Manuela Mendoza nunca imaginó que su vida cambiara al ritmo de un trapeador y un carrito de limpieza. A sus treinta y tantos, ya había pasado por fondas, lavanderías, tiendas de barrio y casas donde la trataban como si fuera invisible. Pero desde hacía tres meses trabajaba en una mansión de la colonia Polanco, en la Ciudad de México, tan grande que todavía se perdía a veces entre los pasillos de mármol y las quince recámaras.

Cada mañana empujaba su carrito por el vestíbulo y no podía evitar mirar hacia arriba: lámparas de cristal, cuadros carísimos, arreglos de flores que valían más que el refri de su departamento en Iztapalapa. Esa casa pertenecía a Ernesto Ramos, un joven millonario de 31 años, dueño de una empresa de tecnología. El tipo de persona que ella solo veía en las noticias o en espectaculares de la ciudad.

Sabía poco de él. Que era soltero, que casi nunca salía y que, según la cocinera, estaba enfermo “siempre”. Desde el primer día, Manuela había escuchado la tos ahogada que venía del fondo del pasillo del segundo piso, donde estaba la recámara principal. Una tos cansada, pesada, que parecía clavar las uñas en el pecho de quien la sufría.

—Buenos días, señor Ramos —dijo Manuela aquel jueves, tocando la puerta de la recámara—. ¿Puedo pasar a limpiar?

Del otro lado se escuchó la voz ronca de Ernesto:

—Entra, Manuela… pero sé rápida, por favor. Hoy me siento fatal.

Ella abrió la puerta y lo vio como siempre: tirado en la cama king size, con las cortinas cerradas, la ventana herméticamente sellada y un aire espeso que se pegaba a la piel. Ernesto estaba pálido, con ojeras profundas, la mirada perdida. Tosió varias veces, una tos seca que sonaba a dolor.

—Usted lleva así desde que llegué aquí —se le escapó a Manuela mientras pasaba un trapo por la mesita de noche—. No ha mejorado ni tantito.

Ernesto suspiró, agotado.

—Ya fui con cuatro doctores —dijo—. Me hicieron exámenes de todo: pulmones, corazón, alergias… No encuentran nada. Que si estrés, que si ansiedad… Me dan pastillas y no sirven para nada.

Manuela frunció el ceño. Se había criado en Tepito, donde no había dinero para médicos privados ni exámenes de laboratorio. Ahí se aprendía a escuchar al cuerpo y a las casas. Su abuela siempre decía: “Cuando algo en la casa está mal, la gente también se enferma”. Y esa recámara… esa recámara tenía algo raro.

—¿Pasa todo el día aquí adentro? —preguntó.

—Casi todo —respondió Ernesto, tosiendo otra vez—. Trabajo en la oficina por las mañanas, pero siempre termino regresando aquí. Es el único lugar donde logro descansar.

Manuela miró alrededor. La recámara era enorme, elegante, pero oscura. Cortinas pesadas, ventana cerrada, nada de ventilación. Y ese olor… un olor raro, húmedo, como de ropa mojada olvidada en una bolsa. Cada vez que entraba lo sentía, como una cosita que se le metía por la nariz y le molestaba la garganta.

—¿Puedo abrir la ventana? —se atrevió a preguntar.

Ernesto solo asintió, demasiado cansado para discutir. Manuela corrió las cortinas y abrió la ventana de par en par. El sol de la mañana entró como una bofetada de luz y el aire fresco del jardín se arremolinó en la recámara. Ella respiró hondo, aliviada, y se puso a trabajar en silencio.

Mientras limpiaba el piso, pasando el trapo cerca del enorme clóset empotrado que ocupaba toda una pared, el olor se hizo más fuerte. Se agachó un poco, frunció la nariz. Entre el mueble y la pared había una esquina oscura, casi imposible de ver bien. Se inclinó más, pero la penumbra lo escondía todo.

No dijo nada. No era su casa, no era su pared, no era su problema… o por lo menos eso quiso creer. Sin embargo, al salir, con el carrito chirriando camino al pasillo, una inquietud se le quedó atorada en el pecho. Algo ahí dentro no estaba bien. Y tenía la extraña sensación de que no era Ernesto el que enfermaba la recámara, sino al revés.

Lo que Manuela no sabía aún era que ese presentimiento era la puerta directa al cambio más grande de su vida.

