Un padre soltero pobre le dio a un extraño sus últimos 18 dólares; al día siguiente, cinco camionetas todoterreno rodearon su casa…

 

A Mateo Salazar le ardían las manos de coraje y vergüenza al mismo tiempo. Tenía los dedos manchados de grasa industrial, el uniforme todavía puesto, y un sobre blanco en el bolsillo trasero que pesaba como una lápida: la carta de despido.

Lo habían corrido hacía una hora.

Y no solo eso: lo habían corrido humillándolo, acusándolo de robar un equipo que jamás tocó. El supervisor, con voz de “ya está decidido”, le había deslizado los papeles por el escritorio como si Mateo fuera basura.

—Tenemos testigos, Salazar. Te vimos. Varios te vieron.

Mateo todavía escuchaba la risa de Héctor, el compañero que le guiñó el ojo por detrás del jefe como si fuera un chiste. Y la cara de Lupita, la de Recursos Humanos, evitando mirarlo, porque ella también sabía… y aun así firmó.

Mateo salió de la maquiladora con el estómago vacío y la cabeza a punto de estallar. Su hija Regina, de siete años, lo esperaba en casa. Regina con su sonrisa chimuela, sus dibujos donde siempre aparecían tres personas: ella, su papá y su mamá… aunque la mamá había muerto hacía tres años.

Mateo caminó hasta la parada del camión en Tijuana, bajo un poste que parpadeaba como si también quisiera rendirse. Se sentó en la banca y dejó caer la cabeza hacia atrás.

No tenía hambre normal. Ya ni rugía el estómago. Era un hueco. Un vacío. Como si alguien le hubiera quitado el futuro.

En su cartera quedaban trescientos veinte pesos. Era lo último que tenía para llegar a casa, comprar frijoles, tortillas… algo. Y aun así, ese dinero se sentía chiquito frente a la realidad: al día siguiente no tenía trabajo.

Fue entonces cuando escuchó una respiración cortada a su lado.

Mateo giró la cabeza.

Una mujer se sentó en la banca. Tendría treinta y tantos. Jeans gastados, una blusa simple, el cabello recogido a la fuerza. Sus manos temblaban mientras contaba monedas y billetes arrugados. Una, dos, tres veces. Cada vez su cara se hundía un poco más.

—Disculpe… —dijo con voz quebrada—. Perdón por molestarlo, pero… ¿tendrá cambio? Me falta para el camión.

Mateo la miró bien. Tenía marcas de lágrimas en las mejillas. Los ojos vidriosos de quien ya pasó el punto del orgullo. Mateo conocía esa mirada. La había visto en su propio espejo demasiadas noches.

La mujer volvió a contar, desesperada. Le faltaban, ¿qué? ¿Quince? ¿Veinte pesos?

Mateo metió la mano a la cartera.

Pensó en Regina.

Pensó en su tía Doña Cata, la vecina que a veces le cuidaba a la niña cuando Mateo tenía doble turno.

Pensó en la cena.

Luego miró a la mujer. No tenía pinta de estafadora. Tenía pinta de alguien que se estaba rompiendo por dentro.

Mateo sacó los billetes y se los extendió.

—Tome. Todo.

La mujer se quedó helada, mirando el dinero como si fuera una cuerda lanzada al mar.

—No… no puedo. Es mucho. Yo solo necesito…

—Tómelo —dijo Mateo, y le salió más firme de lo que se sentía—. De verdad. Tómelo.

Las manos de la mujer temblaron al recibir el dinero.

—Gracias… —susurró, y la palabra le salió mojada—. Gracias no alcanza. No sé ni qué decir.

—No se preocupe —dijo Mateo, aunque sí se preocupaba. Muchísimo—. Todos tenemos noches malas.

La mujer se limpió la cara con la manga.

—Me llamo Valeria —dijo—. Yo no soy de pedir… hoy ha sido…

No terminó la frase. El camión llegó con un resoplido. La mujer se levantó apretando los billetes.

—Se lo voy a devolver. No sé cómo… pero se lo juro.

Mateo asintió sin creerle del todo. La gente siempre decía eso. Casi nadie cumplía. Así funcionaba el mundo.

Valeria subió al camión. Las puertas se cerraron. El vehículo se fue, tragándose las luces.

