LA NOCHE QUE LA LLUVIA DE MADRID SE CONVIRTIÓ EN ESPERANZA

La lluvia en Madrid durante el invierno no es solo agua; es una sentencia. Es un frío húmedo que se te mete en los huesos, que atraviesa las suelas de los zapatos baratos y se instala en el pecho como una gripe mal curada. Era 24 de diciembre, Nochebuena, y la calle Princesa brillaba con esa electricidad frenética de las últimas compras, de la gente corriendo hacia el calor de sus hogares, cargada de bolsas de El Corte Inglés, cajas de pastelería y ramos de flores. Yo caminaba en dirección contraria a la felicidad, o al menos eso sentía.

Consejos financieros

Apretaba las manos de Valentina y Sofía con tanta fuerza que temía hacerles daño, pero era la única forma de transmitirles un calor que yo misma no tenía. Mis mellizas, con solo seis años, eran demasiado pequeñas para entender la magnitud de nuestra desgracia, pero lo suficientemente mayores para sentir el peso del silencio. Llevaban puestos sus anoraks del año pasado, que ya les quedaban cortos de mangas, dejando al descubierto sus muñecas enrojecidas por el viento helado.

Ahorro personal

—Mamá, ¿falta mucho? —preguntó Sofía, con esa vocecita que siempre me recordaba a David. Su nariz estaba roja y sus ojos lagrimeaban por el frío.

—No, mi vida, ya casi llegamos. Solo un poco más —mentí.

No íbamos a ninguna parte en concreto. Esa era la terrible verdad. Habíamos salido de nuestro pequeño piso interior en Vallecas porque la calefacción central del edificio no funcionaba y nuestro radiador eléctrico había decidido morir esa misma mañana, justo después de que se fundiera la última bombilla del salón. La casa estaba a oscuras y helada. Quedarse allí, mirando las paredes vacías donde antes había fotos y risas, era insoportable. Así que salimos a caminar, fingiendo que éramos parte de la fiesta, fingiendo que teníamos un destino, una cena esperando, una vida normal.

Regalos Nochebuena

Metí la mano derecha en el bolsillo de mi abrigo. Mis dedos rozaron la piel sintética y gastada de mi cartera. Conocía el contenido de memoria, no necesitaba mirar: un billete de veinte euros, uno de diez y dos monedas de un euro. Treinta y dos euros. Ese era mi patrimonio neto. Mi capital total. El escudo que me separaba del abismo absoluto.

Guía de bares

Treinta y dos euros.

La cifra retumbaba en mi cabeza con cada paso que daban mis botas sobre el asfalto mojado. Cloc, cloc, treinta y dos, cloc, cloc.

Si gastaba veinte en comida, me quedarían doce. El abono transporte mensual caducaba en dos días y necesitaba recargarlo para ir al hospital. Si no iba al hospital, perdía los turnos extra. Si perdía los turnos, no cobraba. Si no cobraba, el casero, Don Paco, cumpliría su amenaza de echarnos antes de Reyes. Era una ecuación matemática del terror que resolvía una y otra vez en mi cabeza, y el resultado siempre era el mismo: números rojos.

Mi estómago rugió, un sonido sordo y doloroso. No había comido nada sólido desde el desayuno del día anterior, una tostada rancia que las niñas no quisieron terminar. Me había acostumbrado a esa sensación de vacío, a ese hueco permanente en el diafragma. Es curioso cómo el cuerpo humano se adapta a la escasez; el hambre deja de ser una urgencia y se convierte en una compañera constante, una migraña silenciosa que te nubla el pensamiento. Pero yo podía aguantar. Yo era una adulta. Yo era la madre.

Seguros familiares

El problema eran ellas.

Miré a Valentina. Estaba mirando el escaparate de una juguetería cerrada. Había una muñeca grande, vestida de época, preciosa. Valentina no pidió nada. Aprendió hace mucho tiempo, demasiado pronto, que pedir duele porque la respuesta de mamá siempre viene acompañada de una sombra de tristeza en los ojos. David solía decir que Valentina tenía la sensibilidad de una artista. “Esta niña te lee el alma, Lucía”, me decía él mientras la mecía.

David.

Su nombre me golpeó con la fuerza de un vendaval físico, obligándome a detenerme un segundo para tomar aire. Han pasado casi tres años y todavía hay momentos en los que el dolor es tan agudo que me corta la respiración.

La gente piensa que la pobreza es algo gradual, pero en mi caso fue una caída libre. Un martes teníamos una vida. David era encargado de obra, un hombre fuerte, con manos grandes y ásperas que olían a cemento y a tabaco rubio. Estábamos pagando la hipoteca, teníamos un coche decente, planeábamos las vacaciones en el pueblo para agosto. Éramos la clase media trabajadora de España: luchadores, cansados, pero seguros.

Superar la adversidad

Y luego, un miércoles, sonó el teléfono.

Recuerdo el tono aséptico de la voz al otro lado. “¿Señora García? Le llamamos del Hospital La Paz. Ha habido un accidente”.

El andamio. Un fallo de seguridad. Un arnés que no funcionó como debía. La caída.

David no murió en el acto. Luchó durante tres semanas en la UCI. Tres semanas de máquinas pitando, de olor a desinfectante, de rezar a un Dios que parecía haberse ido de vacaciones. Tres semanas en las que firmé papeles sin leer, autoricé tratamientos, pedí excedencias en mi trabajo de entonces como recepcionista. Y cuando él se fue, se llevó no solo su risa y su calor, sino nuestro futuro.

Consejos financieros

El seguro de la empresa constructora encontró una cláusula, una letra pequeña, una negligencia supuesta que volcaron sobre él porque los muertos no pueden defenderse. No hubo indemnización millonaria. Hubo deudas. La hipoteca se volvió impagable. El banco, esa entidad sin rostro que te manda cartas cordiales, se quedó con el piso. Nos mudamos de alquiler a un barrio más barato, luego a uno peor. Vendí el coche bueno. Compré uno viejo que se traga mi sueldo en reparaciones. Mi trabajo de recepcionista no era compatible con criar a dos niñas sola y deprimida, así que lo perdí. Terminé trabajando de celadora y auxiliar, cubriendo bajas, limpiando lo que nadie quiere limpiar, cargando pesos que me destrozan la espalda, doblando turnos para llegar a fin de mes.

Y aquí estaba. Tres años después. Nochebuena. Viuda. Pobre. Y caminando bajo la lluvia.

Ahorro personal

—Tengo hambre, mami —susurró Sofía. No era una queja, era un dato.

Su vocecita me rompió por dentro. No podía permitir que pasaran la Nochebuena con hambre. Simplemente no podía. Había un límite de dignidad que no estaba dispuesta a cruzar. Podíamos tener frío, podíamos tener ropa vieja, podíamos no tener juguetes, pero no iba a dejar que mis hijas se fueran a dormir con dolor de estómago mientras Madrid celebraba la abundancia.

Supermercados

Levanté la vista. Estábamos frente a una cafetería tradicional, de esas con solera, con marcos de madera oscura y luces cálidas en el interior. “El Faro”. A través de los cristales empañados por el contraste de temperatura, veía gente. Familias. Un grupo de amigos brindando con cerveza. Una pareja mayor compartiendo un postre.

El olor que salía cada vez que alguien abría la puerta era embriagador: café, calamares fritos, plancha caliente, vida.

—Vamos a entrar —dije. Mi voz sonó más firme de lo que me sentía.

—¿De verdad? —Los ojos de Valentina se iluminaron—. ¿A un restaurante?

—Sí, cariño. Es Nochebuena. Vamos a cenar calentito.

Empujé la puerta pesada de madera y entramos. El cambio fue brutal. El calor de la calefacción nos golpeó en la cara, haciéndonos cosquillas en la piel entumecida. El ruido de las conversaciones, el tintineo de los cubiertos contra la loza, el siseo de la máquina de café exprés… era una sinfonía de normalidad que me resultaba ajena.

Regalos Nochebuena

Pero con el calor llegó también la vergüenza.

Sentí las miradas casi de inmediato. No eran imaginaciones mías. En España, la gente mira. Es cultural. Miramos para evaluar, para situar al otro en el mapa social. Y nosotras éramos una anomalía en ese cuadro costumbrista.

