veces parecía humana. Era todo lo que le quedaba. Juntos cargaron las dos canastas pesadas, repletas de nopales y tunas que Camila había recolectado con desesperación, esperando venderlas en el mercado del pueblo vecino, a veinte kilómetros de distancia atravesando el desierto. Era una caminata brutal, pero no había dinero para el autobús, y cada moneda contaba para la deuda.
Antes de salir, Camila se arrodilló frente a la pequeña imagen de la Virgen de Guadalupe que tenía colgada en la pared de adobe. Encendió una veladora que ya estaba en las últimas.
—Madrecita —imploró con la voz quebrada—, tú sabes que no me quedan fuerzas. He vendido mis muebles, mis pocas joyas, hasta mi argolla de matrimonio. Solo me queda este viaje. Por favor, ayúdame a llegar, ayúdame a vender todo. No permitas que me quiten mi hogar.
Se persignó, se secó una lágrima rebelde y salió al infierno del desierto.
Las primeras horas fueron soportables. El aire aún guardaba el fresco de la madrugada. Pero a medida que el sol ascendía, el desierto se transformó en un horno. El calor subía desde la arena, quemando a través de las suelas de sus huaraches. Pancho caminaba lento, resoplando, cargando el peso de la mercancía y, simbólicamente, el peso de la vida de Camila.
Llevaban cinco horas caminando. El agua de la cantimplora estaba caliente y casi vacía. Camila sentía que la cabeza le daba vueltas, pero seguía adelante, murmurando oraciones y palabras de aliento para el animal.
—Ya falta poco, mi viejo, ya falta poco —le mentía, porque sabía que aún faltaba la mitad del camino más difícil, la zona de las dunas secas.
De repente, el ritmo de los cascos de Pancho cambió. Fue un tropiezo, luego otro. El animal soltó un rebuzno que sonó más a lamento que a sonido animal.
—¡No, Pancho, no te pares! —gritó Camila, sintiendo un pánico frío en el pecho—. ¡Ándale, mi vida, camina!
Pero Pancho no podía más. Sus patas delanteras se doblaron como si fueran de trapo. El animal cayó de rodillas primero, y luego, con un golpe sordo que levantó una nube de polvo, se desplomó de costado. Las canastas se volcaron, esparciendo los nopales y las tunas por la arena hirviendo.
Camila se lanzó al suelo, ignorando las piedras que le raspaban las rodillas. Acarició la cabeza del burro, cuyos ojos grandes y oscuros la miraban con una resignación infinita.
—No me hagas esto, por favor… —sollozó ella, pegando su frente al cuello sudoroso del animal—. Tú eres mi única familia, no me dejes sola en este infierno.
El burro soltó un último suspiro largo, un aire caliente que le movió el cabello a Camila, y luego se quedó quieto. Totalmente quieto. La vida se le escapó en un segundo bajo el sol implacable.
Camila gritó. Fue un grito desgarrador, lleno de rabia, de impotencia, de dolor acumulado durante dos años. Lloró sobre el cuerpo de Pancho hasta que no le quedaron lágrimas, hasta que la garganta le ardió más que la piel quemada por el sol. Se quedó allí, sentada en la arena, mirando la nada. Estaba en medio de la nada, sin transporte, sin mercancía, con el animal muerto y el acreedor esperándola en tres días. Era el fin.
—¿Por qué? —le gritó al cielo azul y mudo—. ¡¿Qué más quieres de mí?! ¡Me quitaste a mi esposo, me quitaste mi dinero y ahora me quitas a mi único amigo! ¡Déjame morir aquí también!
El viento sopló, arrastrando plantas rodadoras, indiferente a su tragedia.
Pasó una hora. Camila sabía que no podía quedarse allí. Los coyotes y los zopilotes olerían la muerte pronto. Pancho merecía respeto. No podía dejarlo para ser devorado. Con las pocas fuerzas que le quedaban, buscó una laja de piedra afilada y comenzó a cavar una fosa junto al cuerpo del animal. La tierra estaba dura como el cemento. Sus manos sangraron, sus uñas se rompieron, pero ella siguió cavando, movida por una mezcla de amor y desesperación.
Cuando el hueco fue apenas suficiente, intentó empujar el cuerpo rígido de Pancho. Pesaba una tonelada. Tuvo que usar su espalda como palanca, empujando con todo su cuerpo.
—Perdóname, amigo —jadeaba mientras lo movía.
Fue entonces, al lograr rodar el cuerpo del burro hacia el hueco, que algo extraño sucedió. Debajo de donde había estado la panza del animal, medio enterrado en la arena pero protegido por el cuerpo de Pancho, había un objeto. No era una piedra.

