El filete en su plato ya no tenía sabor, el vino caro parecía agua amarga. Todo lo que podía ver era la espalda de Ana, alejándose entre las mesas como si el tiempo no hubiera dejado huella, pero también como si llevara encima siglos de dolor.
Leonor notó su distracción y chasqueó la lengua.
—De verdad, Rui, ¿qué te pasa? Te traje aquí para disfrutar, no para que estés con la cabeza en otro lado.
Él asintió, pero no respondió. Porque ¿cómo explicarle que la mujer que ahora le servía la comida había sido la razón por la que él estaba sentado ahí, con traje, dinero y éxito?
La cena transcurrió en un silencio incómodo. Rui apenas probó bocado. Cuando Leonor fue al baño, él aprovechó. Se levantó y buscó a Ana.
La encontró en la pequeña barra, limpiando copas con manos temblorosas.
—Ana… —su voz salió más baja de lo que esperaba.
Ella lo miró, con ojos serenos pero endurecidos por la vida.
—Señor Almeida, ¿desea algo más? —preguntó con frialdad profesional.
Ese “señor Almeida” lo atravesó como una cuchillada.
—No me llames así… soy yo, Rui.
Ana dejó la copa sobre la barra y lo miró directo.
—Ya lo sé. —Respiró hondo, y añadió—. Pero aquí, sólo eres un cliente más.
Rui quiso decir algo, pedir perdón, explicar, suplicar. Pero las palabras se atoraron en su garganta.
—Ana… yo no sabía que estabas… así.
Ella sonrió con tristeza.
—Así, ¿cómo? ¿Trabajando para sobrevivir? Eso se llama vida, Rui. La misma que tú decidiste dejar atrás.
Antes de que pudiera contestar, un pequeño niño corrió desde la cocina hacia Ana. Tenía unos siete años, el cabello oscuro y los ojos tan profundos como los de ella.
—¡Mamá! —exclamó el niño abrazándola.
Rui sintió que el piso se hundía bajo sus pies.
Ana acarició el cabello del niño y, sin mirarlo a él, dijo suavemente:
—Ve con la abuela, mi amor. Mamá ya termina.
El niño obedeció, corriendo hacia el fondo. Rui apenas podía respirar.
—¿Es… mi hijo? —preguntó con la voz rota.
Ana lo miró, con un brillo frío en los ojos.
—Es mi hijo. Y no necesitas saber más.
Lo dejó ahí, de pie, con el corazón hecho pedazos y el peso insoportable de la culpa cayendo sobre sus hombros.
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La música seguía retumbando, pero el clan de la llave contra el piso fue más fuerte que la tuba. La gente se quedó congelada con la boca a medio chisme.
La llave no era “bonita”, era excesiva. Gruesa, pesada, con un brillo que no se parece al oro de joyería……
La puerta cedió con un gemido largo, como si se quejara por haber estado cerrada demasiados años.
La puerta cedió con un gemido largo, como si se quejara por haber estado cerrada demasiados años. Un olor a…
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