Mis botas estaban manchadas de barro. Mi abrigo gris tenía bolitas en la lana y los puños deshilachados. El pelo se me había pegado a la frente por la lluvia. Y las niñas… mis pobres niñas parecían dos pajaritos mojados.

Un hombre de traje, sentado en la barra leyendo el periódico, levantó la vista y nos escaneó de arriba abajo. Su mirada se detuvo en mis zapatos y luego subió a mi cara con una expresión de indiferencia que dolía más que el desprecio. En una mesa cercana, una mujer con un abrigo de piel y joyas doradas le susurró algo a su marido, que asintió discretamente.

Sentí que las mejillas me ardían. Quería darme la vuelta y salir corriendo, volver a la oscuridad de la calle donde nadie nos veía. Pero entonces Sofía me apretó la mano.

Seguros familiares

—Huele a patatas, mami —dijo, ajena a la tensión social, guiada solo por su instinto de supervivencia infantil.

Respiré hondo. Por ellas, me dije. Trágate el orgullo, Lucía. El orgullo no alimenta.

—Por aquí, por favor —nos indicó un camarero joven, con el pelo engominado y cara de cansancio. Probablemente le tocaba trabajar toda la noche y no estaba para fiestas.

Nos llevó a una mesa pequeña en el fondo del local, cerca de la puerta de la cocina y de los baños. El “rincón de los invisibles”, pensé con amargura. Pero no me quejé. Al menos estábamos a cubierto. Al menos hacía calor.

Nos quitamos los abrigos húmedos. Coloqué los de las niñas sobre una silla vacía para que se secaran un poco. El camarero dejó tres cartas plastificadas sobre la mesa y se marchó sin decir nada más.

Abrí el menú y sentí que el suelo se abría bajo mis pies.

Consejos financieros

Los precios.

Dios mío, los precios.

Sabía que comer fuera era caro, pero esto… “El Faro” no era una taberna de barrio cualquiera, era un sitio con pretensiones. Ración de jamón ibérico: 22 €. Entrecot a la pimienta: 18 €. Plato combinado de lomo: 14 €.

El pánico empezó a subir por mi garganta, cerrándome la glotis. Empecé a sumar mentalmente. Si pedía dos platos combinados, me pasaba de los 32 euros solo con eso, sin contar la bebida. Si pedía refrescos, era imposible.

Miré a las niñas. Estaban estudiando el menú con una reverencia sagrada, señalando las fotos.

—¡Mira, Sofí! ¡Tarta de chocolate! —exclamó Valentina, sus ojos brillando con una intensidad que me partió el corazón.

Superar la adversidad

—Y aquí hay hamburguesa con huevo y patatas —respondió Sofía relamiéndose.

¿Cómo les dices a tus hijas que no pueden pedir lo que quieren en Nochebuena? ¿Cómo les explicas la microeconomía de la miseria sin destrozarles la infancia?

Metí la mano bajo la mesa y saqué la cartera, abriéndola en mi regazo para contar el dinero una vez más, como si por arte de magia los billetes pudieran reproducirse. Veinte. Diez. Dos euros. No había cambiado. La realidad seguía siendo obstinada.

Empecé a sudar frío. Calcula, Lucía, calcula.

Tenía que dejar algo para el autobús de vuelta, o tendríamos que caminar otra hora bajo la lluvia, y las niñas no aguantarían. El billete de metrobus… no, no tenía saldo. Necesitaba al menos 3 euros para volver.

Me quedaban 29 euros para la cena.

Busqué desesperadamente en la sección de “Bocadillos y Raciones”.

Supermercados

En la otra esquina del restaurante, lejos de nosotras, había un hombre mayor sentado solo junto a la ventana. Tenía el pelo completamente blanco, peinado hacia atrás con elegancia, y vestía un abrigo de paño oscuro que parecía caro pero antiguo. Estaba tomando un café con leche que ya debía estar frío, mirando la lluvia golpear el cristal.

Se llamaba Don Roberto, aunque yo no lo sabía en ese momento. Tenía 75 años y una cuenta bancaria que podría haber comprado el edificio entero, pero esa noche era tan pobre como yo en lo único que el dinero no puede comprar: compañía.

Don Roberto había pasado las últimas dos horas esperando. Su hija, que vivía en el Barrio de Salamanca, le había prometido que lo recogería para cenar con los nietos. Pero hacía media hora había recibido el mensaje. “Papá, lo siento mucho. Jorge se ha puesto malo, es gripe. Mejor no vengas para no contagiarte. Lo celebramos en Reyes. Un beso”.

Él sabía que era mentira. O una verdad a medias. Jorge, su yerno, nunca había soportado su presencia silenciosa y sus historias del pasado. Era la tercera Navidad consecutiva que surgía un “imprevisto”. Don Roberto había aprendido que la soledad en la vejez es un fantasma que se sienta a tu lado en la mesa y se come tu ración de alegría.

Ahorro personal

Sus ojos, acostumbrados a observar detalles —una deformación profesional de sus años como arquitecto—, se posaron en nuestra mesa.

Vio cómo me temblaban las manos al sostener la carta. Vio cómo mis ojos iban del precio a la cara de mis hijas y volvían al precio, en un bucle de angustia. Vio los abrigos húmedos amontonados. Vio la delgadez de Valentina.

Don Roberto no apartó la mirada. Algo en mi postura, en la curva de mis hombros cargados de peso, le recordó a alguien. Le recordó a su madre, décadas atrás, en la posguerra, haciendo milagros con un trozo de pan y una onza de chocolate para que él y sus hermanos no notaran que faltaba todo lo demás.

Levanté la mano tímidamente para llamar al camarero. Tardó un poco, atendiendo a una mesa grande que pedía botellas de vino y brindaba ruidosamente. Cuando finalmente llegó a nuestra mesa, saqué mi libreta y el bolígrafo.

—Buenas noches —dije, intentando que mi voz sonara digna y no suplicante—. Para las niñas, dos sándwiches mixtos, por favor.

Regalos Nochebuena

El camarero esperó, bolígrafo en mano.

—¿Y para beber?

—Agua —dije rápido—. Dos vasos de agua, por favor.

Superar la adversidad

El camarero arqueó una ceja.

—¿Agua del grifo o mineral?

Esa pregunta. Esa maldita pregunta trampa de la hostelería.

—Del grifo, si es tan amable —respondí, sintiendo cómo el calor subía a mis orejas.

—Muy bien. ¿Y para usted, señora?

Tragué saliva. Mi estómago se contrajo violentamente, rogando por comida. El olor a ajo y perejil de la cocina me estaba mareando.

—Nada para mí, gracias. No tengo hambre. He comido mucho en… en la comida de empresa —mentí. Una mentira estúpida. Con mi ropa y mi aspecto, estaba claro que no venía de ninguna comida de empresa.

El camarero me miró. Por un segundo, su máscara de indiferencia se agrietó y vi algo parecido a la lástima en sus ojos. Fue horrible. Prefería el desprecio a la lástima. La lástima te confirma que estás en el fondo.

Supermercados

—¿Seguro? Tenemos un caldo gallego muy bueno hoy. Entra bien con el frío.

—No, gracias —insistí, cerrando la carta—. Solo eso.

—Bien. Dos mixtos y dos aguas.

Se marchó.

Valentina me miró con sus grandes ojos marrones.

—Mami, ¿tú no cenas?

—No, cielo. Mami está llenísima. Me comí un… un cocido enorme antes de venir a buscaros. Estoy a punto de explotar —hice un gesto exagerado tocándome la barriga y Sofía se rio.

La risa de mis hijas fue un bálsamo, pero duró poco. El silencio volvió a la mesa. Sin comida, sin juguetes, sin móviles para distraerse, la espera se hizo larga. Yo intentaba mantener una sonrisa congelada, preguntándoles por el colegio, por sus amigas, inventando historias sobre lo que Papá Noel podría traerles “quizás” el año que viene si la economía mejoraba.

Desde su rincón, Don Roberto no perdía detalle. Veía a través de mi mentira del “cocido enorme”. Veía la fatiga en mis ojos, esas ojeras oscuras que ni el maquillaje barato podía ocultar. Veía cómo me frotaba las manos bajo la mesa, no solo por frío, sino por nerviosismo.

