La noche en que la ciudad intentó ahogarse a sí misma, Amara Johnson corría a través de ella.

Llegaba tarde al trabajo. Otra vez.

Víctor, su jefe, había sido muy claro: un retraso más y estaba fuera.

Pero mientras corría bajo la tormenta, un sonido agudo cortó el ruido de la lluvia.

El llanto de un niño.

Se detuvo en seco.

Unos metros más adelante, un auto negro tenía la puerta trasera abierta de par en par.

La lluvia entraba a cántaros en el vehículo.

No había nadie al volante. No había padres.

Amara se acercó con el corazón en la garganta.

Al mirar dentro, se quedó helada.

Tres niñas pequeñas, trillizas, estaban acurrucadas en el asiento trasero.

Estaban empapadas, temblando y llorando desconsoladamente.

Su teléfono vibró en el bolsillo.

Era Víctor. Si contestaba, tal vez salvaría su empleo.

Si no, lo perdería todo.

Miró a las niñas. Una de ellas extendió su manita hacia ella.

Amara no lo pensó dos veces.

Guardó el teléfono, envolvió a las pequeñas en su delantal y las sacó de allí.

– Todo va a estar bien –les susurró, corriendo hacia un refugio.

Minutos después, un hombre apareció corriendo entre la lluvia, con el rostro descompuesto por el pánico.

– ¡Mis hijas! –gritó al verlas, cayendo de rodillas.

Explicó que se había alejado solo dos minutos.

Amara se las entregó, aliviada pero temblando.

El hombre se fue, agradecido, desapareciendo en la noche.

Entonces, el teléfono de Amara vibró de nuevo.

Un mensaje de texto: “No vuelvas. Estás despedida”.

Había salvado tres vidas, pero acababa de arruinar la suya.

Sin embargo, al llegar a casa, metió la mano en su bolsillo y encontró algo extraño.

Una pequeña libreta de dibujos que una de las niñas debió haberle dejado caer sin querer.

En la primera página, había un nombre escrito con letra elegante: Marina Duarte.

Por curiosidad, buscó el nombre en su teléfono.

La pantalla mostró una foto de una mujer perfecta, sonriendo del brazo del mismo hombre que había perdido a las niñas.

El titular decía: “La prometida perfecta del millonario viudo”.

Pero Amara sintió un escalofrío.

Recordó el terror en los ojos de las niñas. Recordó que la puerta del auto estaba abierta, no forzada.

Aquello no había sido un accidente.

Alguien había dejado esa puerta abierta a propósito.

Y ahora, Amara tenía la única pista que podía destapar una verdad aterradora.

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