Las puertas dobles del tribunal se abrieron de golpe con un estruendo que hizo eco por toda la sala. Una niña de

años con un vestido rosa manchado de lodo y los zapatos perdidos en algún lugar del camino, entró corriendo por el
pasillo central. Carmen no hizo nada. Carmen no hizo nada, gritaba con toda la
fuerza que sus pequeños pulmones le permitían. El juez levantó el martillo,
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pero se quedó paralizado. Los murmullos cesaron de inmediato. Todos los ojos se
dirigieron hacia la pequeña figura que temblaba en el centro de la sala con el cabello revuelto y las mejillas rojas de
tanto correr. Carmen, sentada en el banco de los acusados sintió que el
corazón se le detenía. Las lágrimas que había estado conteniendo durante semanas
comenzaron a brotar. No podía creer lo que veía. Sofía susurró. La niña se giró hacia
ella y por un momento sus ojos se encontraron. Luego, con una determinación que no debería existir en
alguien tan pequeña, Sofía levantó su dedo tembloroso y apuntó hacia la primera fila. Fue ella dijo con voz
quebrada pero clara. Fue mi madrastra. Valeria Morales permanecía inmóvil en su
asiento, vestida de negro, con las manos perfectamente colocadas sobre su regazo.
Su rostro mantenía la expresión de dolor contenido que había mostrado durante todo el proceso, pero algo había
cambiado en sus ojos. El pánico se filtraba como agua a través de una grieta. El juez golpeó el martillo tres
veces. Orden. Orden en la sala. Su voz resonó por encima del caos que había
estallado. Declaró un receso de 30 minutos. Pero antes de que alguien pudiera reaccionar, Sofía corrió hacia
Carmen. Los guardias de seguridad se movieron para detenerla, pero el abogado
defensor levantó la mano. Es la hija de la víctima, murmuró al juez. Carmen se
inclinó tanto como las esposas se lo permitían. Sofía se aferró a sus manos encadenadas y susurró algo que solo ella
pudo escuchar. Vi todo, Carmen. Vi lo que hizo. Seis meses antes, la casa de
los Mendoza había sido muy diferente. El sol de la tarde se filtraba por las
ventanas del salón principal, iluminando los muebles de caoba y las alfombras persas que Roberto había comprado en uno
de sus viajes de negocios. Sofía estaba sentada en el suelo rodeada de sus muñecas, pero no jugaba.
Observaba a los adultos que conversaban en el sofá como si fueran actores en una obra de teatro que no entendía. Sofía,
mi amor, ven acá, dijo Roberto con esa voz especial que usaba cuando quería que
ella prestara atención. Quiero que conozcas a alguien muy especial. La mujer que estaba sentada junto a su papá
era bonita. Tenía el cabello castaño y brillante como el de las princesas de los cuentos, y usaba un vestido azul que
parecía caro. Cuando sonreía, sus dientes eran muy blancos. “Hola,
pequeña”, le dijo la mujer inclinándose hacia ella. “Yo soy Valeria. Tu papá y
yo nos vamos a casar muy pronto.” Sofía miró a su padre confundida. “¿Eso
significa que ya no vas a viajar tanto?”, preguntó. Roberto se rió y la tomó en brazos. Significa que Valeria va
a ser tu nueva mamá. ¿No es maravilloso? Sofía no estaba segura de qué debía
sentir. Recordaba vagamente a su mamá verdadera, que había muerto cuando ella
tenía 2 años. Pero Carmen siempre había estado ahí, cuidándola, leyéndole
cuentos antes de dormir, consolándola cuando tenía pesadillas. Valeria extendió los brazos hacia ella. Ven
conmigo, hijita. Vamos a ser muy felices juntas. Cuando Sofía se acercó, Valeria
la abrazó, pero algo en ese abrazo se sentía raro. Era como abrazar a una muñeca muy grande y fría. Valeria olía a
perfume caro, pero debajo de ese olor había algo más, algo que Sofía no podía
identificar, pero que la hacía querer alejarse. Desde la puerta de la cocina, Carmen observaba la escena. Llevaba 3
años trabajando en esa casa desde que la señora Elena había muerto. Había visto a
Sofía dar sus primeros pasos. Había estado ahí para sus primeras palabras después del accidente. Esa niña era más
que su trabajo. Era como la hija que nunca había tenido. Algo en la forma en que Valeria miraba a Sofía la
inquietaba. Cuando Roberto volteaba a buscar sus documentos o contestar una llamada, la sonrisa de Valeria se
desvanecía por completo. Sus ojos estudiaban a la niña como si fuera un problema que necesitaba resolver.
“Carmen, la llamó Roberto. ¿Podrías traernos café? Valeria y yo tenemos
muchas cosas que planear. Por supuesto, señor Roberto. Mientras Carmen preparaba
el café, escuchaba las voces desde el salón. Roberto hablaba de la boda, de
los cambios que vendrían, de lo feliz que se sentía de volver a formar una familia completa. Valeria respondía con
palabras perfectas, pero su voz sonaba ensayada. Ay, qué linda, mi jijita.
Escuchó que decía Valeria cuando Roberto mencionaba algo sobrefía. Vamos a ser las mejores amigas. Pero cuando Carmen
regresó con la bandeja, vio que Valeria tenía la mano sobre el hombro de Sofía con demasiada fuerza. La niña se había
puesto rígida y miraba hacia la ventana como si quisiera escapar. El café, anunció Carmen colocando la bandeja en
la mesa. Gracias, Carmen, dijo Roberto sin levantar la vista de sus papeles.
Por cierto, tengo que viajar a Monterrey la próxima semana. Estaré fuera 10 días.
Carmen vio como los ojos de Valeria brillaron con algo que no parecía tristeza. Tan pronto, dijo Valeria.
Apenas nos estamos conociendo, Sofía y yo. Es inevitable, mi amor, pero así
tendrán tiempo de adaptarse. Carmen las ayudará con todo. Por supuesto, murmuró
Valeria, pero su mirada hacia Carmen no era amistosa. Esa noche, después de que Valeria se
había ido y Roberto estaba en su estudio revisando contratos, Carmen ayudó a Sofía a bañarse y a ponerse la pijama.
Era su rutina favorita del día. ¿Te gusta Valeria? Le preguntó Carmen mientras le cepillaba el cabello. Sofía
se encogió de hombros. No sé. Huele raro. Raro. ¿Cómo? Como como cuando papá
olvida las flores en el florero mucho tiempo. Carmen frunció el ceño. Era una
descripción extraña, pero los niños a veces percibían cosas que los adultos no notaban. “¿Y cómo te sientes con que
vaya a vivir aquí? ¿Tú te vas a ir?”, preguntó Sofía girándose rápidamente con los ojos muy abiertos. No, mi niña, yo
no me voy a ningún lado. Sofía la abrazó con fuerza. Prométemelo. Te lo prometo.
Pero mientras arropaba a Sofía esa noche, Carmen no podía quitarse de encima la sensación de que algo estaba a
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