Él conocía esa mirada. Era la mirada de quien está haciendo cálculos de supervivencia en tiempo real.

Cuando llegaron los sándwiches, el cambio en las niñas fue instantáneo. Eran simples sándwiches de jamón y queso, con un poco de mantequilla en el pan tostado, pero para ellas eran un banquete.

—¡Qué rico! —exclamó Sofía tras el primer mordisco, con un hilo de queso fundido colgando de su barbilla.

—Está calentito —añadió Valentina.

Comían con ansia, con esa velocidad preocupante de quien no sabe cuándo será la próxima comida buena. Yo las observaba, hipnotizada por el movimiento de sus mandíbulas. Sentía la saliva acumularse en mi boca. Imaginaba el sabor del pan tostado, la sal del jamón, la cremosidad del queso.

Era una tortura física.

Valentina, siempre observadora, partió una esquina de su sándwich y me la tendió.

—Toma, mami. Un poquito para ti.

Mi corazón se encogió.

—No, mi amor. Es tuyo. Cómetelo todo. Mami está bien.

Rechazar comida cuando te estás muriendo de hambre es un acto contra natura. Requiere una fuerza de voluntad que no sabía que tenía. Pero si yo comía ese trozo, ellas comerían menos. Y ellas necesitaban cada caloría, cada gramo de grasa y proteína para crecer, para no enfermarse con este frío. Yo podía aguantar. Yo ya había crecido.

Bebí un sorbo de agua del vaso de Sofía para engañar al estómago. El agua estaba fría y me sentó como una piedra.

Mientras ellas terminaban de comer, rebañando las migas del plato con los dedos, yo volví a mi pesadilla matemática.

Supermercados

Dos sándwiches mixtos. En la carta ponía 6,50 € cada uno. Eso son 13 euros. Bien. Tenía 32. Me sobrarían 19 euros. Podía respirar. Podríamos volver en autobús y me quedaría algo para comprar leche y pan mañana en la gasolinera, que es lo único que abre el día de Navidad.

Me relajé un poco. Nos habíamos salvado por hoy.

—¿Queréis postre, niñas? —preguntó el camarero, apareciendo de la nada para retirar los platos.

El terror volvió de golpe.

—¡Sí! —gritaron las dos a la vez.

—No —dije yo, demasiado rápido, demasiado alto.

Las sonrisas de las niñas se borraron. El camarero se detuvo con los platos en la mano.

—No… no tenemos tiempo —improvisé, sintiéndome la peor madre del mundo—. Tenemos que… llegar a casa antes de que pase Papá Noel, ¿recordáis? Si no estamos dormidas, pasa de largo.

Ahorro personal

Era una excusa cruel, usar su ilusión contra ellas, pero no tenía opción. Un postre aquí costaba 7 u 8 euros. Dos postres me dejarían sin nada. Cero.

Valentina bajó la cabeza. Sofía hizo un puchero, pero no protestó. Estaban acostumbradas a la decepción. Ese era el legado que les estaba dejando: la costumbre de no tener.

—La cuenta, por favor —pedí al camarero, queriendo acabar con esto cuanto antes.

El camarero asintió y se fue hacia la caja.

Desde su mesa, Don Roberto se puso en pie. Lo hizo con lentitud, apoyándose en el borde de la mesa, pero con una determinación que no admitía dudas. Se ajustó el abrigo y caminó hacia la barra.

Yo no lo vi. Estaba demasiado ocupada consolando a Sofía y poniéndole bien el abrigo, preparándonos para volver al frío hostil de la calle.

Don Roberto llegó a la barra justo cuando el camarero estaba imprimiendo mi ticket.

—Disculpa, joven —dijo Don Roberto con su voz grave y profunda.

El camarero levantó la vista.

—Dígame, señor.

—Esa familia de la mesa del fondo. La madre y las dos niñas. ¿Cuánto es su cuenta?

Seguros familiares

El camarero miró el ticket.

—Son 13 euros, señor. Solo han tomado dos mixtos y agua.

Don Roberto sacó una cartera de piel negra, suave y desgastada por el uso. De ella extrajo un billete de 100 euros.

—Cóbrate de aquí —dijo, poniendo el billete sobre la barra—. Y quiero que añadas algo más.

—¿Señor?

—Ponles el mejor postre que tengáis. Tarta de chocolate, helado, lo que sea que les guste a los niños. Y para la madre… —Don Roberto miró hacia nuestra mesa. Yo estaba bebiendo el último sorbo de agua—. Para la madre ponle el plato especial de Nochebuena. Cordero, besugo, lo que tengáis. Y una copa de vino. Que cene en condiciones.

El camarero se quedó boquiabierto.

—Pero, señor… eso va a ser mucho dinero. Y la cocina está cerrando los pedidos fuertes.

—No me importa el dinero y estoy seguro de que puedes convencer al cocinero —dijo Don Roberto, deslizando otro billete, esta vez de 20 euros, como propina directa para el camarero—. Pero hay una condición.

Regalos Nochebuena

—¿Cuál?

—No les digas que fui yo. Diles que… diles que invita la casa. O que es un error del sistema. Lo que quieras. Pero no me señales. No quiero que se sientan obligadas a dar las gracias. La dignidad es lo único que les queda, no se la quites.

El camarero miró a Don Roberto con una mezcla de sorpresa y respeto. Asintió lentamente.

—Hecho, señor.

Don Roberto volvió a su mesa, se sentó y cogió de nuevo su taza de café vacía, escondiendo su emoción tras la postura rígida de un caballero antiguo. El corazón le latía con una fuerza que no sentía desde hacía años. No era adrenalina; era propósito. Por primera vez en mucho tiempo, esa noche tenía sentido.

Yo seguía en la mesa, contando los minutos.

—Mamá, ¿podemos ir al baño antes de irnos? —preguntó Valentina.

Ahorro personal

—Sí, rápido. Yo os espero aquí pagando.

Las niñas corrieron hacia el baño. Yo me quedé sola en la mesa, con la cartera en la mano, esperando el golpe final de la cuenta.

El camarero se acercó. Traía una bandeja, pero no traía la cuenta.

Traía comida. Mucha comida.

—Perdone —dije, levantándome a media altura, alarmada—. Creo que hay un error. Yo no he pedido nada más. Ya he pedido la cuenta.

El camarero sonrió. Esta vez, su sonrisa era genuina, cálida.

—No hay ningún error, señora. Siéntese, por favor.

Depositó sobre la mesa dos platos enormes de tarta de tres chocolates con una bola de helado de vainilla cada uno. Y en el centro, frente a mi sitio vacío, colocó un plato humeante de asado de cordero con patatas panaderas, el olor a romero y ajo me golpeó como una bendición. Y una copa de vino tinto.

Supermercados

—¿Qué… qué es esto? —balbuceé. Mis manos empezaron a temblar—. No puedo pagar esto. De verdad, lléveselo. Solo tengo treinta euros. Por favor, no me haga esto.

El pánico era real. Pensé que me estaban gastando una broma, o que luego llamarían a la policía cuando no pudiera pagar.

—Está todo pagado, señora —dijo el camarero en voz baja—. Incluida la cena que ya tomaron las niñas.

Me quedé paralizada.

—¿Cómo?

—Alguien ha pagado su cuenta completa y ha dejado encargado esto para ustedes. Me ha dicho que es Nochebuena y que nadie debería cenar solo un sándwich hoy.

Miré a mi alrededor, desesperada, buscando al culpable de este milagro. Mis ojos recorrieron el local. La pareja rica ni nos miraba. El grupo de amigos seguía a lo suyo.

Mi mirada se cruzó con la del anciano de la ventana. Don Roberto estaba leyendo el periódico, o fingiendo leerlo. No levantó la vista. Parecía ajeno a todo.

Regalos Nochebuena

—¿Quién? —pregunté, con un nudo en la garganta tan grande que apenas me dejaba hablar.

—Prefiere mantener el anonimato —dijo el camarero—. Solo disfrútelo. Ah, y Feliz Navidad.

Se alejó antes de que pudiera decir nada más.