Mateo quedó solo bajo el poste roto.

Y entonces entendió la locura completa de lo que acababa de hacer: ahora tenía que caminar cuatro kilómetros hasta su departamento. Con el estómago vacío. Sin dinero. Sin trabajo.

Se levantó y empezó a caminar.

La ciudad, de noche, era un animal grande que no dormía: carros, música a lo lejos, perros ladrando. Mateo apretó los puños mientras caminaba. No lloró. Se le habían acabado las lágrimas en la maquiladora.

Cuando por fin llegó, Regina ya dormía. Doña Cata le abrió la puerta y lo miró con esa mezcla de ternura y preocupación que solo tienen las señoras que ya lo han visto todo.

—Le di de cenar, mijo. Macarrones. Y no te preocupes, hoy no te cobro extra. Pero… ¿qué traes? Se te ve la cara… hecha trizas.

Mateo tragó saliva.

—Me corrieron, Doña Cata. Dicen que robé.

—¡Jesús bendito! —murmuró ella—. Tú no robas ni una pluma. Ven, siéntate.

Mateo se asomó al cuarto de Regina. Dormía de lado, con una mano bajo la mejilla, igualita a su mamá. Mateo sintió un nudo tan fuerte que le dolió el pecho.

—Perdóname, hija —susurró—. Perdóname por no poder más.

Esa noche no durmió. Se quedó sentado en la mesa mirando cuentas vencidas, imaginando trabajos de un día, construcciones, lo que fuera.

A las ocho en punto de la mañana, tocaron la puerta.

Mateo llevaba horas despierto tomando café aguado. Regina estaba desayunando el último cereal, tarareando una canción de la escuela.

—Yo abro —dijo Mateo, esperando al casero o al cobrador.

Abrió la puerta…

Y el corazón se le detuvo.

En la calle, frente al edificio, había cinco camionetas negras, enormes, con vidrios polarizados, brillantes como cosas que no pertenecen a su barrio. Hombres y mujeres de traje caro estaban bajando, hablando por radio, mirando alrededor.

Y caminando hacia él, con paso seguro, venía Valeria.

Pero no era la Valeria rota de la parada del camión.

Ahora llevaba un traje sastre gris, el cabello perfectamente recogido, aretes discretos, reloj elegante. Se veía como alguien que podía comprar ese edificio, la calle y el semáforo sin parpadear.

—Buenos días, Mateo Salazar —dijo ella—. Necesitamos hablar.

Mateo se quedó inmóvil, consciente del pasillo descascarado, de su ropa del día anterior, de su departamento pobre.

—¿Qué… qué es todo esto? —logró decir.

—Mi equipo de seguridad. Mi asistente. Mi abogado —respondió Valeria con calma—. ¿Puedo pasar?

Desde adentro, Regina gritó:

—¡Papá! ¿Quién es?

Valeria se agachó un poco para que su voz llegara suave a la niña.

—Hola, preciosa. Soy Valeria. Soy amiga de tu papá.

Regina apareció en el pasillo y abrió los ojos como platos al ver las camionetas.

—¿Usted es famosa? —preguntó sin filtro.

Valeria soltó una risita real, como si por un segundo se le cayera la armadura.

—No famosa… pero trabajo mucho. ¿Te gusta el fútbol? Me dijeron que juegas los sábados.

Regina se enderezó orgullosa.

—Soy delantera. Meto goles.

—Eso quiero verlo —dijo Valeria.

Mateo tosió, nervioso.

—Regina, termina tu desayuno, ¿sí? Ahorita voy.

Regina se fue, pero no dejaba de voltear.

Valeria entró al departamento y miró alrededor sin hacer gesto de asco. Eso, de alguna manera, le dolió más a Mateo: que no lo mirara con lástima.

—Anoche me asaltaron —dijo Valeria cuando quedaron solos—. Me quitaron el coche, el celular, la cartera… todo. Me dejaron tirada en el centro.

—Lo siento —murmuró Mateo—. No lo sabía.

—No fue un asalto cualquiera —continuó ella, bajando la voz—. Fue una trampa. Alguien cercano quería verme vulnerable… quería sacarme del camino.

Mateo frunció el ceño.

—¿Quién es usted, Valeria?

Valeria respiró hondo.

