Güey, yo llegué a la boda de mi carnal con mi vestidito de oferta, tranquila, sin molestar a nadie. Y ¿qué hacen mi mamá y la novia? Me empiezan a tirar veneno como si fuera deporte nacional.

La novia agarra el micrófono, toda dulce fake, y suelta:
“Pues ya saben, ser madre soltera… qué fuerte, ¿no?”
La gente se ríe. De burla. No conmigo. De mí.

Mi mamá remata con un:
“Pobre, parece maniquí de rebaja con la etiqueta arrancada.”
Y todos ja-ja-ja como si fuera comedia stand-up.

Mi hermano nomás viendo al piso, haciéndose el que no oye nada.

Pero lo que nadie esperaba… era que mi hijo—mi MORRO de 10 años—fuera el que volteara todo.

Y ahí, banda… empieza el desmadre de verdad.