Me dejé caer en la silla. Miré el cordero. Miré el vino. Y rompí a llorar. No fue un llanto elegante. Fue un llanto feo, silencioso, con los hombros sacudidos por espasmos, tapándome la cara con las manos ásperas de tanto fregar suelos y cambiar sábanas. Lloré por el alivio, sí. Pero también lloré por la tensión acumulada de tres años, por la soledad de cargar con el mundo yo sola, por la sorpresa de descubrir que, en medio de la indiferencia de una gran ciudad, alguien nos había visto. Alguien se había dado cuenta de que existíamos.

Las niñas volvieron del baño y se quedaron paradas, con la boca abierta.

—¡¡Halaaaaa!! —gritó Sofía—. ¡Mami, mira! ¡Tarta!

—¿Es para nosotras? —preguntó Valentina, dudosa.

Me sequé las lágrimas rápidamente con una servilleta de papel.

—Sí, mis amores. Es para vosotras. Ha sido… ha sido un regalo de Papá Noel, que ha pasado antes por la cocina.

—¡Bien! —Se lanzaron a las sillas y atacaron el postre con cucharas grandes.

Yo miré mi plato. Cordero. Hacía años que no comía cordero. Cogí el tenedor, me temblaba la mano. Corté un trozo pequeño de carne, tierna, jugosa. Me lo metí en la boca.

El sabor fue tan intenso que tuve que cerrar los ojos. Me supo a gloria. Me supo a dignidad. Me supo a esperanza.

Comí. Comí con hambre, con gratitud, saboreando cada bocado como si fuera el último. Bebí el vino, que calentó mi sangre y me aflojó el nudo del pecho. Por primera vez en mucho tiempo, me sentí persona, no solo una máquina de supervivencia.

Al otro lado del salón, Don Roberto nos observaba por encima de sus gafas de lectura. Ver a esas niñas reír con la boca llena de chocolate y ver a esa madre recuperar el color en las mejillas le dio una paz que no había encontrado en ninguna iglesia ni en ninguna cuenta de resultados.

Había cumplido la promesa que le hizo a su esposa, Carmen, en su lecho de muerte. “Roberto, no dejes que el dinero te vuelva ciego. El dinero solo sirve si sirve para algo”.

Hoy había servido.

Cuando terminamos, estábamos llenas. No solo de comida, sino de calor. Las niñas estaban medio dormidas, con esa borrachera de azúcar y felicidad.

Supermercados

—Venga, chicas. Ahora sí, a casa —dije.

Me levanté y dejé cinco euros en la mesa para el camarero. Era mucho para mí, pero él había sido amable, y la amabilidad se paga con gratitud. Aún me quedaban 27 euros. Era rica. Más rica que cuando entré.

Nos pusimos los abrigos, que ya estaban secos y calientes por haber estado sobre la silla cerca del radiador. Salimos a la calle.

Seguía lloviendo, pero ya no me parecía tan terrible. El frío ya no mordía tanto.

Caminamos hacia la parada del autobús. La calle estaba más solitaria ahora; casi todo el mundo estaba ya cenando.

Pero la noche no había terminado. Y la oscuridad de Madrid, a veces, esconde monstruos que no respetan ni la Navidad.

Habíamos caminado dos manzanas cuando los oí. Risas fuertes, pasos arrastrados, voces jóvenes y agresivas.

Ahorro personal

Me giré disimuladamente. Eran tres chicos. Veintipocos años. Ropa de marca, peinados modernos, pero con esa actitud de depredadores que buscan una presa fácil para divertirse. Uno de ellos llevaba una botella de vidrio en la mano.

—Eh, guapa —gritó uno—. ¿A dónde vas tan rápido con las enanas?

Aceleré el paso.

—No escuchéis, seguid andando —susurré a las niñas.

—¡Que te estoy hablando! —insistió el chico.

Se pusieron delante de nosotras, cortándonos el paso en una zona de la acera donde los andamios de una obra estrechaban el camino.

El corazón se me paró. Estábamos atrapadas.

—Bonito abrigo —dijo otro, acercándose demasiado. Olía a alcohol barato y a tabaco—. ¿Tienes algo suelto para que sigamos la fiesta? Es Navidad, hay que compartir.

Superar la adversidad

Abracé a las niñas contra mis piernas, haciéndome escudo humano.

—No tengo nada —dije, intentando que no me temblara la voz—. Dejadnos pasar, por favor.

—Venga ya, acabas de salir de “El Faro”. Si tienes para cenar ahí, tienes para nosotros —dijo el primero, el líder. Dio un paso más. Su cara estaba a centímetros de la mía.

—He dicho que no tengo nada. Por favor, son niñas pequeñas.

—Pues vacía los bolsillos y lo comprobamos.

Tenía 27 euros. Si se los daba, no tendría nada. Pero si no se los daba… miré la botella en la mano del otro.

Iba a meter la mano en el bolsillo, derrotada, humillada, dispuesta a perder lo poco que tenía para salvar a mis hijas, cuando una voz sonó detrás de ellos. No era una voz fuerte, pero tenía el peso del acero.

—¿Algún problema, caballeros?

Los tres chicos se giraron.

Allí estaba él. El anciano del restaurante. Don Roberto. Estaba de pie bajo la lluvia, sin paraguas, apoyado en un bastón elegante que no había visto antes. Su abrigo de paño estaba empapándose, pero su postura era erguida, desafiante.

—Vete a casa, abuelo, que te vas a resfriar —se burló el líder del grupo.

—Les he hecho una pregunta —dijo Don Roberto, avanzando dos pasos. No parecía tener miedo. Parecía… furioso. Una furia fría y controlada—. ¿Están molestando a esta señora?

—Estamos pidiendo un aguinaldo, ¿pasa algo? —dijo el de la botella, golpeándola contra su propia palma de forma amenazante.

Don Roberto no retrocedió.

—Pasa que estáis cometiendo un error muy grave. Tenéis exactamente diez segundos para desaparecer de mi vista antes de que llame a la policía. Y os aseguro que el Comisario Méndez, que es íntimo amigo mío y está cenando a tres calles de aquí, estará encantado de venir personalmente.

Los chicos dudaron. La mención de un nombre concreto y la seguridad absoluta del anciano les hicieron titubear. Los matones son cobardes por naturaleza; solo atacan cuando huelen miedo. Y Don Roberto no olía a miedo. Olía a autoridad.

—Bah, vámonos. No merece la pena perder el tiempo con viejos y muertas de hambre —escupió el líder.

Nos miraron con asco una última vez y se alejaron corriendo entre risas nerviosas, pateando un cubo de basura al pasar.

Me quedé temblando, las piernas me fallaron. Me tuve que apoyar en la pared del edificio. Valentina y Sofía lloraban en silencio, abrazadas a mi cintura.

Don Roberto se acercó a nosotras. Su cara, antes severa, se suavizó al vernos.

—¿Están bien? —preguntó. Su voz ahora era la de un abuelo preocupado.

—Sí… sí… gracias. Muchas gracias —logré decir entre sollozos—. Usted… usted nos ha salvado. Y también pagó la cena, ¿verdad? Lo sé. Lo supe cuando le vi ahí parado.

Don Roberto sonrió tristemente.

—No he hecho nada extraordinario, hija. Solo lo que cualquier persona decente debería hacer. Pero no pueden quedarse aquí. Hace frío y esos idiotas podrían volver. ¿Dónde viven?

—En Vallecas. Íbamos al autobús.

—Ni hablar —dijo tajante—. No van a ir en autobús a estas horas y con este susto.

Levantó la mano y, casi milagrosamente, un taxi libre que pasaba por la avenida se detuvo al instante. La autoridad de este hombre se extendía hasta al tráfico de Madrid.

Abrió la puerta trasera.

—Suban. Le diré al conductor que las lleve hasta la puerta de su casa. Ya está pagado.

—Pero… no puedo aceptar más… —empecé a protestar. Ya era demasiado.

Don Roberto me miró a los ojos. Sus ojos eran grises, profundos, llenos de una historia que yo desconocía.

—Acéptalo. No por ti, sino por mí. Me estás haciendo un favor. Me estás dejando sentirme útil en una noche en la que me sentía inútil.

No supe qué decir ante eso. Subimos al taxi. El calor del interior nos envolvió.

Antes de cerrar la puerta, Don Roberto se inclinó. Sacó una tarjeta de visita de su bolsillo interior y me la tendió.

