Gustavo observaba a Beatriz desde el portón. Ella miraba hacia los lados, nerviosa, apretando el bolso. Él salió de las sombras y caminó hacia ella. Necesitaba saber la verdad. Gustavo se detuvo a pocos pasos de ella. El sonido de sus zapatos contra el piso de piedra resonó en el silencio de la tarde.

Beatriz giró el rostro lentamente y, cuando sus ojos se encontraron con los de él, todo el aire pareció salirle de los pulmones. Dio un paso atrás instintivamente y apretó el bolso contra el pecho, como si eso pudiera protegerla.
—¡Señor Gustavo! —su voz salió en un hilo casi inaudible—. No sabía que usted estaba en casa.

Gustavo no respondió de inmediato. Se quedó ahí, con la mirada fija en ella, tratando de descifrar lo que estaba pasando. Había ensayado esa conversación en su cabeza decenas de veces durante el camino hasta allí, pero ahora que estaba frente a frente con ella, todas las palabras habían desaparecido. Cruzó los brazos sobre el pecho e inclinó ligeramente la cabeza.

—¿A dónde vas, Beatriz?

Ella parpadeó varias veces, como si intentara ganar tiempo.
—Tengo un compromiso, señor. Nada importante.

Gustavo dio un paso más hacia ella.
—Todos los días, Beatriz. Todos los días sales de aquí más temprano y todos los días vuelves al día siguiente con esa cara de no haber dormido bien.

Beatriz bajó la mirada.
—Tengo cosas que resolver, señor, cosas personales.

Gustavo sintió la frustración subirle por la garganta.
—Yo vi, Beatriz.

Ella levantó el rostro rápidamente, el pánico marcado en cada rasgo.
—¿Vio qué?

Gustavo señaló con el mentón hacia su vientre.
—El embarazo. Lo vi.

El silencio que cayó entre ellos fue tan denso que parecía sólido.

Beatriz se quedó completamente inmóvil, como si se hubiera convertido en piedra. Sus manos temblaban al sujetar el bolso. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no dejó caer ninguna. Gustavo esperó. No sabía qué esperar de ella, pero sabía que necesitaba escuchar, necesitaba entender. Beatriz respiró hondo, tratando de controlar la voz.

—Iba a decírselo. Lo juro, iba a hacerlo.

Gustavo dio un paso más. Ahora estaban a menos de un metro de distancia.
—¿Cuándo? ¿Cuándo ya no pudieras esconderlo? —su voz salió más dura de lo que pretendía, y vio el impacto de sus palabras en el rostro de ella.

Beatriz finalmente dejó que las lágrimas cayeran.
—No quería perder el trabajo. No quería que usted pensara mal de mí. No quería que todo cambiara.

Gustavo sintió que algo se le apretaba en el pecho. No era enojo, era algo peor: dolor.
—¿Quién es el padre?

Beatriz cerró los ojos con fuerza.
—Eso no importa.

Gustavo alzó la voz por primera vez.
—¿No importa? Estás embarazada, Beatriz. Estás sola. ¿Cómo que no importa?

Ella abrió los ojos y lo miró directamente. Y Gustavo vio ahí una mezcla de vergüenza, miedo y desesperación que lo hizo retroceder.
—Se fue —dijo ella con la voz quebrada—. Cuando le conté, dijo que no quería saber nada. Dijo que yo tenía que arreglármelas sola y se fue. Cambió de número, me bloqueó, desapareció como si yo nunca hubiera existido.

Gustavo sintió que el enojo volvía, pero esta vez no era contra ella. Era contra el hombre que había hecho eso, contra el cobarde que la había abandonado de esa manera.
—¿Y tú? ¿Qué vas a hacer?

Beatriz se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.
—Voy a tener a este bebé. Voy a trabajar todo lo que sea necesario. Voy a salir adelante.

Gustavo la miró en silencio. Vio la determinación en sus ojos, pero también vio el miedo. Vio la soledad. Vio lo mismo que veía en el espejo todos los días desde que Laura había muerto.

—No tienes que hacerlo sola.