…No era una piedra.

Camila parpadeó, incrédula, creyendo que el sol ya le estaba jugando malas pasadas. Se agachó, apartó la arena con manos temblorosas y sus dedos chocaron contra algo frío y duro. Metal. Un destello dorado le hirió los ojos.

—No… no puede ser —susurró.

Era una caja pequeña, de hierro oxidado, cerrada con un candado antiguo. El cuerpo de Pancho la había cubierto del sol y de los saqueadores durante quién sabe cuánto tiempo. Camila cayó de rodillas, esta vez no por el peso del burro, sino porque las piernas dejaron de responderle. El corazón le latía tan fuerte que creyó que se le iba a salir del pecho.

Con la misma laja de piedra con la que había cavado la fosa, golpeó el candado una y otra vez. El sonido seco del metal rompiéndose resonó en el desierto como un disparo. Al fin, la tapa cedió.

Dentro había monedas. No unas cuantas. No. Eran decenas, quizá cientos: monedas antiguas de oro y plata, algunas con sellos españoles, otras ennegrecidas por el tiempo. Había también un pequeño saco de cuero con polvo dorado y, doblado con cuidado, un papel amarillento.

Camila tomó el papel con manos torpes y lo leyó en voz alta, porque el silencio era demasiado grande:

“Para quien encuentre esto. Si el desierto te lo dio, es porque el desierto te juzgó digno. Aquí yace lo que escondí huyendo de la injusticia. Que este oro no te haga avaro, sino libre. —J.M.”

Camila soltó una carcajada rota que se convirtió en llanto. Rió y lloró al mismo tiempo, abrazando la caja como si fuera un niño. J.M. Podía ser cualquiera: un bandido, un revolucionario, un campesino despojado. Alguien como ella.

Miró el cuerpo inmóvil de Pancho. Comprendió entonces. El burro había elegido ese lugar para caer. Lo supo con una certeza que no necesitaba explicación. Si Pancho hubiera muerto unos metros antes o después, jamás habría visto la caja. El animal, su último compañero, había cargado hasta el final no solo las canastas, sino su salvación.

—Gracias… —susurró, apoyando la frente en el costado frío del burro—. Me salvaste la vida, viejo. Hasta el último paso.

Enterró a Pancho con cuidado, cubriéndolo con piedras para protegerlo de las alimañas. Encima colocó una cruz improvisada hecha con ramas secas. Antes de irse, dejó una de las monedas más brillantes sobre la tumba.

—Para que nunca te falte nada donde estés.

El camino de regreso fue lento, pero distinto. El sol seguía siendo cruel, el desierto el mismo, pero Camila ya no caminaba derrotada. Caminaba con propósito.

Dos días después, Don Evaristo casi se atraganta con el café cuando Camila entró a su oficina. Sucia, quemada por el sol, pero con la mirada firme.

—Vengo a pagar —dijo ella, colocando una bolsa pesada sobre el escritorio.

Las monedas tintinearon como música. Don Evaristo abrió los ojos, contó, volvió a contar. No dijo nada. No pudo. Camila se dio la vuelta sin esperar recibos ni disculpas. No los necesitaba.

Con el tiempo, Camila vendió parte del oro en distintos pueblos, con cuidado, sin ostentación. Arregló su jacal, compró un pequeño terreno y comenzó a sembrar. Ayudó a otras viudas, a viejos solos, a niños sin escuela. Nunca explicó de dónde había salido el dinero. Solo decía:

—El desierto devuelve lo que cree justo.

Años después, cuando la gente pasaba por esa ruta y veía una cruz de madera en medio de la nada, decían que allí estaba enterrado un burro milagroso. Algunos dejaban agua, otros monedas, otros solo una oración.

Camila, ya con canas y manos aún fuertes, iba una vez al año. Se sentaba a la sombra escasa y hablaba en voz alta.

—Cumplí, Pancho —decía—. No me hice rica de alma, solo libre. Como debía ser.

El viento respondía, moviendo la arena suavemente, y por un instante, Camila juraba escuchar un rebuzno lejano, noble y paciente, perdiéndose en el horizonte ardiente de Sonora.