El general Montero, hasta ese momento una figura respetada y con una carrera impecable, ahora se encontraba frente a una acusación que podría derribar todo lo que había construido a lo largo de décadas de servicio. La tensión en el aire era palpable, como si cada segundo pasara más lentamente.

Harfuch, con la calma que lo caracterizaba, volvió a hablar. “Este es el fin de tu carrera, Montero”, dijo, su voz resonando en la sala con una autoridad indiscutible. “No solo traicionaste la confianza de tus compañeros, sino que pusiste en peligro la seguridad de todo un país. Lo que has hecho no quedará impune.”
Montero, atrapado entre las evidencias irrefutables y la presión de estar rodeado de sus superiores, no tenía más opción que enfrentar la verdad. Su rostro, antes seguro y dominante, ahora reflejaba la desesperación y el pánico de quien sabe que el final de su juego ha llegado. Sabía que su caída sería estrepitosa, pero aún tenía una carta bajo la manga.
“Todo esto… todo lo que ven es una manipulación”, intentó justificar, pero su voz ya no sonaba convincente. “Alguien está tratando de destruirme. Alguien me está usando.”
Harfuch lo miró fijamente, sin mostrar ni un ápice de compasión. “No, Montero. La manipulación fue la tuya. Usaste tu posición para enriquecer a los carteles, y la gente que confió en ti ahora paga las consecuencias de tu codicia. Esto no se trata de conspiraciones ajenas. Es el precio que pagas por traicionar a tu país.”
La sala permaneció en completo silencio por unos segundos. Nadie se atrevió a intervenir mientras Harfuch continuaba con su monólogo. Sabía que este momento marcaría un antes y un después en la historia de la seguridad nacional de México.
“Nos aseguraremos de que pagues por lo que has hecho”, agregó Harfuch, mientras un leve suspiro recorría la sala. “Este es el comienzo del fin para ti, y no hay marcha atrás.”
El general Montero bajó la mirada, dándose cuenta de que, por más que intentara defenderse, las pruebas en su contra eran aplastantes. Su destino estaba sellado.
Mientras Harfuch y su equipo comenzaban a coordinar los siguientes pasos para formalizar su detención y el proceso judicial, Montero fue escoltado fuera de la sala. Nadie decía una palabra. Los oficiales, de alguna manera, parecían aliviados de ver la verdad salir a la luz, pero también conscientes de que las consecuencias de esta revelación serían enormes.
Con la evidencia en mano y la caída de Montero, Harfuch sentía una mezcla de satisfacción y preocupación. Sabía que esto era solo la punta del iceberg, que detrás de la traición de Montero, había muchas más personas involucradas, y su trabajo no había hecho más que comenzar.
El general, por su parte, fue llevado a un centro de detención provisional, donde enfrentaría las acusaciones que cambiaron para siempre la percepción pública de la seguridad en México. Mientras tanto, Harfuch, con la determinación de siempre, sabía que había tomado una decisión crucial para asegurar la integridad del sistema, aunque el camino por delante aún sería arduo y lleno de obstáculos.
La batalla por recuperar la confianza en las instituciones de seguridad mexicana no había terminado.
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