— Hija, ganas casi 4.800 euros al mes… ¿por qué entonces te ves tan agotada y vives como si no tuvieras dinero?

Parte 2

El llanto de Daniel no cesaba. Desde el pasillo se escuchaban los pasos torpes de Javier, el ruido de un cajón, después silencio.

Un silencio peligroso, como cuando alguien no sabe qué hacer con una vida que no le importa.

Mi padre se levantó.

— Voy a ver a mi nieto.

Entró al cuarto sin pedir permiso. Yo quise seguirlo, pero mis piernas no respondían. Sentía el cuerpo pesado, como si toda la verdad que había guardado durante años ahora me aplastara.

— ¡No me des órdenes! — gritó Javier desde dentro—. ¡Yo sé cuidar a mi hijo!

La voz de mi padre fue baja, firme.

— No, Javier. No sabes cuidar a nadie. Solo sabes usar.

Unos segundos después, mi padre salió del cuarto con Daniel en brazos. Mi hijo tenía la frente ardiendo y las mejillas rojas. Buscó mi cuello con su manita, como si supiera que algo grave estaba pasando.

— Tiene casi cuarenta de fiebre — dijo—. Hay que llevarlo al hospital.

— No exageres — respondió Javier—. Con un jarabe basta.

— ¿Con qué dinero? — preguntó mi madre—. ¿Con el que mandaste a tu hermana esta semana?

Javier se quedó callado.

Yo apreté a Daniel contra mi pecho. Olía a sudor, a enfermedad, a abandono.

— No hay coche — murmuré—. Lo vendimos el año pasado.

Para pagar otro préstamo de su hermana.

Mi padre sacó su cartera.

— Yo pago el taxi. Yo pago el hospital. Yo pago todo. Como llevo pagando el silencio de mi hija desde hace dos años.

Javier explotó:

— ¡Esto es una humillación! ¡Me estáis dejando como un monstruo!

— No te dejamos como nada — respondió mi madre—. Tú ya lo eres. Solo que hoy lo vemos todos.

En el hospital, el diagnóstico fue claro: infección fuerte, deshidratación. Daniel necesitaba observación.

Mientras firmaba los papeles, mis manos temblaban.

— ¿Tiene seguro médico? — preguntó la enfermera