Las palabras salieron antes de que pudiera pensarlas. Beatriz lo miró confundida.
—¿Qué quiere decir, señor?

Gustavo se pasó la mano por el cabello, tratando de ordenar las ideas.
—Trabajas aquí desde hace dos años. Siempre has sido honesta, siempre has hecho bien tu trabajo. No voy a abandonarte ahora.

Beatriz negó con la cabeza, incrédula.
—¿Usted está diciendo que me va a ayudar?

Gustavo asintió.
—Haré lo que sea necesario. No vas a pasar por esto sola.

Beatriz se cubrió el rostro con las manos y empezó a llorar de una forma que le partió el corazón a Gustavo. Sollozaba fuerte, con todo el cuerpo temblando. Gustavo dio un paso más y, sin pensarlo, le puso la mano en el hombro.
—Todo va a estar bien, Beatriz. Te lo prometo.

Ella lo miró a través de las lágrimas.
—¿Por qué está haciendo esto? ¿Por qué le importa?

Gustavo dudó. No sabía cómo responder, o mejor dicho, sí lo sabía, pero no estaba listo para admitirlo.
—Porque es lo correcto.

Beatriz se limpió el rostro y asintió despacio.
—Gracias, señor. No sé cómo agradecerle.

Gustavo retiró la mano de su hombro y dio un paso atrás.
—Vete a casa, descansa. Mañana lo hablamos con calma.

Beatriz asintió de nuevo y comenzó a caminar hacia el portón. Gustavo se quedó ahí, mirándola alejarse. Cuando desapareció en la curva de la calle, soltó el aire que había estado conteniendo y sintió que las piernas le flaqueaban.

Volvió a entrar a la casa y fue directo al bar. Tomó una botella de whisky y se sirvió un vaso lleno. Se lo bebió de un solo trago. El ardor en la garganta no ayudó en nada. Se sirvió otro vaso y fue al despacho. Se sentó en la silla de cuero y se quedó mirando al techo.

¿Qué acababa de hacer? ¿Por qué se había ofrecido a ayudar? ¿Por qué aquello le afectaba tanto? Tomó el celular y miró la foto de Laura, que seguía siendo el fondo de pantalla. Ella sonreía a la cámara con esa forma suya, con esa luz en los ojos que siempre hacía que todo pareciera más fácil.

—¿Qué hago, amor? ¿Qué harías tú en mi lugar?

Pero no hubo respuesta, solo silencio.

Gustavo terminó el segundo vaso y dejó el celular sobre el escritorio. Sabía que no iba a poder dormir esa noche, y no pudo. Se quedó despierto hasta el amanecer, pensando en Beatriz, pensando en el bebé, pensando en todo lo que había cambiado en tan pocas horas.

Cuando salió el sol, Gustavo se bañó, se vistió y fue a la empresa. Intentó concentrarse en el trabajo, pero no lo logró. Todas las reuniones parecían no tener sentido. Todos los números en la pantalla se veían borrosos. Solo podía pensar en ella.

A media tarde, tomó el teléfono y llamó a la secretaria.
—Cancela todo lo que tengo hoy. Me voy a ir más temprano.

Tomó las llaves del coche y fue directo a la dirección que aparecía en la ficha de contratación de Beatriz. Cuando llegó, el sol ya empezaba a ponerse. La calle era sencilla, con casas pequeñas y muros bajos. Gustavo estacionó y se quedó dentro del coche por unos minutos, mirando la casa de ella.

La luz de la sala estaba encendida. Vio una sombra moverse detrás de la cortina, respiró hondo y bajó del coche. Caminó hasta el portón y tocó tres veces. La cortina se movió. Unos segundos después, la puerta se abrió. Beatriz apareció con una expresión de total sorpresa. Llevaba ropa sencilla, un vestido azul claro y el cabello recogido en una cola de caballo.

—Señor Gustavo, ¿qué está haciendo aquí?

Gustavo metió las manos en los bolsillos.
—Necesito hablar contigo de verdad esta vez.

