Esa noche, Noah le contó a su abuela Ruth sobre la apuesta. Ruth, una mujer de 70 años, lo miró con preocupación y le pidió que no hiciera esa locura. Pero Noah estaba decidido. Recordaba cómo había calmado a los animales en su vida, cómo había domesticado al perro del señor José y a la yegua salvaje de los Silva. “Tal vez ya es hora de usarlo”, dijo Noah con firmeza.

Al día siguiente, la arena de Silver Ridge estaba llena de vaqueros que se turnaban para intentar montar a Storm. Cada uno terminaba en el suelo, adolorido y humillado. Elliot Carson observaba desde su barril con una sonrisa burlona, disfrutando del espectáculo. “¿Dónde están los valientes ahora?”, gritaba. “Un millón de dólares, ¿quién es el siguiente?”
Fue entonces cuando Noah apareció en la entrada de la arena. Con su sombrero viejo y su paso firme, caminaba descalzo, ignorando las risas y las burlas de la multitud. “¡El niño del mercado quiere intentarlo!” alguien gritó, y las carcajadas resonaron por todo el lugar. Pero Noah siguió avanzando, ignorando las burlas.
Cuando se acercó al corral, Elliot lo miró con desprecio. “¿Qué es esto?” preguntó con desdén. “Vengo por la apuesta”, dijo Noah, con una voz tranquila, aunque su corazón latía con fuerza.
“¡Ese niño va a acabar hecho puré por el caballo!” gritaron algunos vaqueros. “¡Llamen a un doctor!” se burlaba otro.
Elliot levantó la mano, pidiendo silencio. “Vamos a dejar que el niño lo intente. Será divertido verlo salir llorando”, dijo, y la multitud se quedó expectante.
Noah se acercó lentamente a Storm. El caballo pateaba la tierra furioso, mostrando sus dientes. Todos esperaban que el niño se detuviera o saliera corriendo, pero Noah siguió avanzando. Al llegar al centro del ruedo, se detuvo frente a Storm y susurró: “Sé que estás enojado. Yo también lo estaría, pero tú y yo sabemos que no eres malo”.
Para sorpresa de todos, el caballo dejó de moverse y bajó la cabeza. Noah extendió la mano, tocando suavemente el cuello de Storm, quien no se movió. El niño pasó la mano por su crín, susurrando palabras que sólo ellos entendían. “¿Qué demonios?” murmuró alguien entre la multitud.
Con una sonrisa nerviosa, Noah desató la cuerda y, con un movimiento suave, se montó sobre el caballo. La multitud contuvo el aliento, esperando que Storm se descontrolara, pero no ocurrió nada. El caballo permaneció quieto, moviéndose ligeramente como si hubiera encontrado a un viejo amigo. “Lo logró”, gritó una mujer desde las gradas. “¡El niño lo domó!”
El silencio de la arena se rompió con aplausos tímidos que fueron creciendo hasta llenar el lugar. Noah no bajó de Storm. Miró a Elliot Carson, que estaba pálido, como un muerto. “Ya domé a Storm”, dijo con calma. “¿Dónde está mi dinero?”
Elliot, furioso, intentó negarse. “La apuesta era para hombres hechos y derechos, no para niños”, protestó. Pero un vaquero, Jake, se adelantó y dijo: “El niño ganó limpio. No pienso darle ni un centavo”.
Elliot, rodeado por la multitud que lo miraba con desprecio, no pudo hacer nada. Miró al niño que había vencido a su caballo, y a la hermana que había despreciado. Finalmente, echó a todos de su rancho.
“Ya no es suyo”, dijo Noah, poniendo la mano sobre Storm, quien lo miraba tranquilo. “Él me eligió a mí”.
Mientras la multitud aplaudía, Noah salió de la arena con la cabeza erguida, y Storm lo siguió, caminando con él por el camino de tierra. Elliot, en silencio, vio cómo se alejaban.
Mary Carson, la hermana de Elliot, observaba desde su terraza. En sus manos sostenía una pequeña pulsera bordada. Al ver a Noah con Storm, algo familiar la conmovió. Recordó a su hija, Helen, que había perdido hace mucho tiempo. “Helen”, susurró, y las lágrimas comenzaron a rodar por su rostro.
Al día siguiente, Elliot despertó decidido a recuperar lo que había perdido. Sin embargo, cuando llegó a Silver Ridge, encontró algo que nunca había imaginado. Una multitud se había reunido frente al rancho, y Noah estaba montado en Storm, con una dignidad que nunca antes había tenido.
El licenciado Samuel Roberts, un abogado, le entregó a Elliot el testamento de su padre, en el que se especificaba que, en caso de actos discriminatorios, la propiedad pasaría a nombre de Mary Carson. Elliot, furioso, intentó protestar, pero no pudo contra la avalancha de testigos que confirmaron sus actos de discriminación. Finalmente, el rancho pasó a manos de Noah.
Mary se acercó a su nieto y, con orgullo, lo proclamó como el nuevo administrador del rancho Silver Ridge. La multitud estalló en aplausos, y Storm relinchó como si también celebrara.
Aquel niño de 12 años, descalzo y con el alma pura, había cambiado la historia de Silver Ridge, demostrando que el amor y la justicia siempre triunfan, incluso en las tierras más difíciles de Texas.
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