Sofía no respondió de inmediato. Sus dedos pequeños apretaban el apoyabrazos de la silla con una fuerza que nadie había notado antes. Ana, la fisioterapeuta, intercambió una mirada incómoda con Eduardo.

—No creo que sea buen momento para juegos —dijo ella en voz baja.

Mateo negó despacio.

—No es un juego —respondió—. Es una promesa.

Sofía alzó por primera vez la vista. Sus ojos grandes y oscuros se clavaron en el rostro del niño. Había algo en él que no intentaba convencerla, ni empujarla, ni corregirla. Simplemente… estaba ahí.

—¿Promesa de qué? —susurró Sofía, con una voz tan frágil que Eduardo sintió que se le partía el pecho.

Mateo respiró hondo.

—De que no te voy a dejar sola otra vez.

El silencio que siguió fue pesado. Eduardo dio un paso al frente.

—¿Qué sabes tú de estar sola? —preguntó, incapaz de contenerse.

Mateo lo miró, sin rencor.

—Más de lo que debería para mi edad, señor.

Luego volvió a Sofía.

—¿Sabes por qué no quieres caminar? —preguntó con cuidado.

Ella dudó. Sus labios temblaron.

—Si camino… —murmuró— me van a volver a dejar.

Eduardo sintió que el mundo se le desmoronaba. Ana abrió los ojos, sorprendida.

—¿Quién te dejó, Sofía? —preguntó Mateo con suavidad.

—Mi mamá —respondió la niña—. Cuando me enfermé… se fue. Papá dice que fue por trabajo, pero… —tragó saliva— nunca volvió.

Eduardo cerró los ojos. Aquella era una conversación que había evitado durante dos años. Pensó que el dinero, los médicos y el silencio podían tapar esa herida. Estaba equivocado.

Mateo apoyó una mano pequeña sobre la rodilla inmóvil de Sofía.

—Cuando yo tenía seis años, mis papás murieron en un accidente —dijo—. Me dijeron que Dios los necesitaba. Yo pensé que era mentira… pensé que me había portado mal y por eso se fueron.

Sofía lo escuchaba sin parpadear.

—En el orfanato aprendí algo —continuó Mateo—. Que cuando alguien se va, uno cree que si no se mueve, si no cambia, quizá regresen y todo siga igual. Pero no pasa.

Sofía apretó los labios.

—Yo no quiero que se vaya nadie más.

Mateo sonrió con tristeza.

—Yo tampoco. Por eso sigo caminando. Aunque duela.

Eduardo sintió un nudo en la garganta.

—Mateo… —dijo, sin saber qué más agregar.

El niño se giró hacia él.

—Usted dijo que haría cualquier cosa por su hija, ¿verdad?

Eduardo asintió, con los ojos húmedos.

—Entonces prometa algo —pidió Mateo—. Prometa que aunque Sofía camine, aunque crezca, aunque se equivoque… usted no se va a ir.

Eduardo cayó de rodillas frente a su hija.

—Te lo prometo —dijo, con la voz rota—. No me voy a ir nunca.

Sofía lo miró durante largos segundos. Luego volvió a mirar a Mateo.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿También te vas a ir?

Mateo dudó apenas un instante.

—No hoy —respondió—. Hoy me quedo.

Sofía respiró profundo. Por primera vez en dos años, soltó el apoyabrazos.

—¿Y si… si lo intento? —susurró.

Ana se llevó una mano a la boca. Eduardo no podía creerlo.

Mateo se puso de pie lentamente y le tendió la mano.

—Un pasito —dijo—. No para nadie más. Para ti.

Sofía apoyó el pie derecho en el suelo. Le temblaba la pierna. Las lágrimas rodaban por sus mejillas.

—Estoy aquí —repitió Mateo—. No te caes.

Con un esfuerzo que parecía imposible para su cuerpo pequeño, Sofía se levantó de la silla. Un segundo. Dos. Y entonces dio un paso.

Eduardo rompió en llanto. Ana no pudo contener un sollozo.

Sofía dio otro paso… y cayó en los brazos de Mateo, riendo y llorando al mismo tiempo.

—¡Caminé! —gritó—. ¡Papá, caminé!

Eduardo la abrazó con una fuerza que jamás había permitido.

Días después, la noticia se extendió por el hospital. Los médicos hablaban de “bloqueo emocional”, de avances milagrosos. Eduardo solo sabía una cosa: Mateo había hecho lo que nadie más pudo.

Cumplió su promesa.

Visitó el orfanato San Francisco. Conoció la habitación compartida, las camas viejas, los juguetes rotos.

—Haga mi hija andar y yo te adoptaré —había dicho en un arranque desesperado.

Mateo lo miró, serio.

—No quiero que me adopte porque cumplí algo —dijo—. Quiero que me adopte porque quiere quedarse.

Eduardo se arrodilló frente a él, una vez más.

—Quiero quedarme —respondió—. Con los dos.

Hoy, Sofía corre por el jardín de Las Lomas. A veces tropieza, a veces se cae, pero siempre se levanta.

Y Mateo…
Mateo camina a su lado, ya no como el huérfano que nadie esperaba, sino como el hijo que llegó para enseñar que, a veces, el mayor milagro no es volver a andar…
sino volver a confiar.