Con el paso de los días, empezó a notar un patrón. Cuando Ernesto pasaba la mañana en la oficina, parecía un poco mejor: se le veía más color en la cara, tosía menos, incluso se le alcanzaba a escuchar reír por teléfono alguna que otra vez. Pero bastaba que se encerrara de nuevo en la recámara principal para que, en cuestión de horas, estuviera otra vez pálido, con dolor de cabeza, agotado.

Un martes, mientras limpiaba la oficina, lo encontró concentrado frente a la computadora. Tenía el cabello despeinado, pero el rostro más despierto.

—¿Cómo se siente hoy, señor? —preguntó ella.

Ernesto levantó la vista y por primera vez esbozó una sonrisa leve.

—Mejor, para ser honesto —respondió—. Toda la mañana aquí y no he tenido ninguna crisis. A lo mejor los doctores tenían razón y es solo estrés. Cuando estoy trabajando se me olvida el cuerpo.

Manuela asintió, pero por dentro algo no cuadraba. No era doctora, pero tampoco era tonta. Si fuera estrés, ¿por qué empeoraba justo cuando “descansaba”? Esa noche, antes de irse, subió a revisar que todo estuviera en orden. Al abrir la puerta de la recámara, lo primero que la golpeó fue el olor. Más fuerte. Más pesado.

Ernesto dormía, de espaldas, con el rostro vuelto hacia el clóset. Manuela se acercó a la esquina donde días antes había sentido algo. Esta vez, lo vio. Una mancha oscura, como si la pared se estuviera pudriendo, justo arriba del rodapié y medio escondida por el mueble.

Se agachó. La mancha estaba húmeda al tacto. Y el olor… el olor era el mismo que conocía desde niña, el que su abuela había maldecido tantas veces en la casa vieja de Tepito: moho. Moho de ese que se esconde detrás de las paredes, que se alimenta de la humedad y crece silencioso mientras la gente tose y nadie entiende por qué.

Un escalofrío le recorrió la espalda. Miró a Ernesto, que respiraba agitado, sin idea de que la respuesta a meses de sufrimiento estaba a unos centímetros de su cabeza. Manuela se incorporó con el corazón acelerado. Tenía que tomar una decisión: callarse y seguir limpiando como si nada, o decir lo que sospechaba y arriesgarse a que la tomaran por loca.

Esa noche, al llegar a su departamento de Iztapalapa, su hermana Beatriz la recibió en la cocina con olor a quesadillas y café.

—Te ves preocupada, Manu —dijo, sirviéndole un plato—. ¿Pasó algo en el trabajo?

Manuela se sentó, dejó que el plato se enfriara en sus manos y le contó todo: el patrón enfermo, la recámara cerrada, el olor, la mancha en la pared.

Beatriz, que estudiaba enfermería, la escuchó con seriedad. Cuando terminó, dejó de mover la masa.

—Manu, el moho tóxico puede matar a una persona —dijo—. Si ese hombre duerme ahí todos los días, es lógico que esté mal. Tienes que decirle.

—¿Y si no me cree? —protestó Manuela—. Soy la muchacha de la limpieza. Va a pensar que estoy exagerando o que quiero sacar ventaja.

—No estás exagerando —respondió Beatriz, firme—. Te mataste para conseguir ese trabajo. Ahora tienes la oportunidad de salvarle la vida a alguien. No dejes que el miedo te calle.

Manuela bajó la mirada. El miedo siempre la había acompañado: al no tener dinero, al perder a sus papás en un accidente, al hacerse cargo de su hermana de un día para otro. Pero también sabía lo que era enfrentar la vida de frente, aunque doliera. Esa noche casi no durmió, pero al amanecer ya había tomado una decisión.

Al día siguiente, llegó más temprano a la mansión. Encontró a Ernesto en la oficina, tosiendo de vez en cuando mientras revisaba unos documentos.

—Señor Ramos —dijo desde la puerta—, ¿puedo hablar con usted? Es… importante.

Él levantó la vista, sorprendido. Nunca la había visto pedir algo así.

—Claro —respondió, señalando la silla frente al escritorio—. Siéntate. ¿Qué sucede?

Manuela se sentó con las manos sudadas. Sintió que la voz se le atoraba en la garganta, pero apretó los dientes.

—Creo que sé por qué está enfermo —dijo al fin, despacio.

Ernesto frunció el ceño.

—¿Cómo que sabes?