—Soy dueña de una empresa de marketing y auditoría: Lancaster & Asociados… aunque aquí en México operamos como Grupo Landa. Cincuenta empleados. Contratos grandes. Mucho dinero moviéndose.

Mateo sintió que el piso se inclinaba.

—¿Y… por qué viene aquí?

Los ojos de Valeria se clavaron en los de él.

—Porque cuando yo no tenía nada, cuando todos pasaban de largo como si yo fuera invisible… usted me dio todo lo que tenía.

—Fueron trescientos pesos —dijo Mateo, débil.

—Fue su todo —corrigió ella—. Y quiero saber por qué.

Mateo se dejó caer en el sillón.

—No sé… —admitió—. La vi… como me sentí ayer. Como si el mundo ya lo hubiera empujado al borde. No pude hacerme el ciego.

Valeria lo observó, y por primera vez su voz se quebró un poco.

—Yo investigué quién era usted antes de venir. Sé que lo despidieron ayer. Sé que lo culparon de algo que no hizo. Sé que está criando solo a su hija.

Mateo levantó la cabeza de golpe.

—¿Cómo sabe…?

—Porque no puedo confiar en cualquiera —dijo ella—. Y anoche usted me recordó que todavía existe gente decente.

Mateo exhaló, vencido.

—Me corrieron por un robo inventado —confesó—. Dos compañeros mintieron. Mi esposa murió. Tengo a Regina. Yo… no sé qué voy a hacer.

Valeria se quedó en silencio un momento, como si acomodara el peso de esas palabras.

—Necesito a alguien como usted —dijo al fin—. Alguien que haga lo correcto incluso cuando le cuesta todo. Quiero ofrecerle trabajo. Y quiero que me ayude a descubrir quién intentó desaparecerme anoche.

Mateo parpadeó, incrédulo.

—¿Trabajo? ¿De verdad?

—De verdad —Valeria asintió—. Sueldo digno, prestaciones, seguro. Algo que le permita a Regina vivir como merece. Pero no es caridad, Mateo. Es… reciprocidad. Usted me dio una segunda oportunidad anoche. Déjeme devolverle la suya.

Mateo sintió un calor en el pecho que no era alegría completa; era miedo mezclado con esperanza. Miró hacia la cocina: Regina comiendo cereal, ajena a lo que se estaba decidiendo.

—Sí —dijo Mateo, casi sin voz—. Sí, acepto.

Valeria sonrió. Ahora sí, una sonrisa que le iluminó los ojos.

—Bien. Porque hay mucho que hacer.

El primer día de Mateo en Grupo Landa fue como entrar a otro planeta: un edificio de vidrio en Zona Río, mármol pulido, paredes con arte moderno, gente caminando con seguridad. Mateo se sentía un intruso con su camisa de tienda departamental y una corbata prestada.

Valeria lo recibió en el lobby.

—No les haga caso —le susurró—. La mitad de aquí no aguantaría un día en sus zapatos.

Lo llevó a una sala donde un hombre de cincuenta y tantos revisaba documentos: mirada afilada, cabello canoso.

—Él es Ricardo Torres, mi director financiero —dijo Valeria—. Ricardo, él es Mateo.

Ricardo lo evaluó sin disimulo.

—Con respeto, licenciada… ¿qué calificaciones tiene?

—Integridad —respondió Valeria, seca—. Y en este momento, vale más que cualquier diploma.

Mateo tragó saliva.

En las siguientes horas le explicaron todo. Valeria había trabajado tarde. Su asistente, Damián Andrade, insistió en prestarle un coche “porque el suyo estaba en el taller”. Ella fue a una cena con clientes. Al salir, el coche desapareció. En la mañana, intentaron usar sus tarjetas en tres lugares distintos.

—Como si estuvieran probando límites —dijo Ricardo.

—Y Damián fue muy “útil” —agregó Valeria—. Reportó, llamó, se ofreció a que me quedara en su casa… demasiado perfecto.

Mateo sintió un escalofrío. La perfección es sospechosa.

Valeria le pasó una carpeta.

—Revíselo con ojos nuevos.

Mateo se encerró a trabajar. No era detective, pero entendía de traición. Entendía a la gente que sonríe mientras te clava un cuchillo.