—Llámame pasado mañana. El día 26. Tengo una fundación. Creo que podemos ayudarnos mutuamente. Tienes madera de luchadora, Lucía. Y yo necesito luchadoras en mi equipo.

Cerró la puerta. El taxi arrancó.

Me giré para mirar por la ventana trasera. Allí estaba él, solo, bajo la lluvia, haciéndose pequeño en la distancia mientras el coche se alejaba. Leí la tarjeta a la luz de las farolas que pasaban veloces:

Roberto Almazán. Arquitecto. Presidente Fundación Almazán.

No sabía qué significaba aquello. No sabía qué trabajo me podía ofrecer a mí, una auxiliar de hospital sin recursos. Pero mientras abrazaba a mis hijas y el taxi nos llevaba a casa, supe que la pesadilla había terminado. La Nochebuena había empezado con miedo y frío, pero terminaba con el estómago lleno y una tarjeta blanca en el bolsillo que prometía un futuro.

Regalos Nochebuena

Miré a Valentina.

—¿Era un ángel, mami? —preguntó ella, medio dormida.

Sonreí, acariciándole el pelo.

—No, cariño. Era un señor de Madrid. Que a veces es lo mismo.

LA NOCHE QUE LA LLUVIA DE MADRID SE CONVIRTIÓ EN ESPERANZA

El taxi olía a ambientador de pino y a tabaco rancio camuflado, una mezcla que en cualquier otro momento me habría mareado, pero que esa noche me parecía el aroma del lujo más absoluto. Me hundí en el asiento trasero, con el cuero sintético frío contra mi espalda, y cerré los ojos un instante. A mi izquierda, Valentina miraba por la ventanilla cómo las luces de la Castellana se convertían en líneas borrosas de colores; a mi derecha, Sofía ya cabeceaba, vencida por el sueño, el azúcar y la emoción de la noche.

El taxista, un hombre de unos cincuenta años con la nuca afeitada y ojos bondadosos que me miraban de vez en cuando por el retrovisor, rompió el silencio con esa familiaridad brusca pero cálida típica de los conductores de Madrid.

—Menuda nochecita para andar por ahí con las crías, ¿eh? —dijo, bajando un poco el volumen de la radio, donde sonaban villancicos flamencos—. Está cayendo la del pulpo.

—Sí —respondí, acariciando la mano de Sofía—. Se nos hizo tarde.

—El caballero… el señor Don Roberto, es buena gente —comentó el taxista, y noté un tono de respeto en su voz—. No es la primera vez que le recojo en El Faro. Siempre deja buena propina, pero nunca le había visto parar un taxi para nadie. Deben ser ustedes importantes para él.

Tragué saliva. ¿Importantes? Éramos la caridad de la noche. Éramos el proyecto de salvación de un anciano solitario. Pero no podía decirle eso al taxista. La dignidad es un vestido frágil que uno intenta no manchar delante de extraños.

—Es… un viejo amigo de la familia —mentí, otra vez. La mentira se estaba convirtiendo en mi segunda lengua—. Hacía tiempo que no le veíamos.

Seguros familiares

El taxi dejó atrás las avenidas amplias y luminosas del centro y se adentró en la M-30, tomando el desvío hacia Vallecas. El paisaje cambió. Los edificios señoriales dieron paso a bloques de ladrillo visto, ropa tendida en los balcones bajo plásticos para la lluvia y luces de neón parpadeantes de bares de barrio. Era mi territorio, el lugar donde la gente lucha cada día para que los números cuadren, pero esa noche, vista desde la seguridad del taxi pagado, me parecía un lugar ajeno, hostil.

Llegamos a mi portal. Un edificio gris de los años setenta con la puerta de entrada siempre medio abierta porque la cerradura lleva rota meses.

—Aquí es —indiqué.

El taxista paró el coche y se giró.

—Espere, no se baje todavía.

Buscó en la guantera y sacó una bolsa de papel con el logotipo de una pastelería famosa.

—Mire, mi mujer hace unos polvorones que quitan el sentido, pero su madre siempre nos regala esta caja de mazapanes de Toledo. A mí el mazapán se me hace bola y a mis hijos no les gusta. Tenga —me extendió la bolsa—. Para las niñas. Que mañana es Navidad y algo dulce siempre alegra la casa.

Me quedé paralizada, con la mano en el tirador de la puerta. Otra vez. Otra muestra de bondad inesperada. Sentí que las lágrimas, esas que había conseguido contener en el restaurante, volvían a pincharme los ojos.

—No puedo… —empecé.

—¡Venga, mujer! Que si me los llevo a casa se ponen duros. Cójalos, hágame el favor. Y Feliz Navidad.

Acepté la bolsa con manos temblorosas.

—Gracias. De verdad, gracias. Feliz Navidad.

Desperté a Sofía, bajamos del taxi y corrimos bajo la lluvia hacia el portal. Cuando el coche arrancó y desapareció en la noche, el silencio del barrio se nos echó encima. Subimos los tres pisos andando —el ascensor, por supuesto, no funcionaba— y al abrir la puerta de casa, la realidad nos golpeó con la fuerza de un bofetón físico.

El frío.

La casa estaba más fría que la calle. Una humedad rancia, de paredes que no han visto calefacción en semanas, nos envolvió. No había olor a asado, ni a pino, ni a hogar. Olía a cerrado y a pobreza.

—Hace frío, mami —se quejó Valentina, abrazándose a sí misma.

—Lo sé, cariño. Vamos a hacer una cosa. —Intenté inyectar energía en mi voz, encendiendo la luz del pasillo que parpadeó dos veces antes de estabilizarse en un tono amarillento—. Nos vamos a poner los pijamas más gordos, los de felpa, y vamos a dormir las tres juntas en mi cama. Haremos un nido con todas las mantas de la casa. ¿A que suena divertido?

—¡Sí! ¡Una fiesta de pijamas! —dijo Sofía, intentando mantener el entusiasmo, aunque sus dientes castañeteaban.

Nos movimos rápido, como soldados en una trinchera. Pijamas, calcetines dobles. Fui a la cocina y calenté agua en un cazo —el microondas había muerto hacía dos meses— para llenar las dos bolsas de agua caliente que teníamos. Esas bolsas de goma roja eran nuestro único lujo térmico.

Nos metimos en la cama grande. Acurruqué a las niñas a mis lados y las cubrí con la colcha, dos mantas de lana áspera y mi propio abrigo extendido encima de todo. Poco a poco, el calor de nuestros cuerpos empezó a crear una pequeña burbuja de habitabilidad bajo las sábanas.

—Mami —susurró Valentina en la oscuridad.

Superar la adversidad

—Dime, cielo.

—Ese señor… Don Roberto… ¿por qué nos ayudó?

Miré al techo, donde una mancha de humedad dibujaba un mapa de un país inexistente.

—Porque a veces, Valentina, la gente buena se cruza en tu camino cuando menos te lo esperas. Porque vio que necesitábamos un empujoncito.

—¿Crees que es amigo de Papá Noel?

—Seguro que se conocen —sonreí en la penumbra—. Seguro que toman café juntos.

Las niñas se durmieron pronto, agotadas por las emociones. Yo me quedé despierta, escuchando su respiración rítmica y el sonido de la lluvia golpeando el cristal de la ventana mal aislada.

Me levanté con cuidado para no despertarlas y fui al salón. Me senté en el sofá hundido, envuelta en una manta, y saqué la tarjeta de visita de mi bolsillo.

Roberto Almazán. Arquitecto. Presidente Fundación Almazán.

La cartulina era gruesa, de un blanco crema, con las letras en relieve negro. Pasé el dedo por encima del nombre una y otra vez. ¿Qué era esto? ¿Una broma cruel? ¿Un momento de compasión borracha de un viejo rico que mañana se arrepentiría?

“Llámame pasado mañana”, había dicho.

El miedo me atenazaba el estómago. El miedo a la esperanza. Cuando estás acostumbrada a que todo salga mal, la esperanza es peligrosa. Es como caminar sobre hielo fino; en cualquier momento se rompe y te hundes más profundo que antes.

¿Qué podía querer de mí? “Tengo una fundación”. “Necesito luchadoras”.

Miré alrededor de mi salón. Los muebles eran donados o recogidos de la basura y restaurados por mí. No había árbol de Navidad, solo un pequeño Belén de plástico que las niñas habían colocado sobre la mesa de la televisión.