—Su recámara —continuó ella, con más firmeza—. Hay algo mal ahí. Vi una mancha en la pared, junto al clóset. Es moho, señor. Y el olor… ese olor pesado no es normal.

Él se recargó en la silla, incrédulo.

—Manuela, esta casa es casi nueva. La remodelaron hace cinco años —respondió—. ¿Cómo va a haber moho?

—No sé cómo —contestó ella—, pero yo crecí en una casa con humedad. Mi abuela casi se muere por eso. Tos, cansancio, dolor de cabeza, falta de aire… igualito que usted. Y además… —lo miró directo a los ojos— usted nada más se pone mal de verdad cuando duerme ahí. Cuando está en la oficina o en el jardín, se ve mejor. Yo lo he notado.

Ernesto guardó silencio. En el fondo, sabía que era cierto. También había notado esa rara mejoría cuando pasaba tiempo lejos de la recámara, pero nunca lo había asociado a algo de la casa.

—Está bien —dijo al fin, levantándose—. Vamos a verlo.

Subieron juntos. Manuela fue directo al clóset y señaló la esquina.

—Aquí, mire.

Ernesto se agachó. La mancha seguía ahí, más grande. Cuando acercó la cara, el olor lo golpeó de lleno: húmedo, agrio, como algo podrido. Se apartó de inmediato.

—Dios mío —susurró—. ¿Cómo nunca vi esto?

—Porque está escondido detrás del clóset y siempre mantiene las ventanas cerradas —explicó Manuela—. El moho ama los lugares oscuros, húmedos y sin ventilación.

Ernesto pasó una mano por su cabello, confundido, recordando las cantidades absurdas de dinero gastadas en estudios médicos.

—Gasté una fortuna en doctores y medicinas… y todo el tiempo era esto —murmuró.

Se volvió hacia ella. En sus ojos ya no había solo sorpresa; había gratitud.

—Me salvaste la vida, Manuela —dijo, con la voz quebrada—. En serio. Si no decías nada, yo seguía durmiendo aquí hasta… —no terminó la frase, pero no hizo falta.

Manuela sonrió apenas.

—Solo hice lo que era correcto, señor.

—Llámame Ernesto —respondió él, extendiendo la mano—. Y gracias. De verdad.

Cuando ella estrechó esa mano, sintió que algo importante había cambiado entre los dos.

En menos de 24 horas, una empresa de especialistas estaba ya revisando la recámara. Rompieron la pared detrás del clóset y encontraron la verdad: una filtración vieja, venida de una fuga en el baño de arriba, había empapado el muro durante meses. En medio de esa humedad, un moho negro y tóxico había crecido silenciosamente, liberando esporas al aire cada noche.

—Si hubiera seguido durmiendo aquí —explicó el técnico—, en unos meses los daños podrían haber sido permanentes.

Ernesto miró a Manuela, parada discretamente en la puerta, y sintió un nudo en la garganta. No era exageración decir que ella le había salvado la vida.

Las obras para limpiar y reparar la recámara duraron dos semanas. En ese tiempo, Ernesto durmió en otra habitación. Desde la primera noche fuera de la recámara contaminada, se despertó distinto: sin tos, sin ese dolor de cabeza constante, sin la sensación de llevar una nube gris pegada a la mente. Día tras día, se fue sintiendo más ligero. El cuerpo respondía por fin.

Una mañana, bajó las escaleras con una sonrisa casi incrédula. Encontró a Manuela limpiando la sala.

—Buenos días —dijo, con energía—. ¿Sabías que hoy es la primera vez en meses que me levanto sin sentirme mal?

Manuela lo miró y sonrió de regreso.

—Me da gusto, Ernesto. Se lo merece.

Él se detuvo, pensativo.

—Manuela —dijo con seriedad—, sé que en el papel tú eres “la empleada de limpieza”, pero hiciste más por mí que cualquier doctor. Quiero agradecértelo de verdad… y no solo con palabras.

Ella lo miró, confundida.

—No tiene que…

—Sí, sí tengo —la interrumpió—. Quiero darte un aumento y, si quieres, ayudarte a estudiar. Tienes un ojo muy atento, un juicio que vale oro. Nadie vio lo que tú viste.

Manuela sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, pero se las tragó.

—Gracias —alcanzó a decir.

