Me llevaron de urgencia a un hospital en Ciudad de México con un dolor en el abdomen que me doblaba en dos. En el taxi, cada tope me arrancaba un gemido. Las luces de Insurgentes pasaban como un túnel borroso detrás del cristal. Yo, Isabel Romero, solo tenía un objetivo: no desmayarme antes de llegar.

En urgencias me pusieron suero, me hicieron preguntas rápidas —si estaba embarazada, si tomaba medicamentos, si había comido algo en mal estado—. Respondí como pude. Después todo fue ruido, pasos, el pitido constante de un monitor.
Cuando abrí los ojos, la luz era blanca y fría. Olía a desinfectante. Y ahí estaba él.
Mi hermano.
El Dr. Alejandro Romero, cuarenta y dos años, médico internista de guardia. El hombre que podía sonar duro incluso cuando estaba salvándote la vida.
—¿Por qué no viniste antes? —gruñó sin mirarme, revisando los estudios—. ¿Cuántos días llevas así?
Intenté sonreír.
—Quería darle emoción a la semana… —murmuré.
Pero Alejandro no sonrió.
Releyó una línea. Luego otra.
Y en ese instante vi algo que nunca había visto en su cara: miedo.
Cerró la carpeta como si quemara. Miró hacia la puerta, comprobó que estaba cerrada y bajó la voz.
—Voy a llamar a la policía. Y hoy mismo te vas de tu casa.
Sentí que el corazón se me detenía.
—¿Qué estás diciendo?
Tragó saliva.
—No es coincidencia, Isa. Es deliberado.
El aire se me atoró en la garganta.
—¿Deliberado… qué?
—Tus análisis muestran exposición repetida a un anticoagulante y a un tóxico gastrointestinal. En pequeñas dosis parece gastritis. Estrés. Un virus. En dosis más altas… te manda a terapia intensiva. O peor.
El mundo se inclinó.
—No… —susurré.
—¿Quién vive contigo? —preguntó sin rodeos.
—Sergio.
Cinco años juntos. Cafés por la mañana. Mensajes de “cuídate”. Sopa cuando me enfermaba. El hombre que insistía en cocinar “para que descansara”.
Alejandro me sostuvo la mirada.
—Cuando te den de alta, no regresas con él. Ni por ropa. Ni para hablar. Nada.
En ese momento tocaron la puerta.
—Soy Sergio. ¿Puedo verla?
Su voz.
Mi piel se heló.
Alejandro se acercó.
—No.
—Soy su pareja —insistió Sergio—. Tengo derecho.
Una enfermera mayor intervino con firmeza.
—El paciente decide quién entra.
Escuché un golpe seco contra la pared. Nunca lo había oído perder el control.
Alejandro volvió a mi lado.
—¿Te das cuenta? No es tranquilo. Es controlado. Y cuando pierde el control, sale esto.
Lloré. No por el dolor físico. Sino porque mi vida “normal” acababa de romperse en silencio.
Esa misma noche llegó una agente de la fiscalía, Laura Méndez. Directa, sin dramatismos.
—Necesito fechas, síntomas, detalles. ¿Cambió algo en tu rutina? ¿Quién tenía acceso a tu comida? ¿A tus cuentas?
Y entonces recordé.
Sergio insistiendo en mejorar mi seguro de vida “por prevención”.
Preguntando por mis contraseñas “para ayudarte”.
Sugiriendo vender el departamento —que estaba a mi nombre desde antes de conocerlo— para comprar uno juntos.
—Eso es aislamiento y control financiero —dijo la agente.
Yo me sentí tonta.
Alejandro me tomó la mano.
—Confiar no es estupidez.
La toxicológica preliminar confirmó indicios de raticida común en México y un irritante digestivo. No era imaginación.
Se activó una orden de protección.
Pero Sergio no se detuvo.
Mensajes. Primero dulces. Luego culpándome. Después amenazas veladas.
“Sin mí no sabes vivir.”
Pero lo que la fiscalía encontró dentro de mi propio departamento fue lo que terminó de destruir cualquier duda…
Parte 2 …
Días después, la fiscalía entró al departamento con autorización. Encontraron un paquete de veneno para roedores en la despensa y un frasco sin etiqueta en el baño.
También descubrieron intentos de acceso a mi correo y consultas sobre mi póliza de seguro.
Ya no era sospecha.
Era patrón.
Cuando recibió la orden de restricción, Sergio me llamó desde otro número.
—Qué exagerada te pusiste —dijo con voz suave—. Siempre has sido fácil de guiar.
Alejandro tomó el teléfono.
—Estás violando una orden judicial. La llamada está registrada.
Silencio.
Luego su verdadera voz.
—Siempre metiéndote, doctor.
Colgó.
Y por primera vez, no sentí miedo.
Sentí furia.
—Sí sé vivir sin él —dije—. Solo que nunca me dejó intentarlo.
Las semanas siguientes fueron reconstrucción. Cambié cerraduras. Instalé cámaras. Volví a mi departamento acompañada. Cada taza, cada cuchillo de cocina, cada sobrecito de “té para el estómago” tenía otro significado.
La investigación siguió su curso. Ya no dependía de mi intuición, sino de pruebas.
Y entendí algo que me costó aceptar:
El peligro real no siempre grita.
A veces cocina para ti.
Te sonríe.
Te dice “yo me encargo”.
Hasta que un día alguien abre una carpeta médica y decide que tu vida vale más que el silencio.
Hoy sigo recuperándome. El cuerpo sana más rápido que la confianza. Pero cuando me miro al espejo, veo a una mujer distinta.
No más silencios para mantener una paz falsa.
No más excusas para justificar el control.
Sobrevivir también es denunciar.
Y yo decidí vivir.
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