Beatriz dudó un instante, pero luego abrió el portón y le hizo una seña para que pasara. La casa por dentro era pequeña, pero ordenada. Un sofá viejo, una mesita con algunas revistas, fotos en la pared; olía a café recién hecho.

Gustavo se sentó donde ella le indicó y esperó. Beatriz se sentó en el otro extremo del sofá, con las manos entrelazadas en el regazo, claramente nerviosa.
—¿Quiere un café?

Gustavo negó con la cabeza.
—No, gracias. Solo quiero hablar.

Beatriz asintió y esperó. Gustavo se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.
—No he podido dejar de pensar en lo que pasó ayer y me di cuenta de que no sé nada de ti, Beatriz. Nada de verdad. Trabajas en mi casa desde hace dos años y ni siquiera sé de dónde vienes.

Beatriz miró sus propias manos.
—No hay mucho que contar, señor. Nací aquí mismo. Crecí en una familia sencilla. Mi papá murió cuando yo tenía quince años. Mi mamá trabajó toda la vida como costurera para sacarme adelante. Cuando terminé la preparatoria, empecé a trabajar en casas para ayudarla. Y así fue hasta que conseguí el trabajo en su casa.

Gustavo escuchó cada palabra.
—¿Y tu mamá? ¿Está bien?

Beatriz negó despacio con la cabeza.
—Murió hace tres años.

—Cáncer. Fue rápido.

Gustavo sintió que el pecho se le oprimía.
—Lo siento mucho.

Beatriz esbozó una sonrisa triste.
—Gracias. Ella era una buena mujer, fuerte. Me enseñó a no rendirme nunca, pasara lo que pasara.

Gustavo asintió.
—¿Y el padre del bebé, ese Tiago? ¿Cuánto tiempo estuvieron juntos?

Beatriz suspiró.
—Un año. Nos conocimos en una fiesta de un amigo en común. Él era gracioso, atento, me hacía sentir especial. Pensé que era real, que teníamos un futuro.

Su voz se quebró.
—Pero cuando le conté del embarazo, todo cambió. Se enojó. Dijo que yo lo había hecho a propósito, que quería amarrarlo. Intenté explicarle que fue un accidente, que no lo planeé, pero no quiso escucharme.

—Al día siguiente ya se había ido.

Gustavo sintió que la rabia volvía.
—Él no te merecía.

Beatriz lo miró sorprendida.
—¿De verdad cree eso?

Gustavo la miró directo a los ojos.
—Lo creo. Cualquier hombre de verdad se habría quedado, habría asumido la responsabilidad y habría cuidado de ti.

Beatriz sintió que las lágrimas regresaban, pero esta vez sonrió.
—Gracias por decir eso.

Se quedaron en silencio unos segundos. Gustavo volvió a mirar alrededor de la casa y notó una foto en la pared. Era Beatriz más joven, junto a una mujer mayor. Ambas sonreían a la cámara.
—¿Es tu mamá?

Beatriz siguió su mirada y asintió.
—Sí. Esa foto es de mi cumpleaños número dieciocho. Fue uno de los días más felices de mi vida.

Gustavo se levantó y se acercó a la foto.
—Parece haber sido una persona increíble.

Beatriz se levantó y se colocó a su lado.
—Lo era. Siempre decía que la vida me pondría pruebas, pero que yo era lo suficientemente fuerte para enfrentarlas. Trato de creerlo.

Gustavo se giró hacia ella.
—Eres fuerte, Beatriz. Más de lo que imaginas.

Sus miradas se encontraron y algo cambió en el ambiente. Algo que ninguno de los dos sabía nombrar, pero que ambos sentían. Gustavo dio un paso atrás, rompiendo el momento.
—Voy a ayudarte. No solo con dinero. Voy a estar aquí. Te acompañaré a las consultas. Te ayudaré con lo que necesites.

Beatriz negó con la cabeza, incrédula.
—No tiene que hacer eso.

Gustavo cruzó los brazos.
—Lo sé. Pero quiero hacerlo.