A partir de entonces, todo empezó a cambiar en la mansión. Ernesto dejó de ser el patrón lejano y enfermo. Cada vez se le veía más en el jardín, en la oficina, en la cocina incluso, preguntando cosas, probando la comida, riendo con el personal. Abría las ventanas, dejaba entrar el sol. La casa entera parecía respirar mejor.

Y, poco a poco, también empezó a hablar con Manuela. Ya no eran solo “buenos días” o “gracias, puede retirarse”, sino preguntas reales: cómo iba su hermana, qué tal el tráfico, qué opinaba de ciertas decisiones de la casa. La distancia empezó a acortarse de forma natural.

Una tarde, Ernesto apareció en el balcón con dos vasos de limonada.

—Hace calor hoy —dijo, extendiéndole uno—. Pensé que te gustaría.

Manuela dudó un segundo, pero lo tomó.

—Gracias.

Se quedaron ahí, mirando los jacarandás del jardín. El cielo de la ciudad estaba más limpio de lo habitual; la luz de la tarde hacía brillar las copas moradas de los árboles.

—¿Tienes familia aquí? —preguntó Ernesto.

—Solo mi hermana, Beatriz —respondió Manuela—. Estudia enfermería. Vivimos las dos en Iztapalapa.

—¿Nada más ustedes?

—Sí. Nuestros papás murieron en un accidente cuando yo tenía dieciséis. Tuve que dejar la escuela para trabajar y cuidarla.

Ernesto la miró con una mezcla de respeto y sorpresa.

—Criaste a tu hermana sola…

—Hice lo que pude —dijo ella, encogiéndose de hombros—. Trabajé donde se podía hasta que llegué aquí. Este es el mejor trabajo que he tenido.

Él se quedó un momento en silencio.

—Yo… no sé lo que es eso —confesó al fin—. Mis papás tienen una cadena de restaurantes. Nunca me faltó nada: escuela cara, viajes, doctores. Y aun así… —se detuvo, buscando las palabras— me sentía vacío. Cuando me enfermé, fue como si todo perdiera sentido.

Manuela lo miró de reojo. Era extraño escuchar a un millonario hablar de vacío.

—¿Y ahora? —preguntó suavemente—. ¿Cómo se siente?

Ernesto sonrió, pero con un dejo de tristeza.

—Mejor del cuerpo. Pero por dentro todavía siento que me falta algo. Como si hubiera despertado de una pesadilla… y no supiera qué hacer ahora que estoy despierto.

Manuela no era psicóloga, pero conocía la soledad. Reconocía esa mirada.

—Tal vez le hace falta más que salud —dijo con cuidado—. Tal vez le hace falta un propósito.

Él la miró, sorprendido, y luego rió, sin burla.

—Siempre tienes razón —comentó.

Ese fin de semana, Ernesto hizo algo inesperado: le pidió que le mostrara su barrio. Quería conocer el mundo del que ella venía. Manuela casi se atraganta cuando lo escuchó.

—¿Para qué quiere ver Iztapalapa? —preguntó.

—Porque tú me salvaste —respondió él—. Y me di cuenta de que no sé nada de ti. Quiero saber quién eres de verdad.

El sábado, fue por ella en su coche. Nunca había manejado por esas calles: ruidosas, llenas de puestos, niños jugando, música a todo volumen. Todo era caótico, sí, pero también vibrante. Beatriz los recibió con café de olla y tamales.

—Así que tú eres el jefe famoso —bromeó, estrechándole la mano—. Mi hermana no deja de hablar de ti.

Manuela se sonrojó. Ernesto se relajó. Comieron, rieron, caminaron por el mercado, probaron fruta picada, vieron puestos de artesanías. Ernesto compró un llavero de barro solo porque le pareció bonito.

—He vivido treinta y un años en esta ciudad y nunca había venido aquí —confesó—. Es como otra realidad.

—Todos vivimos en burbujas —dijo Manuela—. Tú en la tuya, yo en la mía.

—Pues ahora nuestras burbujas ya se rompieron —respondió él—. Porque hoy estamos aquí juntos.

Algo se acomodó en el corazón de ambos ese día. Lo que había empezado como gratitud empezó a transformarse en algo más: respeto, admiración… y un cariño que ninguno quería nombrar todavía.

Un lunes, Manuela llegó a la cocina de la mansión y encontró un sobre con su nombre. Adentro, una nota a mano: “Gracias por mostrarme tu mundo. Ernesto”. Y un comprobante de inscripción a un curso técnico de gestión y administración, todo pagado.

