No respondí de inmediato. Lo miré allí, de pie frente a mí: un hombre al que había conocido durante quince años y que, en ese instante, se había vuelto completamente ajeno. En aquella habitación llena de cosas compradas juntos, de recuerdos que aún flotaban en el aire, algo dentro de mí se rompió para siempre. No con ruido, no con dramatismo, sino con un silencio frío, claro y definitivo.

— Está bien — dije por fin, sorprendiéndome a mí misma por la calma de mi voz. — Puedes irte.

Markus parpadeó, visiblemente desconcertado. Seguramente esperaba lágrimas, súplicas, gritos. No esta aceptación serena.

— ¿Eso es todo? — preguntó con inseguridad. — ¿De verdad eso es todo?

— Sí. Eso es todo — repetí. — Tomaste tu decisión. Ahora sal.

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Dudó unos segundos y luego se dirigió al dormitorio para recoger algunas cosas. Lo oí abrir armarios, cajones, moverse como si todavía tuviera derecho a todo aquello. No lo detuve. Ya no era mi batalla.

Cuando volvió con una bolsa en la mano, se detuvo en el umbral de la puerta.

— Hablaremos del dinero más adelante — dijo. — Lo resolveremos de manera civilizada.

No respondí. Cerré la puerta tras él y solo entonces sentí cómo me fallaban las piernas. Me apoyé en la pared, pero ni siquiera entonces lloré. Las lágrimas llegarían después. Mucho después.

Esa noche abrí un viejo cajón del escritorio. Bajo una pila de documentos amarillentos estaba la carpeta azul. La cuenta de la que Markus no sabía absolutamente nada. La había abierto cinco años antes, después de que un asesor financiero me dijera, medio en broma: «Toda mujer debería tener una red de seguridad».

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Al principio guardaba pequeñas cantidades. Luego llegaron los ingresos de mis primeros proyectos independientes, algunas colaboraciones bien pagadas y, finalmente, una modesta herencia de mi tía. Markus nunca se había interesado demasiado por mis finanzas personales. Confiaba en mí. O quizá simplemente no le importaba.

El saldo de la cuenta era claro, estable, tranquilizador. No era una fortuna, pero era suficiente. Suficiente para las reparaciones, para un buen abogado, para empezar de nuevo.

En los días siguientes actué de manera metódica. Contacté con un abogado especializado en derecho de familia. Presenté la demanda de divorcio. Reuní las pruebas de la transferencia realizada desde la cuenta conjunta. La ley estaba de mi lado: el dinero retirado sin mi consentimiento podía recuperarse.

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Markus llamó varias veces. No contesté. Luego llegaron los mensajes: primero llenos de ira, después confusos y, finalmente, casi suplicantes. Al parecer, Elza no estaba tan entusiasmada cuando descubrió que el «dinero solucionado» era en realidad objeto de un proceso judicial.

Un mes después nos encontramos en el despacho del abogado. Markus parecía cansado, envejecido. El entusiasmo que había mostrado al principio había desaparecido por completo.

— No pensé que llegarías tan lejos — dijo en voz baja.

— Yo tampoco pensé que te irías llevándote todo el dinero — respondí con calma. — Parece que los dos nos equivocamos.

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El proceso no se alargó. Recuperé mi parte de los ahorros. Además, obtuve el derecho a quedarme en la casa. Markus se fue definitivamente, no solo de mi vida, sino también de mi pasado.

Una mañana de primavera subí al desván y mandé arreglar el techo. Luego cambié las cortinas. Pinté las paredes de un color claro. En el jardín planté un árbol nuevo, sola, por primera vez en mi vida.

Y en ese momento, mientras la tierra manchaba mis manos, sentí algo que no había sentido en años: no dolor, no rabia, sino libertad.

No sabía qué me depararía el futuro. Pero por primera vez en mucho tiempo, el futuro me pertenecía por completo.

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