Beatriz se cubrió el rostro con las manos y volvió a llorar. Gustavo se acercó y, sin pensarlo demasiado, la abrazó. Ella se dejó llevar y apoyó la cabeza en su pecho.
—Tenía tanto miedo… miedo de hacerlo todo sola.

Gustavo apretó el abrazo.
—No estás sola.

Se quedaron así unos minutos, hasta que Beatriz se calmó. Al separarse, se limpió el rostro y sonrió.
—Perdón por llorar tanto. Hace mucho que nadie se preocupa por mí de esta manera.

Gustavo puso las manos en sus hombros.
—Me importas, Beatriz. Más de lo que debería, tal vez… pero me importas.

Ella lo miró con una intensidad que hizo que el corazón de Gustavo se acelerara.
—¿Por qué? ¿Por qué le importo tanto?

Gustavo soltó sus hombros y dio un paso atrás.
—Porque sé lo que es estar solo. Sé lo que es perder a alguien y sentir que el mundo se acaba. Y no quiero que tú pases por eso.

Beatriz dio un paso hacia él.
—Usted no está solo, señor Gustavo. Tiene amigos, familia, la empresa.

Gustavo sonrió con amargura.
—Tengo todo eso, pero nada llena el vacío. Desde que Laura murió, solo existo. No estoy viviendo.

Beatriz tocó su brazo, un gesto pequeño pero lleno de significado.
—Entonces estamos en el mismo barco.

Gustavo la miró y sintió algo moverse en su pecho, algo que no sentía desde hacía años. Se quedó ahí, sin saber qué decir. Beatriz retiró la mano y dio un paso atrás.
—¿Quiere cenar aquí? No es nada especial, pero hice sopa.

Gustavo dudó, luego asintió.
—Me encantaría.

Cenaron juntos en la pequeña cocina. La sopa era sencilla, pero deliciosa. Hablaron de cosas triviales, del trabajo, del clima, de nada y de todo al mismo tiempo. Gustavo no recordaba la última vez que se había sentido tan cómodo con alguien.

Cuando terminaron, él ayudó a lavar los platos. Beatriz intentó protestar, pero él insistió. Luego se despidió y se fue. De camino a casa, Gustavo encendió la radio, pero su mente estaba lejos: en esa casa pequeña, en esa mujer embarazada, en ese sentimiento extraño que crecía dentro de él.

En los días siguientes, Gustavo cumplió todo lo que había prometido. Aumentó el sueldo de Beatriz, agendó citas con los mejores médicos, compró vitaminas y ropa de maternidad. Beatriz se quedaba sin palabras cada vez que él aparecía con algo nuevo.

—Señor Gustavo, no tiene que hacer todo esto.
—Lo sé —sonreía él—, pero quiero hacerlo.

Y poco a poco, algo empezó a cambiar entre ellos. Las miradas duraban más, las sonrisas eran más frecuentes, las conversaciones más profundas.

Un día, Gustavo llegó a casa y encontró a Beatriz en el jardín, sentada en una banca de piedra, con las manos sobre el vientre, mirando al cielo.
—¿Puedo sentarme?
—Claro.

Se sentó a su lado y guardaron silencio unos segundos.
—¿En qué estás pensando?
—En cómo todo cambió tan rápido. Hace un mes estaba sola y con miedo… y ahora te tengo a ti.

Gustavo sintió que el pecho se le apretaba.
—Siempre me tendrás.

Beatriz lo miró.
—¿Lo promete?
—Lo prometo.

Se miraron en silencio hasta que Beatriz apartó la mirada.
—Siento que estoy empezando a sentir algo que no debería.

El corazón de Gustavo se aceleró.
—¿Qué quieres decir?

Beatriz respiró hondo.
—Creo que estoy empezando a sentir algo por usted que va más allá de la gratitud.

Gustavo se quedó sin palabras. Beatriz se levantó rápido.
—Perdón, no debí decirlo. Olvídelo.

Gustavo también se levantó y la tomó del brazo.
—No. No lo olvides.