Las manos le temblaron. Por primera vez en mucho tiempo sintió que el futuro no estaba cerrado para ella. Que quizá podía aspirar a algo más que limpiar casas ajenas.

Pero con esa esperanza también llegó el miedo. Porque mientras más crecía su admiración por Ernesto, más claro era que lo que sentía ya no era solo gratitud.

Las semanas siguientes fueron una mezcla de cansancio y emoción. Manuela trabajaba todo el día en la mansión y por las noches iba al curso. Llegaba a casa molida, pero con los ojos brillando. Beatriz la observaba divertida.

—Estás diferente —le dijo una noche—. Más feliz.

—Es el curso —respondió Manuela—. Estoy aprendiendo cosas que nunca imaginé: hojas de cálculo, organización, manejo de personal.

—¿Solo el curso? —insistió Beatriz, arqueando una ceja—. ¿O también cierto millonario agradecido?

Manuela se rió, nerviosa.

—Es mi jefe, vea. Nada más.

Pero en el fondo sabía que no era “nada más”.

Ernesto, por su parte, también había cambiado. Ya no la veía como “la muchacha de limpieza”, sino como alguien en quien confiaba. Le preguntaba su opinión sobre asuntos de la casa, le contaba cosas de la empresa, la escuchaba de verdad. Sus miradas empezaron a durar un segundo más de lo normal. Un día la invitó a tomar café en el balcón, otro día apareció con su pan dulce favorito “porque me acordé de ti”.

Hasta que un jueves, se plantó en la puerta de la biblioteca, visiblemente nervioso.

—Manuela, ¿tienes un minuto? —preguntó.

—Claro —respondió ella, dejando los libros.

Él respiró hondo.

—Te quería invitar a cenar mañana… no como jefe y empleada. Como… dos personas que se caen bien. Como amigos… o lo que salga. ¿Te animas?

El corazón de Manuela se volvió loco. Sabía que lo “correcto” era decir que no, mantener la distancia. Pero la verdad ya no cabía en la caja del miedo.

—Me animo —escuchó decirse.

La sonrisa que apareció en el rostro de Ernesto fue tan sincera que a ella se le aflojaron las rodillas.

La cena fue en un restaurante pequeño de Coyoacán, acogedor, sin pretensiones. Velas en las mesas, música suave, olor a tortillas recién hechas.

—Busqué este lugar —confesó Ernesto—. Quería algo especial, pero sencillo. Algo… que sintiera que iba contigo.

Conversaron por horas. Él le habló de la presión de la familia, de lo poco que sentía que encajaba en el mundo de los trajes y las juntas, de cómo la enfermedad había sido una especie de escape. Ella le habló de los trabajos que había tenido, del miedo de no poder pagarle la escuela a Beatriz, de las noches llorando en silencio para que su hermana no la escuchara.

En un momento, mientras jugaba con el borde del vaso, Ernesto la miró directo a los ojos.

—Cuando descubriste el moho —dijo— fue como si encendieras una luz en mi vida. No solo me curé del cuerpo. Empecé a darme cuenta de que estaba viviendo sin vivir. Y tú… tú me mostraste otra forma de ver el mundo.

Manuela sintió que se le apretaba la garganta.

—No sé qué decir —murmuró.

—No tienes que decir nada —respondió él—. Solo quería ser honesto. Me gustas, Manuela. Me gusta quién eres. Sé que esto es complicado: trabajas para mí, venimos de mundos diferentes. Pero no quiero seguir fingiendo que no siento nada.

Ella bajó la mirada. También sentía. Y mucho. Pero las diferencias sociales, los prejuicios, los chismes… todo eso apareció como una lista infinita de “peros” en su mente.

—Necesito pensarlo —dijo al fin.

—Tómate el tiempo que quieras —respondió él.

Esa noche, al bajarse del carro frente a su edificio, se volteó y le dijo:

—Ernesto…

—¿Sí?

—Yo también siento —soltó de golpe—. No sé cómo ni si esto va a funcionar, pero siento.

Cerró la puerta antes de perder el valor y subió corriendo las escaleras. Esa noche no durmió, pero por primera vez no fue por preocupación, sino porque la vida parecía estar abriéndole una puerta que nunca se imaginó.

La prueba de fuego llegó poco después. Un sábado, Ernesto le avisó que sus papás irían a cenar a la mansión.

—Quieren conocerte —dijo.