Pensé en David. Ay, David. Si estuvieras aquí, sabrías qué hacer. Tú siempre sabías distinguir a la gente buena de la mala. Yo he perdido el instinto, cariño. Tengo tanto miedo de equivocarme que ya no sé ni respirar.

Lloré un poco más, en silencio, permitiéndome soltar la tensión de haber sido “fuerte” delante de los matones, delante del camarero, delante de mis hijas. Lloré hasta que no me quedaron lágrimas, y luego comí un trozo del mazapán que me había regalado el taxista. Estaba dulce, denso y delicioso. Me supo a solidaridad obrera.

El día de Navidad, el 25 de diciembre, fue un día extraño. Un “no-día”.

No había regalos bajo el árbol inexistente.

—Papá Noel ha dejado una nota —les dije por la mañana, enseñándoles un papel que había escrito yo con letra temblorosa—. Dice que como nos trajo la cena especial y los postres gigantes ayer, los juguetes llegarán para Reyes, porque los camellos vienen más despacio y cargan más peso.

Sofía y Valentina aceptaron la explicación con esa resignación pragmática de los niños pobres que me rompía el corazón. Sabían, en el fondo lo sabían, pero decidieron jugar al juego para no verme triste a mí.

Pasamos el día en pijama. Hicimos dibujos con los cuatro lápices de colores que quedaban. Cantamos canciones. Comimos lo que sobraba en la despensa y los mazapanes. Fue un día de amor concentrado, pero bajo la superficie, mi ansiedad crecía como una marea negra.

El 26. Mañana era el 26.

¿Llamaría? ¿Y si no contestaba? ¿Y si era una trampa? ¿Y si me ofrecía algo ilegal? ¿Y si…?

La noche del 25 apenas dormí. Me pasé las horas repitiendo mentalmente lo que diría, ensayando un tono de voz profesional que hacía años que no usaba.

Cuando amaneció el día 26, el cielo de Madrid seguía gris, pero ya no llovía. Era un gris plomizo, serio, de día laborable.

Me levanté a las siete. Me duché con agua tibia tirando a fría —el termo no daba para más— y me vestí con lo mejor que tenía: unos pantalones negros de cuando trabajaba de recepcionista, que ahora me quedaban un poco holgados, y una camisa blanca que planché con esmero obsesivo para ocultar el desgaste del cuello. Me maquillé para tapar las ojeras y me recogí el pelo en un moño bajo.

Dejé a las niñas con la vecina del cuarto, la señora Carmen, una santa que siempre me ayudaba.

—Voy a una entrevista de trabajo, Carmen. Reze por mí.

—Rezaré a San Judas Tadeo, hija. El de los casos imposibles.

Bajé a la calle. Caminé hacia la cabina telefónica. No tenía saldo en el móvil prepago, y no quería gastar lo poco que me quedaba. Prefería usar las monedas sueltas.

Marqué el número de la tarjeta. Mis dedos temblaban tanto que me equivoqué la primera vez y tuve que colgar y recuperar la moneda.

Uno, dos, tres tonos.

—Fundación Almazán, buenos días. Le atiende Patricia.

La voz al otro lado era profesional, cálida pero eficiente. Una voz de oficina cara.

—Hola… buenos días. —Carraspeé para aclarar mi voz—. Yo… llamo de parte de Don Roberto Almazán. Me dio su tarjeta hace dos noches. Me llamo Lucía García.

Hubo un silencio breve. El pánico se apoderó de mí. No sabe quién soy. Él no le ha dicho nada. Ha sido todo un delirio.

—¡Ah, señora García! —La voz de Patricia cambió, subiendo una octava en entusiasmo—. Claro que sí. El señor Almazán la estaba esperando. De hecho, me ha preguntado dos veces esta mañana si había llamado ya.

Solté el aire que contenía mis pulmones.

—¿De verdad?

—Sí. ¿Le vendría bien pasarse por las oficinas hoy mismo? ¿A las doce, por ejemplo?

—Sí, perfecto. A las doce.

—Estupendo. Estamos en el Paseo de la Castellana, número 110, planta 42. Torre Picasso. ¿Sabe llegar?

—Sí. Sé llegar.

—La esperamos, Lucía. Pregunte por mí en recepción, soy Patricia Wong.

Colgué. Me apoyé la frente contra el cristal frío de la cabina. Torre Picasso. Uno de los edificios más emblemáticos y caros de Madrid. El corazón me latía tan fuerte que pensé que se me saldría por la boca.

Torre Picasso. Planta 42.

Yo vivía en un bajo interior en Vallecas. La distancia vertical entre mi vida y la planta 42 era mucho mayor que los kilómetros de asfalto. Era un abismo social. Pero tenía que saltarlo. Por Valentina. Por Sofía. Por David, que no hubiera querido verme rendida.

Consejos financieros

Ajusté mi bolso al hombro, levanté la barbilla y caminé hacia el metro.

El trayecto en metro desde Puente de Vallecas hasta Nuevos Ministerios es un viaje sociológico. Entras rodeada de gente con ropa de trabajo, mochilas gastadas y caras de sueño acumulado. A medida que avanzas por la línea 1 y cambias a la 10 o la 6, el paisaje humano se transforma. Los abrigos son mejores, los zapatos brillan más, los móviles son de última generación.

Yo me sentía una impostora. Me miraba en el reflejo de la ventanilla del vagón y veía a una mujer intentando desesperadamente parecer de clase media, pero temía que mi “disfraz” fuera transparente. Temía que olieran la desesperación en mí como los perros huelen el miedo.

Salí a la superficie en Azca, el corazón financiero de Madrid. Los rascacielos se alzaban hacia el cielo gris como gigantes de cristal y acero. La Torre Picasso, blanca y monumental, dominaba la plaza. Me sentí pequeña, insignificante, una hormiga a punto de entrar en un palacio de dioses.

El viento soplaba fuerte entre los edificios, desordenándome el pelo que tanto me había costado peinar. Me lo alisé con las manos nerviosamente y me dirigí a la entrada giratoria.

El vestíbulo era inmenso, silencioso, con suelos de mármol tan pulidos que podías ver tu propia inseguridad reflejada en ellos. Me acerqué al mostrador de seguridad.

—Buenos días. Vengo a ver al señor Almazán.

El guardia, un hombre corpulento con uniforme impecable, me miró. No fue una mirada hostil, pero sí evaluadora. Miró mi bolso de imitación de piel, mis zapatos con una rozadura en la puntera.

—¿Tiene cita?

—Sí. Con Patricia Wong. A las doce.

Comprobó una lista en su ordenador. Sus cejas se alzaron ligeramente.

—Correcto. Lucía García. Déjeme su DNI, por favor.

Le entregué mi documento, rezando para que no viera lo mucho que me temblaba la mano. Me dio una tarjeta de visitante magnética.

—Tornos de la izquierda. Ascensor B. Planta 42.

El ascensor subió tan rápido que se me taponaron los oídos. Era como estar en una nave espacial. 10, 20, 30… 40… 42.

Las puertas se abrieron y entré en otro mundo.

No parecía una oficina. Parecía una galería de arte o el salón de una mansión moderna. Moqueta espesa que amortiguaba los pasos, paredes con cuadros abstractos originales, grandes ventanales que ofrecían una vista panorámica de todo Madrid. Desde allí arriba, la ciudad parecía un juguete ordenado y pacífico, no el monstruo que me devoraba cada día.

Una mujer asiática, elegante, de unos sesenta años, con un traje chaqueta gris perla y una sonrisa serena, se levantó de un escritorio de diseño.

—¿Lucía? Soy Patricia. Bienvenida.

Me tendió la mano. Su apretón fue firme y cálido. No me miró como a una “pobre”. Me miró como a una igual.

—Gracias. Es… es impresionante todo esto.

—El señor Almazán tiene buen gusto —sonrió ella—. Pase, por favor. La está esperando.

Me guio por un pasillo silencioso hasta una puerta doble de madera maciza. Llamó suavemente y abrió.

—Señor, Lucía está aquí.

Entré.

El despacho de Don Roberto era sobrio, masculino, lleno de libros y planos enrollados. Él estaba de pie junto al ventanal, mirando hacia el norte, hacia la sierra. Se giró al oírme entrar.