Ella lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
—No tiene que decir nada. Sé que esto es extraño…

Gustavo la atrajo hacia sí y la besó. Fue un beso suave, cuidadoso, pero lleno de emoción. Cuando se separaron, ambos estaban sin aliento.
—Yo también lo siento, Beatriz. Y no sé qué hacer con esto.

—Tengo miedo.
—Yo también, pero no quiero huir más.

—¿Y ahora?
Gustavo sonrió.
—Ahora lo descubrimos juntos.

En las semanas siguientes se acercaron aún más. No lo ocultaron. Gustavo la llevaba a cenar, a pasear, a conocer a sus amigos. Algunos los miraban con juicio, otros con curiosidad, pero a él no le importó. Estaba feliz, de verdad.

Una noche, estaban recostados en el sofá viendo una película. El vientre de Beatriz ya estaba grande y el bebé se movía mucho. Gustavo puso la mano y sintió una patada.
—Este bebé va a ser futbolista.
—O luchador —rió ella.

—Beatriz, necesito preguntarte algo.
—¿Qué?
—¿Ya pensaste en un nombre?

Los ojos de ella brillaron.
—Sí. Si es niña, me gustaría que se llamara Laura, por su esposa. Fue muy buena conmigo cuando empecé a trabajar con usted.

Gustavo sintió que las lágrimas le quemaban los ojos.
—Laura se sentiría honrada.

—¿Y si es niño?
—Pedro.

—Me gusta.

Se quedaron abrazados hasta quedarse dormidos.

Pero la calma no duró. Días después, Beatriz empezó a recibir mensajes de un número desconocido:
“Sé del embarazo.”
“Tenemos que hablar.”
“Cometí un error.”

Era Tiago.

Gustavo le dijo que lo bloqueara, pero él empezó a aparecer cerca de su casa y del trabajo. Hasta que un día, Beatriz lo llamó desesperada:
—Quiere la custodia del bebé. Dice que va a demandar.

El mundo de Gustavo se vino abajo. Corrió a buscarla, la encontró temblando en el auto y la abrazó con fuerza.
—Nadie va a quitarte a tu bebé. Te lo prometo.

Después de escuchar todo, Gustavo llamó a su abogado. Tras explicarle la situación, escuchó con atención.
—Si quieres protegerla de verdad —dijo el abogado—, y si lo que sientes es real, hay una opción muy fuerte: cásate con ella y asume al bebé como tuyo.

Gustavo no dudó.
—Es real. La amo.

Esa noche, Gustavo se arrodilló frente a Beatriz.
—Cásate conmigo. No por estrategia. Cásate conmigo porque te amo.

Beatriz lloró, pero esta vez de felicidad.
—Sí. Acepto.

Y por primera vez en mucho tiempo, ambos sintieron que el futuro, aunque incierto, ya no daba tanto miedo.

Beatriz sonrió.
—Yo también lo sé.

Se casaron esa misma tarde en una ceremonia pequeña en el registro civil. Solo estaban dos testigos, el juez y ellos dos. Cuando llegó el momento de los votos, Beatriz ya estaba llorando. Gustavo secó sus lágrimas con el pulgar y empezó a hablar:

—Beatriz, cuando entraste en mi vida yo estaba muerto por dentro. Solo existía, no vivía. Pero tú cambiaste eso. Trajiste la luz de regreso. Me mostraste que todavía existe el amor, que todavía hay esperanza. Y te prometo cuidar de ti y de nuestro hijo para siempre, porque ustedes son mi familia ahora.

Beatriz sollozó e intentó hablar entre lágrimas:

—Gustavo, nunca pensé que encontraría a alguien como tú, alguien que me viera de verdad, alguien que no tuviera miedo de amarme con todas mis imperfecciones. Y te prometo hacerte feliz todos los días de mi vida, porque mereces toda la felicidad del mundo.

Cuando el juez los declaró marido y mujer, Gustavo la besó despacio, con cuidado, como si fuera lo más valioso del mundo. Y para él, lo era. Al salir ya casados, Beatriz le apretó la mano con fuerza.

—¿Y ahora?

Gustavo sonrió.
—Ahora luchamos.