—¿Conocerme? ¿Para qué? —preguntó ella, alarmada.

—Porque les conté de ti —respondió él—. Les dije que me salvaste… y que eres importante para mí. No quiero esconderlo.

El miedo volvió con fuerza, pero también el orgullo. Esa noche, Manuela se peinó con cuidado, se puso su mejor blusa y bajó al comedor. Los padres de Ernesto eran elegantes, educados… y fríos. Hicieron preguntas formales sobre su trabajo, su familia, su pasado. Don Raúl, el padre, pareció impresionarse de verdad por su ojo para detectar el problema del moho. Doña Silvia, en cambio, mantenía una sonrisa tensa.

Más tarde, Manuela escuchó sin querer una parte de la conversación en la sala.

—Ernesto —decía su madre—, es una muchacha encantadora, pero tienes que ser realista. Viene de otro mundo. La gente va a hablar.

—La gente siempre va a hablar —respondió él—. Pero cuando yo estaba enfermo y ustedes no sabían qué hacer, fue ella quien me salvó. Y yo la elijo a ella, mamá. Con todo.

Esas palabras le temblaron en el corazón a Manuela. Nunca nadie la había elegido así, de frente, contra todo.

Cuando los invitados se fueron, Ernesto la encontró en el jardín.

—Perdón por lo que escuchaste —dijo.

—No tienes que disculparte —respondió ella—. Tu mamá tiene razón en una cosa: el mundo va a juzgar.

—Que juzgue —replicó él—. Yo ya estuve a punto de morir una vez. No pienso vivir el resto del tiempo tratando de complacer a gente que ni siquiera se sabe mi segundo nombre.

Manuela lo miró largo rato.

—¿Estás seguro de esto? —preguntó bajito—. ¿Seguro de mí?

—Seguro de ti, de mí y de lo que siento cuando estamos juntos —contestó sin titubear—. Y si tú te animas, quiero caminar este camino contigo.

Ella respiró hondo… y, por primera vez en muchos años, dejó de escuchar la voz del miedo y escuchó la del corazón.

—Me animo —dijo, esta vez no solo a una cena, sino a una vida entera que no sabía cómo sería, pero que quería intentar.

El tiempo hizo su trabajo. Manuela siguió trabajando en la mansión, pero ahora como asistente de confianza de Ernesto, ayudándolo a coordinar proyectos, aprendiendo a manejar cosas que antes le parecían imposibles. Terminó su curso y se inscribió en la carrera de administración. Beatriz se graduó de enfermería. La casa se llenó de risas nuevas, de ventanas abiertas, de café en el balcón y planes a futuro.

No faltaron las miradas de juicio ni los comentarios malintencionados de algunos conocidos de Ernesto. Pero ellos aprendieron a hacer oídos sordos. Sabían que la verdadera prueba ya la habían pasado cuando se atrevieron a verse como iguales, más allá del dinero, los apellidos y las paredes de mármol.

Una mañana, sentados en el balcón con tazas de café, Ernesto miró a Manuela y dijo:

—A veces pienso… ¿y si no hubieras visto el moho? ¿Y si te hubieras quedado callada por miedo?

Ella sonrió.

—Pero lo vi —respondió—. Y no me quedé callada. Cuando ves que alguien sufre, no le das la espalda. Ayudas.

Ernesto tomó su mano.

—Y yo voy a pasar el resto de mi vida agradeciéndote —dijo.

Manuela apretó esos dedos cálidos. Miró el jardín, el cielo sobre Polanco, y pensó en todo lo que había pasado desde la primera vez que empujó su carrito por esos pasillos fríos.

Entendió entonces algo profundo: que salvar a alguien no siempre significa hacer una cirugía complicada o tener un título colgado en la pared. A veces, salvar a alguien es decir lo que nadie quiere decir, ver lo que nadie mira, escuchar con el corazón. Y tener el valor de actuar, aunque tiemble la voz.

Ernesto se había curado del cuerpo gracias a ella. Pero juntos habían empezado a curarse de algo más sutil: la soledad, el clasismo, el miedo a no merecer ser feliz. Y, mientras el viento movía las copas de los jacarandás, Manuela sintió que, por primera vez en la vida, estaba exactamente donde tenía que estar.

No como “la muchacha de la limpieza”, sino como la mujer que se atrevió a ver la verdad detrás de una pared… y detrás de un corazón. Y que, por hacerlo, encontró la suya propia.