Llevaba un traje azul marino impecable, pero sin corbata. Parecía más descansado que en el restaurante, pero sus ojos grises conservaban esa melancolía profunda.

—Lucía —dijo, avanzando hacia mí con las manos extendidas, como si recibiera a una vieja amiga—. Gracias por venir. Gracias por confiar en este viejo loco.

—Don Roberto… —No sabía si darle la mano o hacer una reverencia. Él me tomó las manos entre las suyas. Estaban calientes y secas.

—Siéntate, por favor. ¿Quieres un café? ¿Agua?

—Agua, por favor. Tengo la boca seca.

Patricia apareció un segundo después con una botella de cristal y un vaso. Luego nos dejó solos, cerrando la puerta con suavidad.

Nos sentamos en unos sillones de cuero frente al ventanal, no en su escritorio. Él no quería barreras entre nosotros.

—Voy a ir al grano, Lucía, porque sé que debes estar preguntándote qué demonios haces aquí y qué quiero de ti.

—La verdad es que sí —admití, apretando el vaso de agua—. No entiendo nada. Soy auxiliar de enfermería en paro, Don Roberto. No sé nada de arquitectura ni de fundaciones. No sé en qué podría ayudarle.

Roberto sonrió y se recostó en el sillón.

—Lucía, tengo setenta y cinco años. He construido medio Madrid. He diseñado hospitales, torres de oficinas, urbanizaciones de lujo. Tengo más dinero del que podría gastar en diez vidas. Pero hace diez años, mi mujer, Carmen, murió de cáncer.

Su voz se quebró ligeramente al decir el nombre.

—Lo siento mucho —murmuré.

—Ella era… ella era la brújula moral de mi vida. Carmen venía de un pueblo de Extremadura, de una familia muy humilde. Trabajó sirviendo en casas desde los catorce años. Cuando yo empecé a ganar dinero, mucho dinero, ella siempre me recordaba de dónde veníamos. Me decía: “Roberto, no construyas muros tan altos que no puedas ver a la gente que está al otro lado”.

Consejos financieros

Roberto suspiró y miró sus manos.

—Cuando ella murió, me encerré en mi dolor. Me convertí en lo que ella temía: un viejo rico y amargado que firma cheques para obras de caridad desde su despacho para desgravar impuestos, pero que nunca se mancha las manos. He estado viviendo en piloto automático, Lucía. Hasta la Nochebuena pasada.

Me miró fijamente, con una intensidad que me hizo estremecer.

—Te vi en el restaurante. Vi cómo contabas las monedas. Vi cómo renunciabas a comer para que tus hijas tuvieran su sándwich. Vi cómo fingías estar llena. Y vi cómo te enfrentaste a esos matones en la calle. Te pusiste delante de tus hijas como una leona, aunque estabas muerta de miedo.

Bajé la cabeza, avergonzada.

—Hice lo que cualquier madre haría.

Seguros familiares

—Exacto. Y eso es lo que falta en mi fundación. Gente que haga lo que hay que hacer.

Se levantó, fue a su escritorio y cogió una carpeta azul. Volvió y me la entregó.

—La Fundación Almazán se dedica teóricamente a “proyectos de desarrollo social”. Pero la realidad es que somos una burocracia. Damos becas a quien sabe rellenar formularios, no a quien más las necesita. Financiamos proyectos que quedan bien en la memoria anual, pero que no cambian vidas reales. Estoy harto, Lucía. Estoy harto de que me mientan y de mentirme a mí mismo.

Abrí la carpeta. Había un contrato.

—Quiero crear una nueva división. “Intervención Directa”. Quiero un equipo que pise la calle. Quiero alguien que sepa lo que es no poder pagar la luz, alguien que sepa distinguir a un estafador de una familia desesperada. Alguien que tenga el coraje de decirme: “Roberto, esto es una estupidez, el dinero hace falta allí, no aquí”.

Mis ojos recorrieron el papel. Las letras bailaban.

Regalos Nochebuena

Cargo: Coordinadora de Proyectos Sociales. Salario Bruto Anual: 35.000 euros. Beneficios: Seguro médico privado completo (incluye familiares directos), abono transporte, ayudas a la vivienda.

Treinta y cinco mil euros.

Casi tres mil euros al mes.

Solté el vaso de agua. Cayó sobre la moqueta, pero no se rompió porque el suelo era blando. El agua se derramó, pero a nadie le importó.

—¿Esto… esto es real? —pregunté, con la voz estrangulada.

—Es muy real. Y hay más. La fundación posee varios inmuebles en Madrid. Pisos antiguos que hemos rehabilitado. Hay uno en la zona de Pacifico, cerca del Retiro. Tres habitaciones, calefacción central, luminoso. Está vacío. Entra como parte del paquete de retribución en especie. Solo tendrías que pagar los suministros.

Supermercados

Me llevé las manos a la boca. Pacífico. Un barrio bueno. Calefacción central. Tres habitaciones. Valentina y Sofía podrían tener su propio cuarto.

—Don Roberto… yo… no tengo estudios universitarios. No tengo experiencia en gestión. No sé usar Excel. Yo limpio culos y pongo inyecciones. No puedo aceptar esto. Voy a fallarle. No estoy cualificada.

El síndrome del impostor gritaba en mi cabeza. Es demasiado. Es un error. Te van a descubrir.

Roberto se inclinó hacia delante y me cogió las manos de nuevo.

—Lucía, mírame. Puedo contratar a diez MBAs de Harvard mañana mismo si quiero. Sabrán hacer Excel, sabrán hacer PowerPoints preciosos y sabrán usar palabras como “sinergias” y “optimización”. Pero ninguno de ellos sabrá lo que se siente al tener que elegir entre comer tú o que coman tus hijos. Ninguno tendrá la rabia y el amor que vi en tus ojos esa noche.

Apretó mis manos con fuerza.

—No te pago por lo que sabes de Excel. Te pago por tu humanidad. Te pago por tu carácter. Te pago porque me recuerdas a Carmen. Y porque necesito que me ayudes a salvar mi alma antes de que me muera. No es caridad, Lucía. Es una asociación. Yo pongo el dinero, tú pones la verdad. ¿Trato hecho?

Ahorro personal

Lloré. Esta vez no intenté esconderlo. Lloré delante de mi nuevo jefe, empapando mi camisa blanca planchada. Lloré por todas las puertas cerradas, por todos los “no”, por todas las noches de frío.

—Trato hecho —susurré.

—Bien —dijo él, sacando un pañuelo de tela de su bolsillo y dándomelo—. Sécate esas lágrimas, socia. Tenemos trabajo. Y lo primero es lo primero.

Pulsó un botón en su teléfono.

—Patricia, entra, por favor. Y trae el sobre.

Patricia entró sonriendo, con un sobre abultado en la mano.

—Esto es un adelanto de tu primera nómina —dijo Roberto, poniéndolo en mi regazo—. En efectivo, para que no tengas que esperar a transferencias bancarias. Quiero que salgas de aquí, vayas a un supermercado y compres comida. Comida de verdad. Quiero que llenes esa nevera. Y quiero que compres regalos de Reyes para esas niñas.

Toqué el sobre. Era grueso.

—Mañana vendrá un equipo de mudanzas a tu casa de Vallecas. No tienes que empaquetar nada que no quieras. Si quieres tirar los muebles viejos, tíralos. El piso de Pacífico está amueblado.

Me levanté, tambaleándome un poco.

—No sé cómo agradecérselo.

—Trabajando duro. Y no permitiendo que me convierta en un viejo cascarrabias. Esa es tu misión.

Salí del despacho flotando. Patricia me acompañó al ascensor y me dio un abrazo impulsivo.

—Bienvenida a la familia, Lucía. Él te necesita más de lo que crees. Estaba apagándose. Hoy le brillan los ojos.

Seguros familiares

Bajé los 42 pisos. Salí a la plaza de Azca. El viento seguía soplando, pero ya no me parecía frío. Me parecía aire fresco. Aire de cambio.

Toqué el sobre en mi bolso. Caminé hacia el Corte Inglés de Castellana. No entré a mirar. Entré a comprar.

