Con mi esposo Miguel, llevábamos tres años intentando tener un hijo. Probamos de todo: médicos, tratamientos, inyecciones, esperanzas rotas mes tras mes. Y entonces, cuando ya casi habíamos perdido la fe, ocurrió el milagro: estaba embarazada de nuestro hijo. Miguel besaba mi vientre todos los días. Juntos pintamos el cuarto del bebé, armamos la cuna, elegimos cortinas… incluso ya teníamos decidido el nombre: Mateo.

A las 35 semanas yo estaba completamente agotada. La espalda me dolía sin parar, los pies hinchados, y el bebé no dejaba de moverse justo cuando intentaba dormir un poco. Una noche, Miguel quiso quedarse en la sala con sus amigos. Me habló desde la puerta del cuarto y dijo: “Amor, hoy hay un partido importante. Vamos a verlo tranquilos aquí”. No me encantó la idea, pero enseguida agregó: “Cuando nazca el bebé, ya no voy a tener nada de tiempo libre”. No tenía fuerzas para discutir. Estaba rendida. Así que asentí y me fui a la cama.

Horas después, me desperté porque alguien me estaba sacudiendo el hombro.

—OYE… DESPIERTA —susurró Miguel, con la voz tensa.

Medio dormida, murmuré: —¿Qué pasa…?

Miré el reloj: 2:17 de la mañana. Miguel caminaba de un lado a otro del cuarto, se frotaba las manos, claramente nervioso. Finalmente dijo: —Tienes que saber algo sobre el BEBÉ.

Sentí que la sangre se me helaba. El corazón me empezó a latir con fuerza. —¿De qué estás hablando? —pregunté, sentándome con dificultad mientras sostenía mi vientre.

Miguel desvió la mirada, respiró hondo… y luego me miró con una frialdad que nunca antes le había visto. En sus ojos no había rastro del hombre dulce que me juró amor eterno frente al altar de la basílica.

—Ya no puedo seguir guardando esto. TIENES QUE SABER LA VERDAD… —hizo una pausa que pareció durar un siglo—. Ese tratamiento de fertilidad que hicimos en la última clínica… yo lo saboteé.

El aire se escapó de mis pulmones. No entendía. —¿De qué hablas, Miguel? Estoy embarazada. Mateo está aquí.

Miguel soltó una risa seca, casi histérica.

—Estás embarazada, sí. Pero no es mío. Cuando el doctor dijo que yo era estéril y que no había esperanza, no quise decírtelo por orgullo. Así que pagué para que usaran un donante anónimo sin decirte nada. Pero esta noche, bebiendo con los muchachos, uno de ellos hizo un chiste sobre los hijos que no se parecen a los padres y… simplemente me di cuenta de que no puedo. No puedo criar a un niño que no tiene mi sangre. No quiero este bebé, Elena.

Me quedé paralizada. El hombre que me vio llorar cada vez que mi período llegaba, el hombre que me tomaba la mano en cada examen, me había engañado de la forma más vil posible. No solo me ocultó su infertilidad, sino que manipuló mi cuerpo y mi vida sin mi consentimiento, y ahora, a semanas de dar a luz, decidía que el “experimento” ya no le gustaba.

—¿Me engañaste para que me embarazara de un extraño y ahora me dices que no lo quieres? —mi voz salió como un grito ahogado.

—Quería que fueras feliz, pero ahora me doy cuenta de que yo no lo seré —dijo él, empezando a meter ropa en una maleta—. Dile a la gente lo que quieras. Di que te engañé, que soy un cobarde. Me voy.

Esa noche, mientras Miguel cerraba la puerta de nuestra casa, yo me quedé sola en el cuarto de Mateo. Miré la cuna que habíamos armado juntos y sentí un asco profundo. La traición no era solo hacia mí, sino hacia ese pequeño ser que pateaba dentro de mí, ajeno a que su “padre” acababa de desecharlo como a un mueble viejo.

A la mañana siguiente, antes de que el sol terminara de salir sobre la ciudad, mi abogado ya tenía las instrucciones. Pedí el divorcio por una causa que él no esperaba: fraude médico y abandono.

Hoy, Mateo tiene tres meses. Tiene mis ojos y una sonrisa que ilumina toda mi casa. Miguel intentó volver, dijo que estaba borracho, que fue el miedo. Pero en México decimos que “el que engaña una vez, engaña siempre”. Mi hijo no tendrá su apellido, pero tendrá una madre que aprendió que la familia no siempre se trata de la sangre que compartes, sino de la lealtad que demuestras cuando las cosas se ponen difíciles. Miguel se quedó con su orgullo y su soledad; yo me quedé con el milagro que él nunca mereció tener.