Era tarde, pero Sebastián no podía dormir. Se levantó y comenzó a caminar por la suite. En cada paso, la culpa y el arrepentimiento lo seguían. Recordaba el día de su divorcio, cuando le había dicho a Isabela que no podía darle lo que ella quería, que los negocios eran su prioridad. La había dejado ir sin pensar en las consecuencias. Ahora, tres años después, todo había cambiado. Ya no quería ese mundo de lujos y éxito que había construido. Quería recuperar lo que había perdido, pero no sabía si Isabela estaría dispuesta a aceptarlo.

Decidió que debía hacer algo. No podía quedarse con la duda, con esa sensación de que había cometido un error monumental. Había llegado a un punto en su vida en el que las riquezas y el poder ya no significaban nada. La verdadera riqueza, se dio cuenta, estaba en las relaciones humanas, en el amor y la lealtad.
Al día siguiente, se dirigió al restaurante donde había visto a Isabela. No sabía qué esperar, pero necesitaba verla, hablar con ella, pedirle perdón. Cuando llegó, encontró el lugar vacío, con la luz del amanecer iluminando las mesas vacías. Pidió a uno de los empleados que lo dirigiera a la oficina del gerente. La verdad estaba a punto de salir a la luz, y no podía esperar más.
Isabela estaba ahí, en su uniforme, organizando algunos papeles. Cuando levantó la vista y lo vio, la expresión en su rostro fue de sorpresa, seguida de una indiferencia que le rompió el corazón.
“Isabela,” dijo Sebastián, acercándose con pasos lentos. “Necesito hablar contigo.”
Ella lo miró por un momento, como si evaluara si debía o no escucharle. Finalmente, dejó los papeles sobre la mesa y se cruzó de brazos.
“¿Qué quieres, Sebastián?” preguntó, su voz seria pero cansada.
“Lo que pasó entre nosotros… Lo siento. Me equivoqué. Te hice daño cuando lo único que quería era proteger mi ego. He perdido mucho, pero lo peor de todo es que te perdí a ti. No te pido que me perdones, solo que me escuches.”
Isabela lo miró fijamente durante unos segundos, como si pensara si valía la pena siquiera escucharle. Finalmente, suspiró y habló.
“Hace tres años me dijiste que no había cabida para mí en tu vida. Que los negocios eran lo único que te importaba. Ahora, me encuentro aquí, trabajando en un lugar que nunca imaginé, embarazada de un hijo que tú nunca quisiste. No sé qué quieres que te diga, Sebastián. Ya no sé qué hay entre nosotros, ni si hay algo que valga la pena salvar.”
Las palabras de Isabela fueron un golpe directo al corazón de Sebastián. En ese momento entendió cuán lejos había llegado, cuán profundo había herido a la mujer que había amado. Sin embargo, no se rindió.
“Sé que me equivoqué, Isabela. Y entiendo si no quieres saber nada de mí. Pero quiero enmendar lo que hice, quiero ayudar. No puedo cambiar el pasado, pero quizás pueda hacer algo para que el futuro sea diferente.”
Isabela lo miró con los ojos llenos de dolor y de incertidumbre.
“No sé, Sebastián. No sé si puedo confiar en ti de nuevo. Han pasado tantas cosas, tanto tiempo. Ya no soy la misma de antes.”
“Te prometo que no soy el mismo hombre que era cuando te dejé. He cambiado. No quiero más poder ni dinero. Lo que quiero es una oportunidad para demostrarte que puedo ser el hombre que mereces.”
Isabela permaneció en silencio durante un largo rato, la tensión en el aire palpable. Finalmente, respiró profundamente y asintió con la cabeza.
“No te prometo nada, Sebastián. Pero te escucharé. Quizás, solo quizás, podamos hablar de lo que pasó, de lo que pudo haber sido.”
Sebastián sintió un atisbo de esperanza. No sabía qué depararía el futuro, pero lo único que sabía era que quería luchar por lo que había perdido. Esta vez no se rendiría. Esta vez, no dejaría escapar la oportunidad de ser feliz.
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La puerta cedió con un gemido largo, como si se quejara por haber estado cerrada demasiados años.
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