Al día siguiente, Roberto presentó la demanda. Era un escrito detallado, con testimonios, pruebas del abandono de Thago, registros de las consultas médicas que Gustavo había pagado y recibos de todo lo que había comprado para el bebé. Un expediente sólido. Pero Thiago no se quedó de brazos cruzados.

Una semana después, Beatriz recibió una notificación. Thago había presentado una solicitud de reconocimiento de paternidad y regulación de visitas. Cuando Beatriz le mostró el documento a Gustavo, estaba pálida.

—Lo hizo… de verdad lo hizo.

Gustavo tomó el papel y lo leyó con atención, con la mandíbula tensa.
—Ya lo esperábamos. Roberto dijo que iba a pasar.

Beatriz se sentó en la silla de la cocina y se abrazó el vientre.
—Ya no aguanto más esto, Gustavo. Yo solo quería tener a mi bebé en paz.

Gustavo se arrodilló frente a ella y tomó sus manos.
—Lo sé, amor. Pero vamos a pasar por esto juntos.

Los días siguientes fueron un torbellino. Roberto preparó la defensa, habló con testigos y reunió más pruebas. La fecha de la audiencia se fijó para dos semanas después. Beatriz casi no podía dormir. Todas las noches despertaba sudando, con pesadillas en las que perdía a su bebé. Gustavo siempre estaba ahí, abrazándola, calmándola.

Una noche, después de otro mal sueño, Gustavo la atrajo contra su pecho y empezó a cantar en voz baja. Era una canción que su madre le cantaba cuando él era niño. Beatriz cerró los ojos y dejó que su voz la tranquilizara.

—Vas a ser un padre increíble —susurró ella.

Gustavo besó la parte superior de su cabeza.
—Y tú ya eres una madre increíble.

El día de la audiencia llegaron temprano. Roberto los esperaba y los llevó a una sala reservada.

—¿Cómo están? —preguntó.

Beatriz estaba visiblemente nerviosa. Roberto sonrió con empatía.
—Es normal. Pero confíen. Tenemos un caso muy fuerte.

Gustavo apretaba la mano de Beatriz.
—¿Qué va a pasar ahí dentro?

Roberto abrió la carpeta.
—El juez escuchará a ambas partes. El abogado de Thago intentará presentarlo como un padre arrepentido. Nosotros mostraremos el abandono y que el niño ya tiene una familia estable con ustedes.

—¿Y si el juez no nos cree? —preguntó Beatriz.

Roberto la miró a los ojos.
—Les va a creer. Sean honestos. El amor por ese bebé se nota.

Al entrar a la sala, Gustavo sintió un nudo en el estómago. Del otro lado, Thago estaba sentado con un abogado elegante y su madre a su lado. Al ver a Beatriz, intentó sonreír, pero ella desvió la mirada.

El juez, un hombre de mediana edad y expresión seria, comenzó a leer el expediente.

—Estamos aquí para tratar la solicitud de reconocimiento de paternidad y visitas presentada por el señor Thiago Moreira contra la señora Beatriz Silva, ahora Beatriz Almeida. También existe una solicitud por abandono afectivo presentada por la señora Beatriz. Empecemos escuchando al señor Thago.

Thiago se levantó.
—Sé que cometí un error. Entré en pánico. Era joven e inmaduro. Me fui, lo admito. Pero reflexioné, cambié. Ese bebé es mi hijo y quiero estar en su vida. Tengo trabajo, tengo casa, tengo apoyo.

Su abogado añadió que la ley protegía los derechos del padre biológico.

Cuando fue el turno de Roberto, su voz fue firme:
—Durante nueve meses, mientras Beatriz enfrentaba sola su embarazo, ¿dónde estaba el señor Thago? No apoyó en nada. Solo regresó cuando ella encontró estabilidad. Eso no es arrepentimiento, es conveniencia.

El juez pidió orden y llamó a Beatriz. Ella se levantó con dificultad.