A los pocos días encontró el patrón: facturas infladas, proveedores fantasmas, “gastos” repetidos. Damián llevaba dieciocho meses robando en pequeñas mordidas. En los últimos seis meses, la cifra era brutal.

—Necesitaba el asalto —dijo Mateo una noche, extendiendo papeles en el escritorio de Valeria—. Mire esto: la auditoría externa venía en dos semanas. Él sabía que lo iban a descubrir. Si usted desaparecía o quedaba vulnerable… podía limpiar rastro y largarse.

Valeria apretó la mandíbula.

—Y si no hubiera sido por ti… yo habría tardado demasiado en reaccionar.

Mateo la miró.

—No. Si no hubiera sido por usted… Regina y yo estaríamos hundidos.

Ricardo apareció en la puerta.

—Con esto alcanza para la policía.

Valeria tomó el teléfono.

—Entonces terminemos esto.

Arrestaron a Damián al día siguiente. Tenía boletos comprados para irse del país. Cuando se lo llevaron esposado, miró a Valeria con odio.

—¡Sin ese muerto de hambre usted habría perdido todo! —escupió—. ¡Tuvo suerte!

Valeria lo miró sin parpadear.

—No tuve suerte. Tuve valor… porque alguien me recordó anoche que yo también puedo confiar.

Después de eso, el ambiente en la empresa cambió. Se sintió aire. Se sintieron sonrisas. Y Mateo, sin darse cuenta, dejó de ser “el raro” y se volvió parte del equipo. Le pedían opinión. Lo saludaban por su nombre.

Por primera vez en años, Mateo se sintió de nuevo… él mismo.

—Papá, ¿Valeria va a venir a mi partido? —preguntó Regina un sábado, ajustándose el uniforme un poco grande, con las agujetas mal amarradas.

—No sé, mi amor —dijo Mateo—. Ella trabaja mucho.

Pero Valeria llegó, corriendo desde el estacionamiento, con jeans y suéter, el cabello suelto, sin traje, sin armadura.

Regina chilló y se le colgó del cuello.

—¡Vino! ¡Vino!

Valeria la levantó como si no pesara nada.

—Te lo prometí, ¿no? —dijo—. Y yo cumplo.

Se sentaron en las gradas. Valeria gritó más fuerte que cualquier papá cuando Regina metió un gol. Después fueron por helado y caminaron por el parque, Regina corriendo adelante como un cometa.

—Es increíble —dijo Valeria, mirando a la niña—. Usted la está criando muy bien.

Mateo se rió, nervioso.

—Yo solo… hago lo que puedo.

Valeria se quedó callada un momento.

—Mi papá se fue cuando yo tenía ocho —confesó—. Mi mamá trabajó tres empleos. Yo construí mi empresa para no sentirme indefensa nunca más. Pero verlos a ustedes… me hace pensar que el poder no sirve si estás sola.

Mateo sintió un golpe en el pecho. Miró a Valeria. Ella lo miraba también, y el aire se cargó de algo peligroso y hermoso.

En las semanas siguientes, Valeria empezó a aparecer en su vida como si siempre hubiera tenido un lugar ahí: llevó comida, ayudó a Regina con una maqueta escolar, se sentó a tomar café en la mesita chiquita del departamento sin hacer gestos.

Regina volvió a dibujar tres personas.

Mateo se asustó.

Porque él… se estaba enamorando.

Y no sabía si Valeria sentía lo mismo o si todo era gratitud con traje bonito.

No podía arriesgar el trabajo.

No podía arriesgar que Regina se encariñara con alguien que luego se fuera.

Pero cada vez que Valeria sonreía, Mateo se ahogaba.

El quiebre llegó un martes, cuando Regina le enseñó un dibujo: ella, su papá y Valeria bajo un arcoíris. Arriba decía, con letras chuecas: “Mi familia”.

Esa noche, cuando Regina se durmió, Mateo entendió que no podía seguir callando. No podía permitir que la ilusión creciera sin verdad.

El sábado siguiente, después del partido, Mateo le dijo a Regina:

—Ve con tu equipo tantito. Yo tengo que hablar con Valeria.

Regina los miró seria.

—¿Están bien?

—Sí, mi amor —dijo Valeria rápido—. Ve, ahorita vamos por helado.

Regina se fue.

Mateo respiró hondo. Las manos le temblaban.

