Ella lloraba, aferrada a la lápida húmeda, con las uñas llenas de tierra y el alma hecha pedazos.
“Mi mamá ya no está”, repetía bajito, con la voz quebrada por el llanto.
Fue entonces cuando lo vi: un hombre con traje elegante, de esos que solo se ven en el centro o en la tele, parado bajo un paraguas negro, mirándome sin decir palabra.
La lluvia ya caía con fuerza cuando me arrodillé frente al montículo de tierra fresca. Apenas tenía nueve años, pero sentía que el mundo se me venía encima.
Con las manitas temblorosas, trataba de acomodar unas flores marchitas que había juntado en la banqueta rumbo al panteón.
“Mamita, no me dejes solita”, susurré, apenas audible. Las lágrimas se me mezclaban con el agua helada que empapaba mi vestido viejito, ese que sólo usaba en los domingos importantes.
“Te lo juro, voy a venir diario.”
“Todos los días, mamita… todos.”
Era un jueves de noviembre, y el panteón municipal de Puebla estaba casi vacío. Nadie había venido al entierro, salvo don Mateo, el sepulturero, que me ofreció una silla rota y un pan duro.
“Niña, ya es tarde… deberías irte antes de que se cierre la reja”, me dijo con tono cansado, pero sin dureza.
Su cara llena de arrugas y polvo me inspiraba confianza, pero yo sólo pude abrazarme más fuerte a la cruz de madera que marcaba el lugar donde ahora descansaba mi mamá.
“No tengo dónde quedarme”, le dije bajito, con la voz deshecha. “Ya no tengo casa.”
Nos habían corrido de la vecindad dos días antes, cuando mamá ya ni se podía levantar. Los pocos trastos, la cobija y su rebozo fueron vendidos para pagar la medicina, esa que nunca llegó a tiempo.
La tos de mamá retumbaba todavía en mi memoria, como si siguiera ahí, en la cama flaquita que compartíamos.
“Nomás es una gripita, mi Vale”, me decía entre jadeos. “Tú tranquila… tú sigue estudiando.”
Trabajó hasta el último lunes, limpiando baños en una oficina del centro, con fiebre y todo, para poder darme aunque fuera un pan y un lápiz nuevo.
La lluvia no paraba. El aire me cortaba la piel, y yo temblaba entera. Pero el frío de afuera no dolía tanto como el hueco que traía por dentro, ese que nadie iba a llenar.
Me acerqué una vez más a la cruz y la besé con cuidado.
“Hasta mañana, mamá”, susurré. “No voy a fallarte.”
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La puerta cedió con un gemido largo, como si se quejara por haber estado cerrada demasiados años.
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