—Cuando supe que estaba embarazada, pensé que formaríamos una familia. Pero él me abandonó. Desapareció. Yo sufrí sola… hasta que Gustavo apareció. Él estuvo conmigo cuando más lo necesitaba. Él es el padre de mi hijo en todo lo que importa.

Luego el juez miró a Gustavo.
—¿Desea decir algo?

—Amo a esta mujer y amo a este bebé. He estado aquí desde el principio. Soy su padre en el corazón y voy a proteger a mi familia.

El juez anunció que la decisión se daría en quince días.

La espera fue angustiante. Beatriz apenas podía concentrarse. Gustavo se quedó con ella todo el tiempo. En el décimo día de espera, a las tres de la madrugada, Beatriz despertó con una fuerte contracción y gimió.

Gustavo se despertó de inmediato.

—¿Qué pasa? ¿Qué está ocurriendo?

Beatriz se apretó el vientre.
—Creo que son contracciones.

Gustavo saltó de la cama y encendió la luz.
—¿Estás segura? Falta una semana todavía.

Beatriz volvió a gemir.
—Lo sé, pero duele mucho.

Gustavo tomó el celular y llamó al médico. Después de describir los síntomas, el doctor les indicó que fueran de inmediato al hospital. Gustavo ayudó a Beatriz a vestirse, tomó la bolsa que ya estaba lista desde hacía días y la llevó al coche. Durante el camino, Beatriz le apretaba la mano con tanta fuerza que casi le dolía.

—Todo va a estar bien. Todo va a salir bien —repetía Gustavo como un mantra.

Cuando llegaron, el equipo médico ya los estaba esperando. Llevaron a Beatriz directo a la sala de parto. El médico la examinó y confirmó:
—Es trabajo de parto. El bebé ya viene.

Beatriz miró a Gustavo con los ojos muy abiertos, llena de miedo.
—Es demasiado pronto… ¿y si pasa algo?

Gustavo sostuvo su rostro.
—No va a pasar nada. Nuestro bebé es fuerte. Tú eres fuerte.

Las horas siguientes fueron las más intensas de la vida de Gustavo. Estuvo junto a Beatriz todo el tiempo, sosteniéndole la mano, secándole el sudor, susurrándole palabras de ánimo. Beatriz gritaba de dolor, lloraba, suplicaba que terminara pronto. Hasta que, después de seis horas de trabajo de parto, el llanto del bebé llenó la sala.

—Es una niña —anunció la enfermera.

Beatriz se dejó caer sobre la almohada, agotada, pero sonriendo. Gustavo tenía lágrimas corriendo por el rostro. La enfermera trajo a la bebé envuelta en una manta rosa y la colocó en los brazos de Beatriz. Era pequeña, perfecta, con un mechón de cabello oscuro, el rostro rojito y los ojitos cerrados.

Beatriz besó su cabecita y miró a Gustavo.
—Es perfecta.

Gustavo tocó su carita con un dedo, maravillado.
—Es nuestra.

Beatriz sonrió entre lágrimas.
—Laura. Se llama Laura.

Gustavo sintió que algo se rompía y se recomponía dentro de su pecho al mismo tiempo. Pensó en su esposa, en la primera Laura, y sintió como si ella estuviera ahí, bendiciendo ese momento.
—Laura —repitió, con la voz quebrada.

Pasaron tres días en el hospital. Gustavo no se separó de ellas ni un solo minuto. Ayudaba a cambiar pañales, a bañarla, a todo. Cada vez que sostenía a Laura, sentía que el corazón le iba a explotar de amor.

Al segundo día, Roberto llamó.
—Ya salió la sentencia.

El corazón de Gustavo se aceleró. Roberto hizo una pequeña pausa, solo para crear suspenso, y luego rió.
—Ganaron.

Gustavo cerró los ojos, dejando que el alivio lo invadiera.
—Gracias… muchas gracias.

Roberto continuó:
—El juez negó la custodia y limitó cualquier visita a que Beatriz lo autorice y siempre bajo supervisión. Y lo más importante: reconoció el abandono afectivo y te dio treinta días para iniciar el proceso de adopción. Después de eso, los derechos de Thago quedan anulados por completo.