—Necesito decirle algo… y necesito que me deje terminar.

Valeria se tensó.

—Me estás asustando.

Mateo tragó saliva.

—Estoy enamorado de usted.

Lo soltó de golpe, como quien se quita una espina.

—Sé que es mi jefa. Sé que me salvó. Sé que esto puede arruinarlo todo… pero no puedo seguir fingiendo. Regina dibuja familias. Y yo… yo no quiero que se rompa el corazón si esto no es real.

Valeria se quedó inmóvil. Los ojos abiertos. Silencio.

Mateo sintió que el mundo se le venía encima.

—Si quiere que renuncie… renuncio —dijo—. Solo… necesitaba decir la verdad.

Valeria dio un paso hacia él.

—¿Ya terminaste?

Mateo asintió, sin voz.

Valeria soltó una risa que sonó a llanto.

—Bien. Porque llevo dos meses esperando que lo dijeras, Mateo Salazar.

Mateo parpadeó.

—¿Qué?

—¿Tú crees que yo voy a tus partidos por cualquiera? —dijo ella, con brillo en los ojos—. ¿Que me siento en tu departamento a tomar café horrible por caridad? No, Mateo. Me enamoré de ti la noche que me diste tu último peso. La noche que me miraste como persona… no como oportunidad.

Mateo se quedó sin aire.

—¿Tú… tú me amas?

—Sí, menso —susurró ella, sonriendo—. Te amo. Y amo a Regina. Y amo que, aun cuando el mundo te golpea, sigues siendo bueno.

Y lo besó ahí mismo, en las gradas, con medio mundo alrededor y el sol pegando como testigo.

Cuando se separaron, Regina estaba a tres metros, con la boca abierta.

—¿Eso significa que Valeria es mi nueva mamá? —preguntó, directa como solo los niños.

Valeria se carcajeó.

—Vamos despacito, reina. Primero… ¿qué tal si soy tu novia favorita?

—¿Y el helado? —preguntó Regina, urgente.

—El helado nunca se cancela —dijo Mateo, riéndose por primera vez en mucho tiempo con la risa completa.

Un mes después, en el mismo parque, sin restaurante caro ni anillo de película, Mateo se arrodilló en el pasto.

Regina le puso a Valeria una coronita de flores que ella misma hizo.

—No tengo anillo todavía —dijo Mateo, temblando—. Pero ya perdí demasiados años. No quiero perder más. Valeria… ¿quieres casarte con nosotros?

Valeria se llevó las manos a la boca.

—¿Con nosotros?

Regina asintió muy seria.

—Somos paquete.

Valeria lloró sin pena.

—Sí —dijo—. Sí, me caso con ustedes. Con los dos.

Regina chilló y se les aventó encima. Los tres cayeron en el pasto entre risas y llanto, abrazándose como si el mundo por fin tuviera sentido.

La boda fue pequeña, en el patio de Valeria. Doña Cata fue invitada de honor. Regina fue la niña de las flores, concentrada como si fuera una misión. Mateo, al verla caminar hacia él de blanco sencillo, recordó la noche de la parada del camión.

Él pensó que había regalado todo lo que tenía.

Pero en realidad, lo que estaba sembrando era otra cosa: una vida nueva.

Seis meses después, caminaban por el mismo parque. Regina corría adelante persiguiendo mariposas, feliz, segura, con dos manos sosteniéndola desde atrás.

Mateo apretó la mano de Valeria.

—¿Sabes qué es lo más raro? —dijo ella—. Si a mí no me hubieran puesto esa trampa… si tú no hubieras tenido esa noche horrible… quizá nunca nos cruzábamos.

Mateo sonrió.

—No le demos crédito a los malos —dijo—. Mejor dáselo al acto de ser humano.

Valeria apoyó la cabeza en su hombro.

—A veces lo peor te empuja a lo mejor.

Regina volvió corriendo.

—¡Tengo hambre! ¿Pizza?

—Siempre pizza —dijo Valeria.

Y se fueron los tres, como una familia normal en una tarde normal.

Nada especial.

Todo especial.

Porque a veces, dar tu último dinero no te deja vacío.

A veces… te abre la puerta a algo que no imaginabas.

Y cuando crees que tu historia terminó, la vida te sorprende.

No era el final.

Era el comienzo.