En la Furia del Fuego, el Amor de una Madre Permaneció Firme

Los incendios forestales de Los Ángeles rugían como una bestia viva. Las llamas trepaban por las colinas, pintando el cielo nocturno de tonos carmesí y dorado. Las calles, antes llenas de risas, se habían convertido en pasillos fantasmales de humo y silencio.
El oficial Daniels patrullaba el perímetro de una zona evacuada, con los faros de su patrulla cortando la neblina espesa. La radio chispeaba entre estática y silencio… hasta que un ruido metálico, un golpe repentino, rompió la calma.
Redujo la velocidad, una mano sobre la funda de su arma. “Podrían ser saqueadores”, pensó. Pero al doblar la curva, lo que encontró no era humano.
A un costado del camino había un sedán calcinado, con las ventanas cubiertas de hollín. Dentro, la silueta de una figura grande e inmóvil. Se acercó con cautela, las botas crujían sobre los restos quemados. Entonces lo vio: una osa madre, con el pelaje chamuscado, respirando con dificultad.
Sobre su regazo, yacía el cuerpo sin vida de su cría.
El oficial se quedó inmóvil. En los ojos de la osa—enrojecidos por el humo y brillando con lágrimas—vio algo que lo atravesó: dolor, amor y rendición. Ella no se movía, solo abrazaba a su cachorro, negándose a soltarlo, incluso mientras el mundo ardía a su alrededor.
Los bomberos llegaron minutos después. Nadie habló. El rugido del fuego se mezclaba con el zumbido de los motores. Uno de ellos se quitó el casco, inclinando la cabeza en silencio.
Durante un largo minuto, el tiempo se detuvo.
Aquella noche, entre las ruinas de hogares y sueños, una verdad brilló más fuerte que las llamas:
Incluso en la furia del fuego, el amor de una madre nunca se rinde.
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