Gustavo colgó y regresó al cuarto. Beatriz estaba amamantando a Laura.
—¿Era Roberto?

Gustavo se sentó a su lado y tomó su mano.
—Sí. Ganamos, Beatriz. De verdad ganamos.

Beatriz empezó a llorar, pero de felicidad pura.
—¿De verdad?

—De verdad —respondió Gustavo, también llorando—. Es nuestra para siempre.

Cuando volvieron a casa, la vida cambió por completo: noches sin dormir, llantos interminables, pañales, biberones… pero también sonrisas, los primeros sonidos, la sensación de estar completos.

Un mes después, Gustavo inició el proceso de adopción. Fue rápido. Seis meses más tarde, todo quedó oficial. Laura pasó a ser legalmente Laura Almeida, hija de Gustavo y Beatriz. Thago intentó comunicarse algunas veces, pero al ser ignorado, desapareció de sus vidas.

Laura creció en una casa llena de amor. A los tres años llamaba a Gustavo “papá” con total naturalidad. Una tarde, Gustavo estaba en el jardín con ella. Laura corría detrás de las mariposas, riendo. Beatriz los observaba desde la terraza.

Gustavo se acercó a Beatriz y la besó.
—Gracias.

—¿Por qué? —preguntó ella.

—Por darme una segunda oportunidad de ser feliz. Por mostrarme que todavía existe el amor. Por darme una familia.

Beatriz tomó su rostro.
—Yo te agradezco por haberme salvado cuando más lo necesitaba. Por amar a mi hija como si fuera tuya. Por amarme cuando creí que nunca volvería a ser amada.

Laura corrió hacia ellos y se lanzó a las piernas de Gustavo.
—¡Papi, juega conmigo!

Gustavo la levantó y giró con ella. Beatriz los miraba con el corazón lleno.

Años después, cuando Laura tenía seis años, llegó de la escuela con una pregunta.
—Papi, la maestra dijo que hiciéramos el árbol genealógico. Yo puse a ti y a mamá, pero Pedro dijo que debía poner a mi papá de verdad. ¿Quién es mi papá de verdad?

Gustavo se arrodilló frente a ella y tomó sus manitas.
—¿Sabes qué hace a alguien un papá de verdad? No es la sangre ni el ADN, es el amor. Es estar, cuidar, proteger. Yo he estado contigo desde antes de que nacieras. Yo soy tu papá.

Laura sonrió.
—Entonces Pedro está equivocado.

—Sí —rió Gustavo—, está equivocado.

Laura lo abrazó fuerte.
—Eres el mejor papá del mundo.

Beatriz se unió al abrazo.

Años después, ya adolescente, Laura quiso saber toda la historia. Gustavo y Beatriz se la contaron. Cuando terminaron, ella tenía lágrimas en los ojos.

—Entonces lucharon mucho por mí…

—Lo haríamos mil veces más —dijo Beatriz.

—¿Y nunca te arrepentiste? —preguntó Laura a Gustavo.

—Jamás. Siempre fuiste mía.

Laura lo abrazó llorando.
—Te amo, papá.

—Yo también te amo, hija.

Pasaron los años. Laura creció, estudió, formó su vida. Gustavo y Beatriz envejecieron juntos, cada vez más unidos. Una tarde, ya con el cabello canoso, estaban sentados viendo el atardecer.

—¿Recuerdas el día que todo empezó? —preguntó Beatriz.

—Claro. Te seguí preocupado… y encontré el regalo más grande de mi vida.

Beatriz apoyó la cabeza en su hombro.
—Tenía tanto miedo entonces…

—Nunca estuviste sola —respondió él—. Y nunca lo estarás.

Cuando las estrellas aparecieron, Gustavo sonrió.
—Si pudiera volver atrás, no cambiaría nada. Todo nos trajo hasta aquí.

Beatriz sonrió entre lágrimas.
—Y aquí es perfecto.

Gustavo la abrazó y susurró:
—Te amo, Beatriz. Y aunque viviera mil vidas, en todas te elegiría a ti.

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