Entrar en el supermercado de El Corte Inglés con dinero en el bolsillo es una experiencia religiosa cuando vienes de la escasez. Las luces brillantes, las montañas de frutas perfectas, el olor a panadería… todo me parecía saturado de color, como si hubiera pasado de ver la vida en blanco y negro a verla en 4K.

Cogí un carro grande. No una cesta, un carro.

Mis manos actuaban casi por instinto, agarrando cosas que llevaba meses, incluso años, prohibiéndome a mí misma.

Consejos financieros

Leche entera. No de la marca blanca más barata, sino de la buena, la que tiene calcio extra y sabe a leche de verdad. Cogí seis litros. Cereales. Los de chocolate que le gustan a Sofía, los de miel que le gustan a Valentina. Galletas. Galletas Príncipe, galletas de mantequilla, surtido de Navidad. Carne. Filetes de ternera. Pollo de corral. Carne picada para hacer albóndigas como las que hacía mi abuela. Pescado fresco. Merluza sin espinas. Fruta. Naranjas, plátanos sin manchas marrones, manzanas rojas y brillantes. Aceite de oliva virgen extra. El oro líquido que había tenido que sustituir por aceite de girasol refinado.

Llené el carro hasta arriba. La gente me miraba, pero esta vez no me importaba. No veían a una mujer pobre. Veían a una mujer haciendo la compra de la semana. Era invisible de la mejor manera posible: era normal.

Cuando llegué a la caja, el miedo atávico volvió por un segundo. ¿Y si no tengo suficiente? ¿Y si la tarjeta es falsa? Pero luego toqué el sobre con el efectivo. Pagué. Vi cómo la cajera pasaba los billetes por la máquina de luz ultravioleta. Eran reales. El ticket salió, largo como una bufanda de invierno.

Salí cargada con diez bolsas, pesadas, maravillosas. Tuve que coger un taxi para volver a Vallecas porque no podía con todo.

Al llegar a casa, la señora Carmen estaba en la puerta con las niñas.

—¡Mami! —gritaron al verme llegar cargada como una mula.

—¡Madre mía, hija! ¿Te ha tocado el Gordo o qué? —preguntó Carmen, con los ojos como platos.

—Algo así, Carmen. Algo así. Me han dado el trabajo. ¡Me han dado el trabajo!

Dejamos las bolsas en la cocina. Las niñas empezaron a sacar cosas como si fuera un tesoro pirata.

—¡Yogures de fresa! ¡De los que tienen trocitos! —gritaba Valentina.

—¡Jamón! ¡Es jamón del bueno! —decía Sofía.

Esa noche, cenamos filetes de ternera con patatas fritas y ensalada. Bebimos zumo de naranja natural. Y de postre, chocolate. La casa seguía fría, las paredes seguían húmedas, pero algo había cambiado fundamentalmente. El miedo se había ido. Y cuando el miedo se va, deja espacio para el amor.

Les conté a las niñas sobre la mudanza.

—¿Nos vamos a otra casa? —preguntó Valentina, con un trozo de pan en la mano.

—Sí. A una casa donde la calefacción funciona. Donde cada una tendrá su habitación. Y donde hay un parque gigante al lado lleno de árboles.

—¿Y el colegio?

—Tendremos que cambiar de cole, pero el nuevo es muy bonito. Y haremos nuevos amigos.

Sofía se quedó pensativa.

—¿Y Don Roberto irá a vernos?

—Sí. Creo que Don Roberto va a ser parte de nuestra familia a partir de ahora.

Seguros familiares

Al día siguiente, la mudanza fue rápida. No teníamos mucho que llevar. Ropa, los pocos juguetes, las fotos de David, la caja de recuerdos. Dejamos atrás los muebles rotos, los colchones hundidos y los recuerdos de la miseria.

Cuando entramos en el piso de Pacífico, las niñas empezaron a correr por el pasillo de parqué brillante, gritando y riendo, abriendo puertas, encendiendo luces.

—¡Mami, mira! ¡Sale agua caliente del grifo súper rápido! —me gritó Sofía desde el baño.

Yo me quedé en el salón, mirando por la ventana hacia el parque del Retiro, que se veía a lo lejos. Toqué el radiador. Estaba caliente. Quemaba un poco. Era el calor más dulce que había sentido nunca.

Me senté en el sofá, que era cómodo y nuevo. Saqué el móvil —que ya había recargado— y marqué un número.

—¿Diga? —respondió la voz grave de Roberto.

—Don Roberto… soy Lucía. Ya estamos en el piso.

—¿Qué tal está? ¿Os gusta?

—Es… es un palacio. Las niñas están corriendo en círculos de felicidad.

Oí una risa suave al otro lado de la línea. Una risa que sonaba más joven que la primera vez que le oí.

—Me alegro, Lucía. Me alegro mucho. Ahora descansa. Disfruta de tus hijas. Organiza tu nuevo hogar. El día 2 de enero te espero en la oficina a las nueve. Tenemos que empezar a planificar cómo vamos a gastar mi dinero para ayudar a más gente.

—Allí estaré. Sin falta.

—Gracias, Lucía.

—No… gracias a usted. Usted me ha devuelto la vida.

Consejos financieros

—Tú me has devuelto el propósito. Estamos en paz.

Colgué.

Miré la foto de David que había colocado en la repisa de la chimenea. Parecía sonreír.

Lo conseguimos, amor. Lo conseguimos.

EPIÍLOGO: SEIS MESES DESPUÉS

La oficina de la Fundación Almazán era un hervidero de actividad. Ya no era el lugar silencioso y estéril que conocí el primer día. Ahora había pizarras llenas de post-its, mapas de los barrios más desfavorecidos de Madrid marcados con chinchetas rojas, y teléfonos sonando.

Yo estaba en mi escritorio, revisando solicitudes.

—Lucía, tienes una llamada en la línea 2 —dijo Patricia, que se había convertido en mi gran aliada y amiga.

—¿Quién es?

—Es María, la madre soltera de Carabanchel. La del caso del desahucio.

Cogí el teléfono.

—¿María? Soy Lucía.

—¡Lucía! —La voz de María sonaba histérica, pero de alegría—. ¡Han parado el desahucio! El abogado de la fundación ha llegado justo a tiempo. ¡Nos quedamos! Y han negociado un alquiler social.

Sonreí. Esa sensación. Esa descarga de adrenalina y felicidad al saber que habías evitado que alguien cayera por el mismo precipicio por el que casi caí yo. No había droga más potente.

—Tranquila, María. Respira. Me alegro muchísimo. Mañana pásate por aquí y miramos lo de los libros de texto para los niños, ¿vale?

—Gracias, Lucía. Eres un ángel.

—No, no soy un ángel —dije, mirando hacia la puerta del despacho de Roberto, donde él estaba discutiendo animadamente con un concejal del ayuntamiento sobre permisos para un comedor social—. Solo soy alguien que tuvo suerte y ahora intenta repartirla.

Roberto salió de su despacho, me vio colgar el teléfono sonriendo y me guiñó un ojo. Parecía diez años más joven. Había recuperado la energía, la autoridad, pero ahora la usaba para luchar contra la injusticia, no para acumular ladrillos.

A veces, por las tardes, cuando salíamos de trabajar, él venía a casa a merendar con nosotras. Las niñas le llamaban “Abuelo Roberto”. Él les traía cuentos, les ayudaba con los deberes de matemáticas (era un genio con los números) y les contaba historias de cómo era Madrid cuando él era joven.

Habíamos creado una familia extraña, remendada con trozos de soledad y necesidad, pero era una familia sólida.

Seguros familiares

Aprendí que la bondad es contagiosa. Que un acto de generosidad en una noche de lluvia puede crear una onda expansiva que toque cientos de vidas. Roberto me salvó a mí, pero yo le salvé a él de su torre de marfil. Y juntas, estábamos salvando a otros.

Miro atrás, a esa Nochebuena, a esos 32 euros en el bolsillo, y me parece que fue en otra vida. Pero nunca olvido. Mantengo esa tarjeta de visita original enmarcada en mi mesa. Para no olvidar nunca el frío. Para no olvidar nunca que, a veces, los milagros existen, pero hay que estar dispuesto a abriles la puerta y trabajar duro para mantenerlos.

Esta es mi historia. Y solo es el principio.