El rugido del motor de mi Mercedes-Benz negro siempre había sido el sonido del éxito para mí. Me detuve frente a un lujoso edificio de oficinas en el Paseo de la Reforma, disfrutando de las miradas de envidia y admiración. Bajé del auto ajustándome el saco de mi traje italiano, sintiéndome el dueño del mundo. Pero el mundo tiene una forma cruel de recordarte que el dinero no puede comprar el tiempo perdido ni borrar los pecados del pasado.

Caminaba hacia la entrada cuando mi mirada se desvió hacia la acera. Allí, sentada sobre un cartón y bajo el sol inclemente, estaba una mujer. Vestía ropa humilde y desgastada, pero había algo en la forma en que inclinaba la cabeza que me resultó dolorosamente familiar. Mi corazón se detuvo en seco cuando ella levantó la vista por un segundo.
Era ella. Laura. La mujer que amé con toda mi alma hace siete años y que desapareció de mi vida sin dejar rastro, justo cuando yo empezaba a construir mi imperio. Me habían dicho que se había ido con otro, que nunca me amó realmente. Me lo dijo la persona en la que más confiaba: mi madre.
Laura bajó la cabeza de inmediato al reconocerme, tratando de ocultar su rostro entre sus manos. Pero no estaba sola. Apretados contra su pecho, había cuatro pequeños niños, dos pares de gemelos de unos seis años, que se aferraban a ella con miedo.
Me acerqué, ignorando los gritos de mi guardaespaldas. Cuando los niños levantaron la vista para verme, sentí como si me hubieran arrancado el suelo bajo los pies. Cuatro rostros diminutos, con mis mismos ojos café oscuro, mi misma forma de la nariz y ese pequeño hoyuelo en la barbilla que siempre fue mi marca personal. Eran cuatro versiones miniatura de mí mismo.
—No puede ser… ellos… ¿son mis hijos? —pregunté, y mi voz, siempre autoritaria, se quebró como el cristal.
Laura temblaba violentamente, retrocediendo hasta chocar con la pared fría del edificio. Sus ojos estaban llenos de un terror que no entendía.
—¿Cómo… de quién son estos niños, Laura? —alcancé a decir mientras sentía que mi realidad se desmoronaba.
Ella apretó más a los pequeños contra su cuerpo, llorando desconsoladamente.
—No te acerques más… vete con tu dinero y tu vida perfecta —gritó con un dolor que me desgarró el alma—. No deberías saber la verdad. Ellos no tienen padre, tú mismo te encargaste de eso.
—¡Yo no sabía nada! —grité, y mi reacción dejó horrorizados a todos los que estaban a nuestro alrededor. Me caí de rodillas sobre la acera sucia, frente a ellos, sin importarme mi traje de miles de dólares ni las cámaras de los celulares que empezaban a grabarnos. Golpeé el suelo con los puños, poseído por una rabia y una tristeza que no podía controlar.
Laura, viendo mi desesperación, soltó una confesión que me heló la sangre:
—Tu madre me amenazó, Santiago. Me dijo que si no me iba, te arruinaría la carrera. Me quitó todo lo que tenía y me mandó lejos con una mano adelante y otra atrás cuando supo que estaba embarazada de gemelos… y luego resultaron ser cuatro. Ella me dijo que tú habías aceptado el trato, que preferías el Mercedes y las empresas que a unos “hijos de una mesera”.
Me quedé helado. El éxito que tanto presumía, mi mansión, mis autos, todo había sido el precio de la desaparición forzada de mi propia familia. Mi madre me había mentido durante siete años, diciéndome que Laura me había abandonado por dinero, mientras ella misma condenaba a mis hijos a la miseria para “proteger” mi linaje y mi imagen pública.
Miré a mis hijos. Tenían hambre. Tenían frío en plena tarde. Y yo, que tenía millones en el banco, era el responsable indirecto de su sufrimiento.
Me puse de pie, con una mirada que hizo que incluso mi guardaespaldas retrocediera. Saqué mi teléfono y llamé a mi abogado.
—Licenciado, quiero que congele todas las cuentas de mi madre. Ahora mismo. Y prepare una demanda por extorsión y privación ilegal de la libertad. No me importa que sea mi madre, quiero que termine en la cárcel.
Me acerqué a Laura y, esta vez, ella no retrocedió. La levanté del suelo con una ternura que había olvidado que poseía. Tomé a dos de los niños en mis brazos; pesaban tan poco que sentí que el corazón se me salía del pecho.
—Perdóname, Laura. Perdónenme, hijos —susurré mientras los subía al Mercedes negro—. La pesadilla se acabó. Hoy recupero a mi familia y juro que quien les hizo daño no volverá a ver la luz del sol fuera de una celda.
Mientras nos alejábamos de aquel edificio, vi por el espejo retrovisor el rastro de mi vida anterior quedando atrás. Ya no era un exitoso millonario; era un padre que tenía siete años de amor que recuperar y una justicia que ejecutar contra su propia sangre.
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